KRISIS

La otra ley de la selva (1)

Por Antonio Durán Sánchez

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Esta serie de artículos que ahora comienza quiere ser una aportación a la visión de las Ciencias Sistémicas, un acercamiento a la naturaleza con un pensamiento que no aísla los objetos del conocimiento sino que los repone en su contexto y los devuelve a la globalidad a que pertenecen. Se parte de unas experiencias en la selva amazónica y se analizan en claves de la ciencia actual y de planteamientos filosóficos.
PALABRAS CLAVE: complejidad, contagio emocional, selección grupal, caos y orden, niveles de realidad.

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“Homo homini lupus»< (“El hombre es un lobo para el hombre”) es un antiguo proverbio romano que popularizó Thomas Hobbes. Aun cuando su tesis básica impregna buena parte del derecho, la economía y las ciencias políticas, el proverbio encierra dos grandes errores. En primer lugar, no hace justicia a los cánidos que son unos de los animales más gregarios y cooperativos del planeta. Y lo que es aún peor, el proverbio niega la naturaleza intrínsecamente social de nuestra propia especie. (De Waal 2007)

La noche en la selva te hace consciente de tus verdaderas dimensiones, de tu indefensión en esta naturaleza vigorosa y pujante de donde según parece hemos salido para instalarnos en ese otro mundo mediado por nuestras herramientas y nuestro lenguaje. Hemos puesto una barrera por medio para librarnos de su imprevisibilidad y sus amenazas y, como dice Sloterdijk 1 Ref.Sloterdijk. (2000). El pensador en escena . Pre textos., nos hemos construido nuestra balsa que sortee sus peligros, su voracidad. Ahora nos queda por hacer organizar la convivencia en la balsa y gestionar los imprescindibles retornos a la naturaleza que sigue siendo nuestra fuente de aprovisionamiento y nuestro modelo de reproducción mientras no se invente otra cosa.

Pero resulta que hemos llegado tan lejos en el distanciamiento que hemos acabado por creernos de otro mundo y que podemos sin más prescindir de nuestros orígenes, de esas raíces que nos sustentan, de esos pálpitos que van marcando nuestros ritmos, de esa savia vital que atraviesa y estructura nuestra maquinaria cromosómica y que, en gran parte, marca sentido a nuestra existencia:

  • entrar plenamente al juego de la vida, en el lugar y momento que nos corresponde,
  • vivir lúcidamente en su armonía, conscientes de las reglas de sus juegos,
  • en el tejido de relaciones que nos conforman, sin renegar lo más mínimo de ninguna de ellas.

    – ¿Que por el hecho del lenguaje y sus representaciones simbólicas ese peculiar repliegue de materia que somos se vuelve transparente a sí misma y todo cambia? ¿Que esos lúcidos núcleos de existencia se vuelven autónomos y protagonistas de un nuevo entramado de redes que nada tiene que ver con sus orígenes?

    – Vamos por pasos.

I
ENTRAR PLENAMENTE AL JUEGO DE LA VIDA, EN EL LUGAR Y MOMENTO QUE NOS CORRESPONDE

Todo el que se embarca voluntario en una experiencia, y más si es de carácter solidario, de alguna manera se siente disponer de su tiempo en primera persona; como ha dicho alguien, no es remar de espaldas en la dirección que nos marcan voluntades ajenas. Aquí tus horas te pertenecen y eres dueño de tus pasos, vas ajustando tu hacer a tu pensar lo que te hace especialmente sensible al entramado que te rodea.

Los espacios en que se despliegan nuestras vidas van dando fisonomía a nuestra particular aventura. Uno de los espacios más característicos es la ciudad, como ámbito en que se desarrolla la mayor parte de nuestra existencia. “Un espacio que alienta y dinamiza pero que, frecuentemente, angustia, atruena, deshace a los indefensos ciudadanos2 Ref.Lledó, E. (2006) Elogio de la infelicidad   Pero no podemos ignorar ese otro espacio en que se va gestando nuestro reloj biológico, el latir del corazón, el ensamblaje de los genes, los tejidos sinápticos que van forjando nuestros mapas neuronales, en fin, ese mundo de la naturaleza tanto más presente cuanto más olvidado.

«…Fui a los bosques, porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera la vida; ¡es tan hermoso el vivir!; tampoco quise practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesaria. Quise vivir profundamente y extraer toda la médula de la vida, vivir en forma tan dura y espartana como para derrotar todo lo que no fuera vida, cortar una amplia ringlera al ras del suelo, llevar la vida a un rincón y reducirla a sus menores elementos, y si fuera mezquina, obtener toda su genuina mezquindad y dar a conocer su mezquindad al mundo, o si fuera sublime, saberlo por propia experiencia y poder dar un verdadero resumen de ello en mi próxima salida. Porque me parece que la mayoría de los hombres se hallan en una extraña incertidumbre acerca de si la vida es del diablo o de Dios, y han deducido apresuradamente que la principal finalidad del hombre aquí es “glorificar a Dios” y gozar de él en la eternidad…»3 Ref.Thoreau, (1847) Walden la vida en los bosques .

La dialéctica campo-ciudad ha estado siempre presente en la historia de la humanidad, desde Babel y Sodoma, hasta las modernas teorías del buen salvaje y la llamada al retorno a las condiciones originarias donde ni la propiedad ni el abuso de poder corrompan al hombre.

«…Para qué las ciudades? Quizás mi fuente de inspiración estaba en el secreto de los bosques intactos, en la caricia de las auras, en el idioma desconocido de las cosas; en cantar lo que dice al peñón la onda que se despide, el arrebol a la ciénaga, la estrella a las inmensidades que guardan el silencio de Dios. Allí en esos campos soñé quedarme con Alicia, a envejecer entre la juventud de nuestros hijos, a declinar entre los soles nacientes, a sentir fatigados nuestros corazones entre la savia vigorosa de los vegetales centenarios, hasta que un día llorara yo sobre su cadáver o ella sobre el mío…» – pone en boca de su personaje José Eustasio Rivera.4 Ref.Rivera, J. E. (2006).La vorágine . Ed. Cátedra. 161 y 180.

Pero luego la dureza de la vida salvaje le hace recapacitar:

«…En tanto, el recuerdo del mutilado me acompañaba; y con angustia jamás padecida quise huir del llano bravío donde se respira un calor guerrero y la muerte cabalga a la grupa de los cuartagos (caballo mediano). Aquel ambiente de pesadilla me enflaquecía el corazón, y era preciso volver a las tierras civilizadas, al remanso de la molicie, al ensueño y a la quietud …»5 Ref.Ibid.

No hay duda, es necesario salir de las cuatro paredes en que nuestros temores encierran nuestra vida para sentirla en toda su riqueza, en todo su esplendor, para percibir la rica trama que nos une a todo el inmenso mundo que nos rodea. 

Hay muchas maneras de adentrarse en el mundo y su grandeza.  Ya Parménides había dicho aquello de que hacía falta un corazón que no tiembla para ir al encuentro de la redonda verdad, pero sin llegar a tanto uno puede modestamente con un mínimo de coraje tanto abrirse a otras culturas como escuchar el lenguaje de la naturaleza tal como suena en la selva.

Nunca estuve ajeno a los ambientes naturales, siempre fue conmigo el rumor de las recias encinas extremeñas de mi infancia, el regusto de esos campos y sus diversos pobladores de tierra, agua y aire, pero nada comparable al impresionante mundo de Sudamérica que he visitado por tres años sucesivos colaborando con Aepect Solidaria.

Ya el vuelo trasatlántico es una palpable constatación de la relatividad  espaciotemporal, luego el recibimiento por los entrañables voluntarios bolivianos y sus instituciones educativas y el calor humano de los maestros con los que compartimos experiencias son otras tantas llamadas a la apertura de horizontes, pero aquí solo quiero fijar mi atención en aquella pujante naturaleza donde todo, desde sus ríos a sus montes, sus lagos, sus altiplanos, sus salares, sus llanuras y por supuesto sus selvas, todo resulta desmesurado. En la contemplación de tanta diversidad de formas, de tanta exuberancia y derroche por doquier veía Humboldt (1852) una fuente de goce que no hay palabras para describirla, al tiempo que vislumbraba “la conexión que existe entre todas las fuerzas de la naturaleza y el sentimiento íntimo de su mutua dependencia…, la unidad en la diversidad de los fenómenos, la armonía entre todas las cosas creadas…”  Y consideraba   el resultado más importante del estudio de la naturaleza esa comprensión de la unidad y la armonía en medio del inmenso agregado de cosas y fuerzas, lo que conlleva una auténtica terapia para toda dolencia interior.

ANTONIO DURÁN SÁNCHEZ es Licenciado en Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana de Roma, recibiendo enseñanzas de Giulio Girardi, promotor e impulsor del Movimiento Cristianos por el Socialismo. Terminados sus estudios y a su vuelta a España, accedió a una plaza de profesor de Filosofía en los antiguos Centros de Bachillerato (BUP), pasando posteriormente a Centros de Secundaria obteniendo la condición de Catedrático en su especialidad. Junto a otros compañeros salesianos, llegó a la ciudad de Camas en 1974 en la que se estableció y residió durante varios años contribuyendo a fundar la Comunidad Salesiana de Buen Aire. En años posteriores fundó junto a otros compañeros y amigos la Asociación Cultural FOCODE., de la que es presidente. Es autor de diversos libros y de numerosas publicaciones en Revistas filosóficas. Ha impartido numerosas conferencias, tanto aquí en España como en Perú y Bolivia. Personalmente tengo el privilegio de mantener con Antonio una amistad profunda y de largo alcance ,por lo que tenerlo como «Autor invitado» en Krisis es un motivo de gran satisfacción y agradecimiento

Referencia

Referencia
1 Sloterdijk. (2000). El pensador en escena . Pre textos.
2 Lledó, E. (2006) Elogio de la infelicidad
3 Thoreau, (1847) Walden la vida en los bosques .
4 Rivera, J. E. (2006).La vorágine . Ed. Cátedra. 161 y 180.
5 Ibid.

Me encantaría que hicieras un comentario. Muchas gracias.

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