MI MUNDO A LOS 80 AÑOS (3): Los cinco jinetes de la Apocalipsis

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MI MUNDO A LOS 80 AÑOS:
Los cinco jinetes de la Apocalipsis

Por Leandro Sequeiros San Román

El investigador Anders Sandberg analiza los mayores riesgos para el ser humano 1 Ref.Loscinco jinetes del Apocalipsis”. https://elpais.com/elpais/2016/02/12/ciencia/1455307010_554783.html . En un tercer informe sobre el futuro publicado en el diario El País,  se pasa revista a lo que podían ser los cinco jinetes del apocalipsis del futuro. Para el articulista, la gente lleva miles de años hablando de los apocalipsis, pero pocos han intentado prevenirlos, y es que a los humanos no se nos da bien atajar los problemas que aún no han sucedido.

El motivo, entre otras cosas, es la heurística de la disponibilidad: la tendencia a magnificar la probabilidad de que ocurran acontecimientos de los que conocemos ejemplos, e infravalorar los acontecimientos que no podemos recordar fácilmente.

Sumidos en el barullo cotidiano de las “crisis” a las que se enfrenta la humanidad, nos olvidamos de las muchas generaciones que, confiemos, están por venir. No en las que vivirán dentro de 200 años, sino en 1.000 o 10.000 años. Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad. No se trata solo de los riesgos de grandes desastres, sino de desastres que podrían acabar con la historia.

La actividad humana moldea continuamente el futuro de nuestro planeta y, aunque aún estemos lejos de poder controlar los desastres naturales, estamos desarrollando una tecnología que podría ayudarnos a mitigarlos o, cuando menos, capearlos. No obstante, seguimos sin estudiar esos riesgos como se debería; existe una sensación de impotencia y fatalismo ante ellos.

Con eso en mente, he seleccionado las que, en mi opinión, son las cinco mayores amenazas para la humanidad .2 Ref.Puede leerse en https://theconversation.com/the-five-biggest-threats-to-human-existence-27053 Conviene, eso sí, ir sobre aviso: no se trata de una lista definitiva. Debemos esperar la aparición de otras. Asimismo, algunos riesgos que hoy en día parecen serios podrían desaparecer a medida que aumente nuestro conocimiento. Las probabilidades también cambian con el paso del tiempo; a veces, los riesgos nos preocupan y les ponemos remedio.

Por último, que algo sea posible y peligroso en potencia no significa que merezca la pena preocuparse por ello. Hay riesgos contra los que no podemos hacer absolutamente nada, como los estallidos de rayos gamma producidos por la explosión de una galaxia. Pero cuando aprendemos que podemos hacer algo al respecto, las prioridades cambian. Gracias a las instalaciones sanitarias, las vacunas y los antibióticos, por ejemplo, la peste pasó de ser un castigo divino a un problema de sanidad pública.

Riesgos existenciales

Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad.

1. Guerra nuclear

Aunque solo se han usado dos armas nucleares hasta la fecha —las de Hiroshima y Nagasaki en la Segunda Guerra Mundial— y los arsenales nucleares están lejos del cénit que alcanzaron durante la Guerra Fría, es un error pensar que es imposible que se produzca una guerra nuclear. De hecho, no es improbable.

La crisis de los misiles en Cuba estuvo a punto de alcanzar un nivel nuclear. Suponiendo que se produzca un acontecimiento así cada 69 años, y que hay un tercio de posibilidades de que escale hasta convertirse en una guerra nuclear, la probabilidad de una catástrofe así aumenta hasta aproximadamente una de cada 200 al año.

Para más inri, la crisis de los misiles en Cuba solo fue el caso más conocido. La historia de la disuasión nuclear entre la Unión Soviética y Estados Unidos está repleta de soluciones por los pelos y errores peligrosos. La probabilidad actual cambia dependiendo de las tensiones internacionales, pero parece inverosímil que la posibilidad sea mucho menor a una entre 1.000 al año.

El riesgo de que alguien ponga en circulación algo devastador es bajo, pero a medida que la biotecnología se vuelva más barata, más personas tendrán la capacidad de crear enfermedades más nocivas 

Una guerra nuclear a gran escala entre las principales potencias mataría a centenares de millones de personas directamente o a través de sus secuelas: un desastre inimaginable. Sin embargo, no es suficiente para convertirla en un riesgo existencial.

De la misma manera, los riesgos de la lluvia radioactiva suelen exagerarse: a escala local pueden ser mortíferos, pero a escala mundial se trata de un problema relativamente limitado. Aunque se habló de las bombas de cobalto como una hipotética arma apocalíptica cuya lluvia radioactiva mataría a todo el mundo, en la práctica son difíciles y caras de construir. Y las posibilidades físicas de fabricarlas también son muy reducidas.

La auténtica amenaza es el invierno nuclear, es decir, que el hollín lanzado a la estratosfera provoque un enfriamiento y una sequía mundial que se alarguen varios años. Las simulaciones climáticas modernas muestran que podría condenar la agricultura de buena parte del planeta durante años.

2. Pandemia provocada por la bioingeniería

Las pandemias naturales han matado a más personas que las guerras. Sin embargo, no reúnen las condiciones para suponer amenazas existenciales: suele haber personas inmunes al patógeno, y los vástagos de los supervivientes serían aún más resistentes. La evolución tampoco favorece a los parásitos que se cargan a sus huéspedes, que es la razón por la que la sífilis dejó de ser una asesina virulenta y se convirtió en una enfermedad crónica a medida que se extendía por Europa.

Por desgracia, ahora somos capaces de empeorar las enfermedades. En estos momentos, el riesgo de que alguien ponga en circulación deliberadamente algo devastador es bajo, pero a medida que la biotecnología se vuelva más sofisticada y barata, un mayor número de personas tendrán la capacidad de hacer más nocivas las enfermedades.

El número de víctimas de las armas biológicas y los brotes epidémicos parece tener una distribución de ley de potencias: la mayoría de los ataques causan pocas víctimas, y unos pocos matan a muchos. Habida cuenta de las cifras actuales, el riesgo de una pandemia mundial por bioterrorismo parece ínfimo. Pero solo estamos hablando de bioterrorismo: los Gobiernos han matado a mucha más gente que los terroristas con armas químicas (el programa de guerra biológica japonés de la Segunda Guerra Mundial se cobró unas 400.000 vidas). Y en el futuro, cuanto más potente sea la tecnología, más fácil será diseñar patógenos más dañinos.

3. Super-inteligencia

La inteligencia es muy poderosa. Un minúsculo aumento en la capacidad de resolver problemas y la coordinación en grupo nos bastó para dejar al resto de simios en la estacada. Ahora su supervivencia depende de las decisiones humanas, no de sus actos. La inteligencia es una auténtica ventaja para personas y organizaciones, por lo que se invierte un esfuerzo enorme en idear formas de mejorar nuestra inteligencia individual y colectiva: desde los fármacos que potencian el conocimiento hasta los programas de inteligencia artificial.

No hay motivos para pensar que la inteligencia por sí misma haga que algo se comporte con bondad y ética. De hecho, se puede demostrar que determinados tipos de sistemas super-inteligentes no obedecerían las leyes éticas aun cuando fuesen correctas.

Lo que resulta más preocupante todavía es que al intentar explicar algo a una inteligencia artificial tropezamos con profundos problemas prácticos y filosóficos. Los valores humanos son elementos difusos y complejos, que no se nos da bien expresar; además, aunque seamos capaces de hacerlo, puede que no entendamos todas sus consecuencias.

La inteligencia informática podría pasar rapidísimamente de estar por debajo de la humana a tener un poder terrorífico. Se ha insinuado que podría producirse una “explosión de la inteligencia” cuando los programas se vuelvan lo bastante sofisticados como para diseñar mejores programas. Si se produjera un salto semejante, habría una gran diferencia de poder potencial entre el sistema inteligente (o las personas que le dicen cómo actuar) y el resto del mundo. Está claro el potencial para el desastre si los objetivos establecidos no son los idóneos.

Hay motivos de sobra para pensar que algunos tipos de tecnología podrían hacer que las cosas se acelerasen a una velocidad mayor de la que la sociedad actual es capaz de asimilar. Es más, tampoco tenemos claro lo peligrosos que podrían ser los diferentes tipos de super-inteligencia, o qué estrategias de mitigación funcionarían. Resulta muy difícil teorizar sobre una tecnología futura de la que aún no disponemos, o sobre una inteligencia mayor que la nuestra. De los riesgos de esta lista, este es el que más probabilidades tiene de ser, o bien catastrófico, o bien un mero espejismo.

Sorprendentemente, este es un ámbito muy poco investigado. Ya en las décadas de 1950 y 1960, cuando la gente estaba convencida de que la superinteligencia podía alcanzarse “en una generación”, no se prestaba demasiada atención a las cuestiones de seguridad.

4. Nanotecnología

La nanotecnología es el control de la materia con una precisión atómica o molecular. Eso no es peligroso de por sí; de hecho, sería una fantástica noticia para la mayoría de sus aplicaciones. Pero el aumento del poder también aumenta el potencial de abusos contra los que resultaría difícil defenderse.

El mayor problema no es la célebre “plaga gris” de nanomáquinas que se auto-replicasen hasta devorarlo todo. Para eso haría falta un diseño inteligente ex profeso. Resulta difícil hacer que una máquina se replique; a la biología se le da mucho mejor, lo hace por naturaleza. El riesgo más evidente es que la fabricación con un nivel atómico de precisión parece venir como anillo al dedo para la producción rápida y barata de cosas como armas. En un mundo donde cualquier gobierno pudiese “imprimir” una gran cantidad de armas autónomas o semiautónomas (incluidas las instalaciones para crear aún más), las carreras armamentísticas adquirirían más velocidad de la cuenta, y por ende se volverían inestables.

Las armas también pueden ser elementos minúsculos y certeros: un “veneno inteligente” que actúa como un gas nervioso pero que busca a sus víctimas, o un sistema de vigilancia ubicuo a través de “robots mosquito”, parecen perfectamente plausibles. Asimismo, podría llegarse a una situación en que la proliferación nuclear o la ingeniería climática estuviesen al alcance de cualquiera.

No podemos juzgar las probabilidades de un riesgo existencial en la nanotecnología del futuro, pero podría resultar posiblemente perturbadora por el mero hecho de ser capaz de darnos todo lo que deseemos.

5. Riesgos desconocidos que aún no conocemos

La posibilidad más inquietante es que exista algo tremendamente mortífero de lo que no tenemos ni idea. Fíjense en que el desconocer algo no es óbice para que no podamos razonar sobre ello. En un artículo extraordinario, Max Tegmark y Nick Bostrom demuestran que existen una serie de riesgos, con menos de una posibilidad entre 1.000 millones al año, basada en la edad relativa de la Tierra.

Uno podría preguntarse por qué el cambio climático o los impactos de meteorito se han quedado fuera de esta lista. Es poco probable que el cambio climático, por aterrador que sea, haga inhabitable todo el planeta (aunque podría conllevar otras amenazas si nuestras defensas ante él se desmoronan). Sin duda los meteoritos podrían borrarnos del mapa, pero ya sería mala suerte.

Una especie de mamífero media sobrevive aproximadamente un millón de años. Así pues, la tasa de extinción natural ronda el uno entre un millón al año. Una cifra mucho más baja que el riesgo de guerra nuclear, que, pasados 70 años, sigue siendo la mayor amenaza para nuestra existencia.

Conclusión: abrir la mente interdisciplinar

¿Cómo la Teología puede iluminar este escenario? No es fácil desde la perspectiva de la Teología emitir un juicio interdisciplinar. Los pronósticos que ofrecen los expertos sobre el futuro de la humanidad no son en exceso optimistas. Tal vez pequen de catastrofismo. Y ¿dónde quedarán las tradiciones religiosas en todo este proceso? ¿Qué futuro les espera? ¿Sobrevivirán o serán capaces de reinventar nuevas fórmulas para ocupar un espacio en el mapa complejo de la sociedad que nos espera? En la revista hermana, Tendencias21 de las religiones 3 Ref.La revista digital Tendencias21 de las religiones se publicó entre 2006 y 2017, siendo continuada por FronterasCTR. Hemos publicado los índices que son accesibles en: https://www.bubok.es/libros/249635/TENDENCIAS21-DE-LAS-RELIGIONES-Indices-2006-2017 se han publicado más de 600 artículos en estos diez años en los que se apuntan las tendencias positivas que pueden aportar las tradiciones religiosas en el siglo XXI. A ellos nos remitimos. Tal vez una de las tendencias que hemos detectado es que la capacidad de supervivencia de las construcciones sociales es inmensa. Y tal vez ahí encontremos una vía de esperanza.

La Teología tiene por delante un gran reto: hacer una reflexión teológica sobre la tecnología, y más en concreto, sobre la tecnolatría, el culto a la técnica como religión emergente. En un iluminador artículo publicado en Fronteras CTR titulado “La tecnolatría no ha sabido entender las dimensiones de la pandemia4 Ref.Este artículo de Ignacio Dueñas es accesible en:  https://blogs.comillas.edu/FronterasCTR/?p=5721 , su autor,  Ignacio Dueñas García-Polavieja, afirma que muy resumidamente podemos decir que la pandemia no ha sido detectada por parte de la llamada tecnolatría que impregna tanto el contexto educativo como la sociedad.

Partimos de la hipótesis de que la nuestra es una sociedad hiper-tecnologizada o tecnolátrica, debido a la rapidez con que hemos asumido el vertiginoso proceso evolutivo al respecto. Ahora, a causa de dicha rapidez, tanto el ciudadano de la calle como los estudiosos no han elaborado aún un análisis de la realidad, de la proyección, y de las alternativas a éstas. El presente artículo pretende fomentar la apertura del debate en dirección a dicho análisis, desde dos ámbitos concéntricos: el contexto educativo y la sociedad.

La creencia desmedida en el poder milagroso de la tecnología puede llevar a la tecnolatría, la adoración del poder de la tecnología por encima de todas las cosas. Y ésta mal llamada “religión de lo tecnológico” se expande e impregna también los sistemas educativos.

En un sugerente ensayo de José Albelda, titulado Tecnolatría y publicado en el diario Levante, leemos:

«…La tecnolatría nos lleva a un mundo totalitario, que impide los contrapesos humanistas necesarios para construir una sociedad equilibrada. Nuestro mundo va perdiendo aceleradamente su diversidad, no solo la natural, sino también la cultural. Contra lo que se nos dice, la tecnología ya no está en una fase instrumental, sino teleológica: ha pasado de ser un medio que mejora nuestra vida, a un sistema que se autorreproduce exponencialmente desacoplando su desmesurado desarrollo de los objetivos iniciales de beneficio humano.
Si les cabe alguna duda, vean la última película de Ken Loach “Yo, Daniel Blake”, ganadora de la Palma de Oro en Cannes el año pasado- y comprobarán cómo los ordenadores ayudan a un viejo carpintero en paro a rellenar los formularios imprescindibles para conseguir la ayuda social. Totalitarismo digital, lo podríamos llamar…»

Urge un reflexión interdisciplinar

Urge, por tanto, una reflexión crítica (interdisciplinar, científica, filosófica, teológica) sobre la tecnolatría, la adoración de lo tecnológico. Cuando hace unas décadas, una inmensísima minoría de gente lúcida propuso una reflexión acerca de determinados aspectos, tales como el feminismo, la ecología o el sexo libre, prácticamente nadie le escuchó ni comprendió. Y aunque, hoy en día, la opinión pública le da la razón en lo que ayer ni escuchaba, si tal reconocimiento no hubiese tardado tanto en producirse, probablemente nos hubiésemos ahorrado una gran cantidad de sufrimiento inútil.

Ya decía Hêlder Cámara que “los audaces de hoy preparan las actitudes cotidianas del mañana”, y Albert Einstein que los objetores y los insumisos son los pioneros de un mundo sin guerras”, y Silvio Rodríguez que el que tenga una canción tendrá tormenta, el que tenga compañía soledad”, y Chesterton que a cada siglo le salva la inmensa minoría que se opone a las opiniones de la inmensa mayoría”.

Me temo que hoy día pasa exactamente lo mismo con el abuso de la tecnología. Ésta es en sí excelente e insustituible, pero su modo de uso es, por lo general, absolutamente demencial. La rapidez con que se ha instalado en nuestra cotidianidad ha impedido la reflexión acerca de ella, por lo que ciertos elementos masivos, como el síndrome del hikikomori, la nomofobia, el sedentarismo y la obesidad infantil, y otros muchos, no están siendo apenas detectados ni analizados. Así, la opinión pública, cuando alguien ejerce una crítica o enuncia uno de estos elementos, rápidamente despacha el tema con que “no podemos vivir sin la tecnología, ni negarnos a la realidad”, ignorando, como decía Emerson que “las cosas se nos han montado encima y llevan las riendas”(Fromm, 2007).Este necesario debate debe ser llevado al ámbito educativo donde, a veces, el uso abusivo de la tecnología lleva a atrofiar capacidades cognitivas y emocionales (lo lúdico, lo creativo, lo comunicativo, lo reflexivo, lo analítico…), al olvidar que la tecnología es excelente como complemento pero nefasta como sustituto.

De este modo, ha sucedido que, al plantear el debate, se suele responder que no se puede ir contra la tecnología. ¿Quién lo pretende?  De igual modo que la alternativa a la gula no es la desnutrición sino la moderación, que la alternativa a la promiscuidad no es la castidad sino la responsabilidad, que la alternativa al alcoholismo no es la abstemia sino la prudencia, la alternativa a la tecnolatría no es el abandono de la tecnología, sino su uso crítico, inteligente y responsable.

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LEANDRO SEQUEIROS SAN ROMÁN nació en Sevilla en 1942. Es jesuita, sacerdote, doctor en Ciencias Geológicas y Licenciado en Teología. Catedrático de Paleontología (en excedencia desde 1989). Ha sido profesor de Filosofía de la Naturaleza , de Filosofía de la Ciencia y de Antropología filosófica en la Facultad de Teología de Granada. Miembro de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Zaragoza. Asesor de la Cátedra Francisco Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión de la Universidad Pontificia de Comillas. Presidente de la Asociación Interdisciplinar José Acosta (ASINJA).Es autor además, de numerosos libros y trabajos que se ofrecen gratuitamente en versión digital en BUBOK.
    En la actualidad reside en Granada continuando sus investigaciones y trabajos en torno a la interdisciplinaredad, el diálogo Ciencia y Fe y la transdisciplinariedad en la Universidad Loyola e intentando relanzar y promover la Asociación ASINJA que preside. Un nuevo destino después de haber trabajado solidariamente ofreciendo sus servicios de acompañamiento, cuidado y asesoramiento en la Residencia de personas mayores San Rafael de Dos Hermanas (Sevilla).
    La persona de Leandro Sequeiros es un referente de testimonio evangélico, de excelencia académica, de honestidad y rigor intelectual de primer orden. Vaya desde aquí nuestro agradecimiento más sentido por honrar con sus colaboraciones este humilde sitio y nuestro más sincero deseo que se recupere definitivamente pronto y podamos celebrar con alegría y esperanza su 80 cumpleaños. ¡ Adelante siempre querido Maestro !.

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