RECORDANDO a ANTHONY DE MELLO (20). Expectativas, deseos y sufrimiento

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Por Juan Miguel Batalloso Navas

EXPECTATIVAS, DESEOS Y SUFRIMIENTO

Meditación 3

«Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y a quien te fuerce a caminar una milla, acompáñalo dos»
(Mt 5,40-41)


Si observas de qué modo estás hecho y cómo funcionas, descubrirás que hay en tu mente todo un «programa», toda una serie de presupuestos acerca de cómo debe ser el mundo, cómo debes ser tú mismo y qué es lo debes desear.
¿Quién es el responsable de ese «programa»? Tú no, desde luego. No eres realmente tú quien ha decidido cosas tan fundamentales como son tus deseos y exigencias, tus necesidades, tus valores, tus gustos, tus actitudes… Han sido tus padres, tu sociedad, tu cultura, tu religión y tus experiencias pasadas las que han introducido en tu «ordenador» las normas de funcionamiento. Ahora bien, sea cual sea tu edad y vayas adonde vayas, tu «ordenador» va contigo y actúa y funciona en cada momento consciente del día, insistiendo imperiosamente en que sus exigencias deben ser satisfechas por la vida, por la gente y por ti mismo. De hacerlo así, el «ordenador» te permitirá vivir pacífica y felizmente; de lo contrario, y aunque tú no tengas la culpa, generará unas emociones negativas que te harán sufrir.
Cuando, por ejemplo, otras personas no viven con arreglo a las expectativas de tu «ordenador», éste te atormenta a base de frustración, de ira, de amargura… O cuando, por ejemplo, las cosas escapan a tu control, o el futuro es incierto, tu «ordenador» insiste en que experimentes ansiedad, tensión, preocupación… Entonces empleas un montón de energías en hacer frente a esas emociones negativas. Y generalmente te las apañas para gastar aún más energías en intentar cambiar el mundo que te rodea, al objeto de satisfacer las exigencias de tu «ordenador». Con lo cual obtienes una cierta dosis de una paz bastante precaria, porque en cualquier momento la menor nimiedad (un tren que se retrasa, una grabadora que no funciona, una carta que no llega…) no es conforme con el programa de tu «ordenador», y éste se empeñará en que vuelvas a preocuparte de nuevo.
Por eso llevas una existencia patética, siempre a merced de las cosas y las personas, tratando desesperadamente de que se ajusten a las exigencias de tu «ordenador», a fin de poder tú disfrutar de la única paz que conoces: una tregua temporal de tus emociones negativas, cortesía de tu «ordenador» y de tu «programa».
¿Tiene esto solución? Por supuesto que sí. Naturalmente, no podrás cambiar tu «programa» de buenas a primeras, o quizá nunca. Pero ni siquiera lo necesitas. Intenta lo siguiente: imagina que te encuentras en una situación o con una persona que te resulta desagradable y que ordinariamente tratas de evitar. Observa ahora cómo tu «ordenador» entra instintivamente en funcionamiento e insiste en que evites dicha situación o trates de modificarla. Si consigues resistir y te niegas a modificar la situación, observa cómo el «ordenador» se empeña en que experimentes irritación, ansiedad, culpabilidad o cualquier otra emoción negativa. Sigue considerando esa situación (o persona) desagradable hasta que caigas en la cuenta de que no es ella la que origina las emociones negativas (ella se limita a «estar ahí» y a desempeñar su función bien o mal, acertada o equivocadamente: es lo de menos). Es tu «ordenador» el que, gracias al «programa», se empeña en que tú reacciones a base de emociones negativas. Lo verás mejor si logras comprender que hay personas que, con un programa diferente, y frente a esa misma situación, persona o acontecimiento, reaccionan con absoluta calma y hasta con gusto y contento. No cejes hasta haber captado esta realidad: la única razón por la que tú no reaccionas de ese modo es porque tu «ordenador» insiste obstinadamente en que es la realidad la que debe ser modificada para ajustarse a su «programa». Observa todo esto desde fuera, por así decirlo, y comprueba el prodigioso cambio que se produce en ti.
Una vez que hayas comprendido esta verdad y, consiguientemente, haya dejado tu «ordenador» de generar emociones negativas, puedes emprender cualquier acción que creas conveniente. Puedes evitar la situación o a la persona en cuestión; puedes tratar de cambiarla; puedes insistir en que se respeten tus derechos o los derechos de los demás; puedes incluso recurrir al uso de la fuerza… Pero sólo después de haber conseguido liberarte de tus trastornos emocionales, porque sólo entonces tu acción nacerá de la paz y del amor, no del deseo neurótico de satisfacer a tu «ordenador», de ajustarte a su «programa» o de liberarte de las emociones negativas que genera. Y sólo entonces comprenderás cuan profunda es la sabiduría de estas palabras: «Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y a quien te fuerce a caminar una milla, acompáñalo dos». Porque te resultará evidente que la verdadera opresión proviene, no de las personas que pleitean contigo ni de quien te somete a un trabajo excesivo, sino de tu «ordenador», cuyo «programa» acaba con la paz de tu mente en el momento en que las circunstancias externas dejan de ajustarse a sus exigencias. Se sabe de personas que han sido felices… ¡incluso en el opresivo clima de un campo de concentración! De lo que necesitas ser liberado es de la opresión de tu «programa». Sólo así podrás experimentar la libertad interior que está en el origen de toda revolución social, porque esa intensísima emoción, esa pasión que brota en tu corazón a la vista de los males sociales y te impulsa a la acción, tendrá su origen en la realidad, no en tu «programa» ni en tu ego.

Esta tercera meditación que nos ofrece Anthony de Mello está cargada de referencias y provocaciones para que nos demos cuenta de que ningún ser humano ha nacido para satisfacer los deseos o las expectativas de nadie. Por tanto, ni tú ni yo estamos aquí para obedecer o para someternos a imperativos o normas externas. En realidad, estamos aquí para desobedecer, que no es otra cosa que obedecer a nuestra conciencia siempre que esté basada y fundada en la dignidad inviolable de cualquier ser humano.

Desde niños, los adultos y el mundo social y cultural nos están diciendo lo que es bueno y lo que es malo y nos están imponiendo una forma singular y única de ver y comprender la realidad. Desde la más temprana edad, nuestros padres y profesores nos enseñan de forma directa o indirecta a obedecer utilizando desde los métodos más represivos basados en el premio-castigo hasta los más sutiles y dulcificados basados en la seducción, la alabanza, el halago y los aplausos. Así que de un modo u otro terminamos por estar completamente condicionados. A estas alturas del siglo XXI, no creo que a nadie le quepa ninguna duda de que todas las instituciones formativas disciplinares, no solo nos enseñan a ver distorsionadamente la realidad como una suma de disciplinas o conocimientos independientes e inconexos, sino que también disciplinan nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra forma de percibir y comprender la realidad.

Creemos que alcanzamos la felicidad o el bienestar psíquico cuando comprobamos que los demás dicen y hacen lo que nosotros esperamos de ellos. Nos pasamos casi toda la vida intentando convencer a los que nos rodean de que nuestra forma de sentir, pensar y hacer, no solo es la mejor, sino que es la que debería tener todo el mundo. Y no digamos si nos referimos a las religiones e iglesias: todas tienen como factor común en mayor o en menor grado el autoproclamarse como únicas y universalmente verdaderas. A su vez y, al contrario, los demás nos están formulando de una forma directa o indirecta más o menos imperativa que debemos sentir, que debemos pensar o qué debemos hacer y si les obedecemos o les seguimos creemos ser felices cuando nos alaban, felicitan, aplauden o halagan. En este mundo social de la competitividad y el individualismo todo es en gran medida una feria de vanidades en la que cada cual va poco a poco desarrollando estrategias para fortalecer su Ego sin darse cuenta de que ese Ego, más que suyo es realmente el producto de sus condicionamientos. Lo decía brillantemente Erich Fromm cuando afirmaba que en la creencia de que somos seres autónomos, libres e incondicionados y que tenemos capacidad de elegir y decidir, en realidad estamos conducidos y guiados como borregos por fuerzas y poderes económicos, sociales y culturales que de forma impersonal y en la sombra nos dicen e imponen seductoramente cual debe ser nuestra forma de vida. 1 Ref.FROMM, Erich. Sobre la desobediencia y otros ensayos. Paidós. Barcelona.

A mi juicio, la única forma de llegar a ser una persona madura, equilibrada y auténtica es mediante el proceso permanente de aprender a desobedecer, lo cual no quiere decir que no tengamos que aceptar las convenciones necesarias para convivir. Y para aprender a desobedecer, el primer paso consiste en analizar todo ese conjunto de «deberías» o de normas irracionales, absurdas y estúpidas que nos producen sufrimiento porque constriñen e impiden nuestra necesidad imperiosa de libertad y autorrealización. Por tanto, creo que es mucho mejor abandonar el impulso de decirle a los demás lo que deben hacer y erradicar la necesidad de hacer lo que los demás directa o indirectamente nos exigen. Y que conste que esto no es ser individualista porque no excluye la necesidad de acuerdos, convenciones y ciertas normas de convivencia sumamente necesarias. Es simplemente adoptar una actitud que es al mismo tiempo crítica, pacífica y protectora de nuestra inviolable dignidad personal.

¿Está reñido esto con la necesidad de comprometerse en transformar el mundo desde el metro cuadrado que pisamos? ¿Es esto incompatible con el cuidado, la generosidad, la solidaridad o el amor incondicional? En absoluto. Con lo que está reñido es con esas actitudes egoicas (egocéntricas y egolátricas) que consisten en hacer y decir cosas buscando explícita o implícitamente el aplauso, la admiración, el éxito, la fama, la hipocresía, el engorde de nuestros egos o la ganancia, la acumulación, la mentira y el robo institucionalizado.


Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y si es de tu interés, difunde por favor.
Camas (Sevilla) a 30 de enero de 2022.



Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

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