KRISIS

Agradecimiento (1)

A Josefa y Antonia

Agradecimiento José Martí

Decía mi madre que la mejor cualidad que una persona puede tener es la de ser agradecidos y sin duda llevaba razón. Al fin y al cabo nuestra vida nunca nos pertenece del todo. No nos piden permiso para entrar, ni tampoco nos consultan para salir. Incluso cuando queremos hacerlo dignamente pues hasta nos lo impiden los que andan por ahí dando sermones ignorando aquello que decía Lao-Tsé de que «el que da sermones no es sabio y el sabio no da sermones«.

«Ser agradecidos es de bien nacidos» dice el refranero popular y me repetía siempre mi madre. Ella, a pesar de todos los calvarios que tuvo que pasar, jamás le vi una mueca de dolor, ni de reproche, más bien al contrario: se conformaba con lo que ella llamaba «destino» y a menudo se consolaba diciendo que «otros están peor«. Cierto que era creyente en un Dios personal y omnipotente, que según ella, todo lo tenía  perfectamente planeado y ante el que no había escapatoria posible. Sin embargo ella hacía y deshacía como si no le sucediese nada, aunque a veces decía algo que me dejaba perplejo. Cuando se enteraba de alguna desgracia ocurrida a personas honradas y sencillas, decía que «en este mundo Dios castigaba a los buenos y premiaba a los malos«, porque de lo contrario no podía ser que hubiese tanta maldad.

Ahora no tengo dudas de que con aquellos contradictorios mensajes, mi madre expresaba implicitamente a través de sus dolores y sufrimientos, el hecho real de que el Dios católico, apostólico y romano del nacionalcatolicismo fue siempre el Dios de los hombres ricos, blancos, europeos y nunca el de los pobres, las mujeres, los negros, ni tampoco el de los indios. Y es que ella se sorprendía siempre de cómo a una persona buena, generosa y honrada, le pueden caer tantas desgracias, sufrir tantos dolores, o tener que aguantar tantas injusticias. En el fondo ella creía que la justicia humana no existía y la divina tampoco. De hecho en el día de su muerte, en plena conciencia, no se acordó ni de Dios, ni de los curas para nada. Pero aun así no paraba de aconsejarme y adoctrinarme una y mil veces.

Recuerdo que me pedía hasta la saciedad e incluso hasta el desconsuelo que no abandonase la religión cristiana, que fuese a misa todos los domingos, que confesara y comulgara. Ella creía que la religión me ayudaría a tener un poquito de control sobre mis impulsos y también una gran paciencia y resignación ante la enfermedad, el dolor y el infortunio. Lógicamente, como no podía ser de otra manera dada mi naturaleza, al llegar a la adolescencia e iniciar mi adultez, tuve necesariamente que desobedecer sus consejos y sugerencias ya que «ni en dioses, reyes, ni tribunos está el supremo salvador, nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor«. Y si algo he tenido claro a lo largo de toda mi vida, es que únicamente por los caminos de la desobediencia, el trabajo, el esfuerzo, la rebeldía, la lucha y el compromiso sociopolítico en favor de los más pobres y vulnerables es como pueden resolverse todas las injusticias, ya sean grandes o pequeñas. En cualquier caso y después de mucho peregrinar, he acabado finalmente entendiendo mucho mejor a mi madre, porque en el fondo de los fondos lo que ella no quería de ningún modo es que me enfrentara y luchase abiertamente con mi padre.

Sin embargo, aquella mujer que fue y sigue siendo mi madre, porque cada vez está más viva y presente en mí, me enseñó algo que ha marcado profundamente toda mi vida, porque en realidad sigo teniendo la extraña sensación de que vuelvo a nacer cada día que me levanto y de que la fecha de mi nacimiento es de hace solamente unos años. Y que conste que digo «marcado»  en el sentido de captar la extraordinaria profundidad y sentido de la conciencia de que si lo comprendes, las cosas son como son y si no lo comprendes, las cosas son como son. Con el tiempo he llegado a descubrir que muchas veces, lo que aparentemente son contradicciones y dificultades, son en realidad la puerta de entrada para la contemplación y el asombro del milagro y el misterio inconmensurable de la vida,

Durante muchos años era tal mi indignación y mi ira ante cualquier forma de injusticia, que de tanto querer cambiar las cosas, luchar, hacer, decir, combatir, soñar, hablar y proyectar, había ido perdiendo poco a poco el ser y solamente me quedé con esa máscara a la que llamamos «personalidad». Una máscara por cierto con la que todos los humanos mercadeamos en la feria de la vanidades de este mundo real. Ganar, vencer, ser el «number one», llegar el primero, triunfar, tener éxito, obtener aplausos y reconocimientos, también fueron para mí una importante fuente de motivación, sin embargo siempre hubo algo que me salvó, me salvó la memoria grabada en mi corazón de mi madre. Fue pues mi madre quien me enseñó con su conducta el agradecimiento, Y es que mi madre fue y creo que todavía es la mujer más prudente, perseverante, humilde, sencilla, conforme, respetuosa, tolerante y agradecida que he conocido jamás.

Sí, agradecimiento, agradecimiento por todo, hasta por lo más insignificante. Agradecimiento como acto de reconocimiento por el milagroso regalo de vivir, pensar o escribir esto. Agradecimiento incluso por el bien que te hacen cuando te insultan, te desprecian, rechazan o te marginan como decía Buda. Y tengo claro, que cuando «reaccionamos» con agresividad ante un daño real o supuesto, olvidamos el «accionar» desde lo positivo de las esencias de cualquier ser humano. Y es que de las personas que te quieren, te admiran o te alaban realmente no puedes aprender nada, porque en todo caso lo que hacen es confirmar tus acciones y omisiones como aciertos cuando pueden ser errores. De aquí la importancia de escuchar al adversario, al rebelde, al desobendiente e insumiso. De aquí la importancia de asumir el error y las propias contradicciones como el primer y fundamental elemento de aprendizaje. Pero claro, en una cultura de triunfo, culpa, venganza y envidia como la nuestra, esto es inadmisible.

Así entendido, el agradecimiento es mucho más que el simple reconocimiento del favor que nos hacen, del regalo que te ofrecen o de la oportunidad que te dan, porque agradecer es una forma de aprendizaje de la virtud más sencilla y alegre de todas: la humildad. Sí, sí, la humildad, algo que se olvida con cierta frecuencia cuando andamos por ahí dando charlas creyendo que debemos opinar de todo y decir siempre algo creyendo que tenemos algo diferente que decir a lo que se ha dicho ya anteriormente. Humildad y agradecimiento que expresado en palabras de Antonia, la abuela de mis hijas, significa también un salto cualitativo superior,  porque la persona agradecida y humilde es aquella que es capaz de comportarse como es debido, es decir, «con educación«, decía muy convencida, sin olvidar que «hay que tener cultura«,  conocimiento para saber las cosas de la vida y del trabajo, pero también  y  en primer lugar «sencillez» porque «la sencillez es lo más bonito que tiene una persona«.

Obviamente, a estas alturas de mi vida tengo tanto que agradecer, es tanto lo que debo a todas las personas con las que he entrado en contacto, que realmente no siento nada mío. En realidad nada es mío y que si algo me queda, tampoco me pertenece, ya que es gracias al milagro de la vida, pero sobre todo a las personas a las que he tenido la suerte de querer o de sentir afecto de algún modo, de las que he recibido realmente todo lo que soy, personas entre las cuales, seguramente tú que lees esto, ocupas un lugar importante y por eso también te doy las gracias por lo que has hecho y por haber llegado hasta aquí. 

Me encantaría que hicieras un comentario. Muchas gracias.

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