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Educación, cooperativismo y trabajo humano

Por Roberto Bertossi

Línea separadora decorativa de KRISIS
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La educación y la cooperativa están vinculadas, como el trabajo con el hombre Habitamos tiempos de pandemia sine die, con una subida imparable en los alimentos básicos, insumos escolares y medicamentos, sumado a un deterioro sostenido del poder adquisitivo salarial y jubilatorio. La educación en general, y cooperativa en particular, emergen como racional aliciente, esperanzadora recomendación y atemperadora práctica epidemiológica.

Hacer “educación cooperativa” consiste en la adquisición o profundización del hábito personal y social de lograr solidaridad con reciprocidad y fraternidad; por ende y cuando nuestra “aldea global” se encuentra infectada, sin salida cierta y duradera a la vista, entiendo que hoy se trata de una asignatura imprescindible.

A propósito, para Arizmendiarrieta, mentor de la Experiencia Cooperativa Mondragón (ECM), la educación y la cooperativa están vinculadas, como el trabajo con el hombre, que se autorealiza individual y colectivamente. Según Arizmendiarrieta, la educación es el primer fundamento del proyecto de transformación y se entiende como una práctica cooperativa previa a la propia promoción cooperativa. Es un supuesto básico en la vida. Su objetivo era formar agentes de transformación en el mundo, como hombres responsables con un proyecto de vida, capaces de construir un mundo más justo, nuevo y solidario, cultivando la inteligencia y el espíritu asociativo.

Según el artículo 90 de la ley 26.206 de 2006, «el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la República Argentina, promoverá, a través del Consejo Federal de Educación, la incorporación de los principios y valores del cooperativismo y del mutualismo en los procesos de enseñanza-aprendizaje y la capacitación docente correspondiente, en concordancia con los principios y valores establecidos en la Ley 16.583 y sus reglamentaciones. Asimismo, se promoverá el cooperativismo y el mutualismo escolar«. Considero estéril, y más bien juego de palabras, toda legislación, programación o disertación sobre educación cooperativa y la problematización o deconstrucción corporativa de sus objetivos, identidad e idiosincrasia, que no partan del reconocimiento de que éstos solo se resuelven satisfactoriamente cuando todos y cada uno cobramos consciencia plena de nuestros deberes, antes que de sus derechos.

Transcurridos 15 años de este precepto legal, no se trata de que el tejido y las prácticas sociales sean inmunes a la solidaridad ni al cooperativismo. Se trata de la inejecutoriedad de una ley cuestionando su propia eficacia haciendo “campo orégano” a individualismos, insolidaridades, indiferencias, abusos, crueldades, desigualdades e inclemencias que tan nítidamente nos reveló el covid-19.

La pandemia actual ha puesto de relieve nuestra interdependencia. Todos estamos vinculados, los unos con los otros Por eso mismo, para salirnos de este estrago epidemiológico global, solamente podremos hacerlo juntos, solidaria y cooperativamente. Porque esta vez no se podrá llegar solo y primero, sino solo juntos y a tiempo. Cuando olvidamos u omitimos esto, extraviando la vital armonía de interdependencia en la solidaridad, dicha interdependencia se convierte en dependencia de unos hacia otros, aumentando ominosamente la desigualdad y la marginación, pauperizando el tejido social, deteriorando el ambiente, reduciendo más el puñado de ganadores e incrementando inhumanamente por millones de perdedores.

Si bien la acepción solidaridad estaba un tanto devaluada, la misma es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad o desprendimiento. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos cooperativos activos -sin intermitencias ni especulaciones- priorizando la vida de todos sobre la apropiación de los bienes y del ambiente solo por parte de algunos pocos. Desconcertados y perplejos, justo entre la primera y segunda ola del coronavirus, pensemos en la congruencia e importancia gravitante de la educación cooperativa y sus auténticas “practicas posibles”, en el marco y auspicio de las cuales los ciudadanos más frágiles, vulnerables y desocupados puedan tener acceso a los alimentos nutritivos básicos, a elementales insumos escolares, a medicamentos, a servicios esenciales de agua potable, de energía eléctrica y transporte, además de educación general y sanidad pública, y que ello se haga en condiciones de costos que tiendan a asegurar un precio justo, para que no produzca la exclusión en aquellas capas sociales lindantes con la pobreza e indigencia, y por el contrario sea factor de inclusión social.

Al mismo tiempo la importancia que tendría para la dignidad personal el intervenir con un protagonismo consciente en la auto organización de estos servicios y en la emancipación de dependencias y exclusiones sociales. En el respeto del Estado social democrático de derecho, la vertebración de este derecho educativo solidario debe perseguir la coherencia e integración de la comunidad política a la que organiza, y para ello ir igualando en derechos y garantías a todos sus ciudadanos y así, recién entonces, cerrando la brecha inhumana entre diferencias, privilegios y exclusiones sociales.

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