El franquismo sigue aquí (6). Cuando el ruido nos impide pensar

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El franquismo sigue aquí (6). Cuando el ruido nos impide pensar

PEDAGOGÍA DE LA CRUELDAD:
Bulos, victimismo e insultos normalizados: cómo la política de la confusión debilita la democracia

Tanta información que ya no sabemos qué creer

¿No os ha ocurrido alguna vez? Abrís el teléfono por la mañana y encontráis una noticia alarmante. Poco después, alguien comparte otra que parece desmentirla. En la televisión, un tertuliano acusa al Gobierno de ocultar información, mientras otro asegura que todo es una manipulación de la oposición. En las redes aparecen vídeos, titulares, insultos y supuestas pruebas. Al final, cerramos el teléfono con una mezcla de enfado, cansancio y desconcierto. ¿Qué está pasando realmente? Esta pregunta es importante porque una democracia necesita que podamos distinguir los hechos de las mentiras, discutir sobre lo que sucede y exigir responsabilidades tanto al Gobierno como a la Oposición.

Existe una estrategia de comunicación política que busca precisamente dificultar esa tarea: inundar el espacio público con tantos mensajes, acusaciones y versiones contradictorias que terminemos agotados y desconfiemos de cualquier información. Steve Bannon, estratega de Donald Trump, popularizó una expresión muy gráfica para describir esta táctica: «inundar la zona» de basura informativa (LEWIS, 2018). No es necesario que todo el mundo crea una mentira concreta. A veces basta con sembrar tantas dudas que acabemos pensando que nadie dice la verdad. Cuando sucede esto, la confusión beneficia a quienes necesitan eludir preguntas incómodas, desacreditar a sus críticos o imponer su propia versión de los acontecimientos.

Podemos reconocer esta dinámica en determinados discursos de VOX y del PP, aunque no de la misma manera ni con idéntica intensidad. VOX recurre habitualmente a mensajes de confrontación sobre inmigración, feminismo, identidad nacional y supuestas amenazas contra España. El PP, por su parte, contribuye a la crispación cuando sus dirigentes sustituyen las explicaciones por descalificaciones generales, presentan las actuaciones del adversario como ilegítimas sin aportar pruebas suficientes o convierten cualquier controversia en una batalla partidista. Criticar al Gobierno y ejercer la oposición es legítimo y necesario; lo preocupante es que la confrontación termine desplazando a los hechos y que las acusaciones se repitan sin comprobar su fundamento.

Pensemos en una noticia sobre un delito cometido por una persona inmigrante. Una información rigurosa debería explicar qué ha ocurrido, qué se sabe y qué muestran los datos disponibles. Sin embargo, un mensaje xenófobo puede utilizar ese mismo suceso para presentar a toda la población inmigrante como una amenaza. Si alguien pide prudencia y recuerda que no podemos responsabilizar a miles de personas por la conducta de una sola, puede recibir una respuesta como esta: «¡Ya estás defendiendo a los delincuentes!». De repente, dejamos de discutir sobre el delito y empezamos a cuestionar la moral de quien pide información. La trampa consiste en impedir el debate mediante una acusación que provoca vergüenza, enfado o miedo a expresar una opinión diferente.

Todos somos vulnerables a estos mecanismos. Los psicólogos llaman sesgo de confirmación a nuestra tendencia a aceptar con mayor facilidad las informaciones que coinciden con nuestras creencias y a cuestionar con más dureza las que las contradicen. Si una noticia confirma lo que ya pensamos, quizá la compartamos sin comprobarla; si nos incomoda, podemos descartarla como una manipulación. Las redes sociales pueden reforzar esta tendencia al mostrarnos contenidos semejantes a los que ya consultamos. Por eso necesitamos aprender a detenernos, buscar las fuentes y distinguir entre lo que sabemos, lo que sospechamos y lo que alguien quiere hacernos creer. Reconocer que podemos equivocarnos no nos debilita: nos ayuda a pensar con autonomía.

Del franquismo a la actualidad: fabricar enemigos y controlar la verdad

La historia de España nos ofrece ejemplos que ayudan a comprender estos mecanismos. Durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, la propaganda de los vencedores presentó a sus adversarios como enemigos de la patria, de la religión y del orden social. La palabra «rojo» se utilizó como etiqueta despectiva para agrupar a personas muy diferentes: republicanos, sindicalistas, maestros, militantes de izquierdas y ciudadanos que habían apoyado al Gobierno republicano. A ello se sumó la difusión de la supuesta conspiración «judeomasónica», que atribuía los males de España a fuerzas ocultas y heterogéneas. Como explica Javier Domínguez Arribas (2009), esta representación del enemigo formó parte de la propaganda franquista. El mecanismo era sencillo: presentar una realidad compleja como una lucha entre la España legítima y quienes supuestamente pretendían destruirla. De este modo, la persecución del discrepante podía justificarse como una defensa de la nación.

El segundo ejemplo es el control de la información. La Ley de Prensa de 1938 estableció un sistema de intervención estatal sobre los medios, con censura, consignas y mecanismos de control de la actividad periodística. La propaganda oficial difundía la imagen de un régimen que representaba el orden y la salvación de España, mientras las voces críticas eran silenciadas o presentadas como amenazas (RUIZ BAUTISTA, 2003). Imaginemos a una familia que dependía de los periódicos y la radio disponibles para conocer lo que ocurría: podía escuchar ampliamente los logros que el régimen atribuía a sus dirigentes, pero tenía enormes dificultades para acceder a testimonios y explicaciones que contradijeran aquella versión. La repetición de un relato único, unida a la eliminación de las voces alternativas, contribuía a convertir la propaganda en una aparente verdad.

Hay una diferencia fundamental entre aquella dictadura y la España democrática actual: el franquismo impuso la censura y persiguió a sus opositores, mientras que hoy existe pluralismo político y libertad de expresión. No debemos confundir ambos contextos históricos. Sin embargo, sí podemos aprender de la historia a reconocer mecanismos que reaparecen bajo formas distintas: fabricar enemigos colectivos, presentar al adversario como una amenaza para la nación, desacreditar a quienes cuestionan el relato dominante y repetir mensajes hasta que parezcan indiscutibles. Hoy, estas dinámicas pueden difundirse mediante discursos partidistas, tertulias y redes sociales, sin necesidad de que exista una censura estatal como la franquista. Conocer el pasado nos ayuda a reconocer los riesgos antes de que deterioren nuestra convivencia.

Cuando un bulo añade dolor al dolor

La tragedia de la dana que golpeó la Comunidad Valenciana en octubre de 2024 mostró hasta qué punto la desinformación puede agravar el sufrimiento humano. Mientras muchas familias buscaban a sus seres queridos, circularon mensajes que aseguraban que el aparcamiento del centro comercial Bonaire, en Aldaia, escondía cientos de cadáveres que las autoridades estaban ocultando. Se difundieron cifras de 200, 800 e incluso 1.000 víctimas mortales, junto con vídeos y testimonios que no demostraban esas afirmaciones. Sin embargo, según la información recogida por Maldita.es, el director de la Policía Nacional confirmó que no se había encontrado ninguna víctima mortal en aquel aparcamiento (MALDITA.ES, 2024b).

Imaginemos a una persona que tiene un familiar desaparecido. Lleva horas esperando noticias y vive con una angustia difícil de describir. De repente, recibe un mensaje que afirma que hay cientos de cadáveres ocultos y que las autoridades están mintiendo. ¿Qué puede sentir? Miedo, desesperación y una necesidad urgente de saber si aquello es cierto. Si el mensaje es falso, habrá añadido sufrimiento a una situación ya insoportable y habrá sembrado sospechas sobre quienes intentan atender la emergencia. ¿Significa esto que las autoridades deben quedar libres de críticas? En absoluto. Es legítimo investigar los errores y exigir responsabilidades. Pero una cosa es reclamar explicaciones y otra afirmar que se ocultan cadáveres sin pruebas. Antes de compartir una noticia alarmante, conviene comprobar quién la publica, qué evidencias ofrece y si otras fuentes fiables confirman lo sucedido.

Algo parecido, aunque con consecuencias diferentes, ocurrió en Torre Pacheco en julio de 2025. Tras la agresión sufrida por un vecino de 68 años, circularon mensajes que utilizaron el suceso para alimentar la hostilidad contra la población magrebí. Según la información publicada por Infobae, el grupo xenófobo Deport Them Now difundió convocatorias que describía como una «cacería» de personas magrebíes. Los días siguientes estuvieron marcados por incidentes y actuaciones policiales, con decenas de personas detenidas o identificadas, según la cobertura de elDiario.es (INFOBAE, 2025; ELDIARIO.ES, 2025a). Una agresión concreta, que debía investigarse y cuyos responsables debían responder ante la justicia, se convirtió así en motivo para señalar a toda una comunidad. La diferencia entre exigir justicia y alimentar el odio es enorme: nadie debe responder por compartir origen o nacionalidad con quien ha cometido un delito. Cuando culpamos colectivamente a un grupo, dejamos de ver personas y empezamos a tratar a sus integrantes como sospechosos por definición.

El victimismo: presentarse siempre como víctima

Otra estrategia consiste en transformar cualquier crítica en una supuesta persecución. Imaginemos que un dirigente político hace una declaración polémica. Un periodista le pregunta por ella y otros partidos le exigen explicaciones. En lugar de responder, el dirigente asegura que existe una campaña organizada para silenciarlo. De repente, ya no hablamos de lo que dijo, de si sus afirmaciones eran ciertas o de sus consecuencias. Ahora hablamos de la persecución que supuestamente está sufriendo. El dirigente deja de aparecer como alguien obligado a responder por sus palabras y se presenta como una víctima que necesita defenderse de un sistema hostil.

Esta forma de comunicación aparece en determinados discursos de VOX, que presentan las críticas a sus posiciones sobre inmigración, feminismo o identidad nacional como manifestaciones de una hostilidad de las élites o de quienes supuestamente quieren impedir que se hable con libertad. El PP también recurre en ocasiones a este marco cuando sus dirigentes interpretan las críticas o las exigencias de responsabilidad como operaciones políticas contra el partido. Cada caso debe analizarse con sus propias pruebas: puede haber denuncias legítimas de persecución, pero no toda crítica constituye una persecución ni toda investigación es una conspiración.

El problema aparece cuando el victimismo sirve para evitar cualquier examen de las propias actuaciones. Si se pregunta a un dirigente por una declaración ofensiva, responde que quieren censurarlo; si se le exigen explicaciones sobre una decisión, afirma que el adversario pretende destruirlo. Así se construye una especie de escudo: cualquier cuestionamiento se interpreta como una confirmación de que existe una persecución. Los seguidores pueden acabar defendiendo al líder antes de conocer los hechos, porque sienten que criticarlo sería ponerse del lado de quienes supuestamente quieren silenciarlo. Pero quienes ejercen responsabilidades públicas deben aceptar preguntas y críticas, incluso cuando resultan incómodas. La libertad de expresión protege el derecho a defender las propias ideas y también el de los demás a cuestionarlas.

Cuando los insultos dejan de escandalizarnos

El victimismo resulta todavía más eficaz cuando se combina con un doble rasero: los insultos propios se presentan como sinceridad y valentía, mientras que las críticas ajenas se describen como agresiones intolerables. Un dirigente puede calificar a sus adversarios de traidores, enemigos de España o responsables de destruir el país, y sus seguidores interpretar esas palabras como una muestra de firmeza. Sin embargo, si alguien cuestiona sus declaraciones, puede denunciar una campaña de odio o un intento de censura. ¿No deberíamos aplicar el mismo criterio a todos? Si exigimos respeto para nuestros representantes, también debemos exigirles que respeten a quienes discrepan de ellos.

No es lo mismo afirmar que una decisión política es irresponsable que presentar a quienes la apoyan como enemigos del pueblo. La primera afirmación puede discutirse examinando la decisión y sus consecuencias; la segunda convierte a quienes piensan de otra manera en una amenaza. Tampoco es lo mismo debatir sobre las políticas migratorias que describir a las personas inmigrantes como un peligro colectivo. Podemos discrepar sobre seguridad, recursos públicos o integración sin atribuir culpabilidad a todo un grupo humano. El problema comienza cuando las descalificaciones sustituyen a los argumentos y se utilizan para impedir que el adversario sea escuchado.

La normalización del insulto no sucede de golpe. Primero escuchamos una expresión ofensiva que nos sorprende; después vuelve a aparecer en una tertulia, un vídeo o una publicación política. Más tarde la repiten miles de usuarios y termina incorporándose a las conversaciones cotidianas. Lo que antes nos parecía intolerable empieza a parecernos una exageración sin importancia. Si alguien protesta, se le acusa de exagerar o de querer censurar la libertad de expresión. Así, poco a poco, se rebaja el umbral de lo que estamos dispuestos a aceptar y la humillación del otro se convierte en entretenimiento o en una señal de pertenencia a un grupo. Dos ejemplos son extraordinariamente ilustrativos el “Me gusta la fruta” (hijo de puta(

La libertad de expresión no significa que debamos considerar aceptable cualquier forma de hablar. Podemos defender el derecho a expresar opiniones incómodas y, al mismo tiempo, rechazar el racismo, la misoginia, la xenofobia y la deshumanización. Tampoco necesitamos responder a cada insulto con otro insulto. La crítica política puede ser contundente sin convertirse en humillación personal. La pregunta no es solamente si una expresión está permitida por la ley, sino qué clase de convivencia contribuye a construir y qué ocurre con las personas que se convierten repetidamente en blanco de ella.

Recuperar el pensamiento crítico y la sensibilidad democrática

¿Cómo podemos defendernos de estas estrategias? No necesitamos convertirnos en especialistas en comunicación política, pero sí adquirir algunos hábitos. Cuando una noticia nos provoque una indignación inmediata, conviene detenernos antes de compartirla, comprobar quién la publica y buscar otras fuentes fiables. También debemos desconfiar de los mensajes que atribuyen todos los males a un único colectivo o aseguran que jueces, periodistas, científicos e instituciones forman parte de una conspiración sin aportar evidencias suficientes. Y, sobre todo, debemos exigir el mismo rigor a quienes piensan como nosotros que a quienes defienden ideas contrarias. Reconocer que una información propia era falsa y rectificar no es una derrota: es una señal de honestidad y autonomía intelectual.

La educación tiene aquí una responsabilidad fundamental. No basta con enseñar a buscar información en Internet: necesitamos aprender a interpretarla, reconocer las emociones que despierta, identificar las generalizaciones injustas y revisar nuestras propias convicciones. Esto exige unir el pensamiento crítico con la sensibilidad moral, la capacidad de argumentar con la disposición a escuchar y el derecho a disentir con el reconocimiento de la dignidad de los demás. La regulación de las plataformas digitales, como la prevista en el Reglamento de Servicios Digitales de la Unión Europea, puede contribuir a afrontar determinados riesgos, pero ninguna norma sustituye la responsabilidad de los partidos, los medios y la ciudadanía.

La desinformación, el victimismo y los insultos normalizados no son simples defectos de comunicación. Cuando se utilizan para convertir al adversario en enemigo, señalar a colectivos enteros o impedir que se exijan responsabilidades, deterioran las condiciones necesarias para la convivencia democrática. Frente a esa deriva, necesitamos firmeza para denunciar las mentiras, rigor para no exagerar y sensibilidad para comprender el daño que puede causar una palabra convertida en arma.

Educar para la democracia significa aprender a no dejarnos arrastrar por el ruido, a no convertir el miedo en odio y a no confundir la defensa de nuestras ideas con la destrucción moral de quienes no las comparten. La verdad necesita pruebas; la política, responsabilidad; y la convivencia, el reconocimiento de que detrás de cada palabra hay personas.


Referencias

  • DOMÍNGUEZ ARRIBAS, Javier (2009). El enemigo judeo-masónico en la propaganda franquista (1936-1945). Madrid: Marcial Pons.
  • ELDIARIO.ES (2025a). Información periodística sobre los incidentes xenófobos ocurridos en Torre Pacheco en julio de 2025.
  • EL PAÍS. Así se agita en las redes la “cacería” al inmigrante de Torre Pacheco: de los bulos de Alvise a los canales de Deport Them Now. 14 jul. 2025.
  • FORTI, Steven (2021). Extrema derecha 2.0. Análisis de la transformación contemporánea de la extrema derecha y sus estrategias de comunicación política.
  • INFOBAE (2025). Información periodística sobre los mensajes xenófobos y las convocatorias contra personas magrebíes en Torre Pacheco.
  • LEWIS, Paul (2018). Información periodística sobre Steve Bannon y la estrategia de «inundar la zona» de desinformación.
  • MALDITA.ES (2024b). Verificación de los bulos sobre supuestos cadáveres ocultos en el aparcamiento de Bonaire durante la dana de octubre de 2024.
  • RUIZ BAUTISTA, Eduardo (2003). Política cultural y propaganda en el primer franquismo (1939-1945): designios y realizaciones. Tesis doctoral, Universidad de Alcalá.

Juan Miguel Batalloso Navas
Camas (Sevilla) a 23 de octubre de 2026

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