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El franquismo sigue aquí (5). Discrepar no es odiar: cómo se fabrica la polarización afectiva
PEDAGOGÍA DE LA CRUELDAD
De la diferencia ideológica a la construcción
del adversario como enemigo
Todos los episodios que he venido examinando en los artículos anteriores, la gramática del insulto en el hemiciclo, la piñata apaleada, el «me gusta la fruta», los gritos de «traidor» ante una sede de partido, no son estallidos aislados de mal carácter ni simples excesos verbales de una clase política malhumorada. Responden a una lógica. Y esa lógica tiene nombre en la ciencia política contemporánea: polarización afectiva.
Conviene detenerse en el concepto, porque se presta a malentendidos. La polarización ideológica, la distancia entre las ideas que defienden unos y otros, no es en sí misma un mal. Una democracia sin desacuerdos sería un cementerio o un cuartel. La polarización afectiva es otra cosa. Shanto Iyengar y sus colaboradores la describieron hace más de una década como el fenómeno por el que los ciudadanos no solo discrepan de las propuestas del adversario, sino que sienten hacia sus partidarios desconfianza, desprecio y antipatía, al tiempo que reservan para los suyos una adhesión casi incondicional (IYENGAR; SOOD; LELKES, 2012). No consiste en discrepar de las ideas del otro, sino en detestar a quien las sostiene.
Es la diferencia entre cuestionar las ideas de quien piensa distinto y llegar a rechazar a la persona hasta el punto de no querer compartir con ella ni el espacio de la convivencia cotidiana.
España ocupa un lugar destacado en ese mapa del rechazo. El sociólogo Luis Miller, que lleva dos décadas estudiando el fenómeno desde el CSIC, sitúa a nuestro país entre los más divididos de Europa y del mundo, y subraya que en él se combinan la polarización ideológica, la afectiva y la que llama polarización cotidiana, la que separa a los votantes de distintos partidos por barrios, profesiones, consumos culturales y redes de amistad (MILLER, 2023). Mariano Torcal y Josep Maria Comellas, con datos comparados de las encuestas electorales internacionales, llegan a una conclusión semejante: la animadversión entre bloques en España se sitúa en los niveles más altos de la Europa del sur (TORCAL; COMELLAS, 2022).
Las cifras de percepción social deben leerse con cuidado: no significan que dos tercios de la población mantengan relaciones hostiles con todos los ciudadanos que piensan de manera distinta, ni que cada desacuerdo termine en ruptura. Sí muestran, sin embargo, que la división se ha convertido en una lente habitual para interpretar la vida pública. Cuando las personas esperan encontrar desprecio al otro lado, tienden a escuchar con defensas levantadas, a interpretar una duda como provocación y a recordar con mayor facilidad los episodios que confirman su desconfianza. La expectativa de hostilidad puede terminar produciendo la hostilidad que anticipaba.
Los datos más recientes no invitan al optimismo. El Atlas de la polarización en España publicado por More in Common en diciembre de 2025 recoge que alrededor de dos de cada tres españoles perciben el país como dividido, una sensación que no ha dejado de crecer desde 2021, y que el 14 % de los encuestados afirma haber roto alguna relación familiar o de amistad por motivos políticos en el último año (MORE IN COMMON, 2025). Detengámonos un momento en esa cifra. Uno de cada siete. Detrás de ese porcentaje hay comidas de Navidad suspendidas, grupos de mensajería abandonados, hermanos que han dejado de hablarse. La polarización no se queda en los platós: entra en las casas.
Una estrategia, no un clima
Suele hablarse de la polarización como si fuera un fenómeno meteorológico, un «clima» que nos envuelve sin que nadie lo haya provocado, una especie de mal tiempo político del que todos seríamos víctimas por igual. Esa manera de hablar es cómoda, pero es falsa. La polarización no es un fenómeno natural. Es, en buena medida, una estrategia. El propio Miller, al buscar sus causas, señala junto al desempleo y la desigualdad un factor que no tiene nada de espontáneo: la instigación deliberada de la división por parte de los partidos políticos y en nuestro caso los de la derecha y la ultraderecha(MILLER, 2023).
Jennifer McCoy y Murat Somer, tras comparar una decena de democracias que se deslizaron hacia el autoritarismo, desde Venezuela hasta Turquía, Hungría o Estados Unidos, han acuñado el concepto de polarización perniciosa para designar el punto en que una sociedad queda dividida en dos campos que se perciben mutuamente como amenazas existenciales. Y han mostrado algo decisivo: esa división no surge sola, sino que la impulsan emprendedores políticos que descubren en ella un instrumento rentable para ganar o conservar el poder, y que suelen encontrar en el adversario una respuesta especular que la retroalimenta (McCOY; SOMER, 2019).
La razón de esa rentabilidad es sencilla y, por eso mismo, inquietante. Quien convierte la política en una guerra entre la patria y los traidores, entre la democracia y la mafia, entre los españoles de bien y la anti-España, moviliza a los suyos con más eficacia que quien propone programas. Un programa exige leer, comparar, deliberar. Un enemigo solo exige miedo y rabia, y el miedo y la rabia son emociones más rápidas, más contagiosas y más baratas que cualquier argumento. Las campañas lo saben. Los algoritmos de las redes sociales, que premian lo que indigna porque lo que indigna se comparte, lo saben todavía mejor.
La teoría política conoce bien esta tentación. Carl Schmitt, el jurista que puso su talento al servicio del nazismo, definió lo político precisamente como la distinción entre amigo y enemigo, entendiendo al enemigo no como un rival al que se gana en las urnas, sino como un «otro» existencialmente extraño cuya mera existencia amenaza la propia (SCHMITT, 2009). Chantal Mouffe, desde la orilla opuesta, propuso una distinción que me parece esencial: la democracia no necesita eliminar el conflicto, sino transformar el antagonismo en agonismo, es decir, convertir al enemigo que hay que destruir en un adversario legítimo con quien se disputa el poder sin negarle el derecho a existir (MOUFFE, 2007). La polarización como estrategia recorre exactamente el camino inverso. Toma al adversario y lo devuelve a la condición de enemigo.
Jason Stanley lo explicó con claridad al describir los mecanismos de la política fascista: uno de sus rasgos centrales es la división entre «nosotros» y «ellos», una frontera moral que convierte a una parte de la ciudadanía en la verdadera nación y a la otra en una amenaza interior (STANLEY, 2019). En España encontramos ejemplos que permiten examinar esta lógica. Durante la campaña electoral de abril de 2019, Santiago Abascal planteó una disyuntiva entre «la anti España» y «la España viva», contraponiendo a quienes consideraba representantes de la nación auténtica con sus adversarios políticos. La expresión no se limitaba a señalar diferencias ideológicas: trazaba una frontera simbólica entre una España presentada como legítima y otra situada en el terreno de la deslealtad nacional.
Una operación discursiva relacionada, aunque no idéntica, aparece en el Partido Popular con el uso reiterado del término «sanchismo» para designar al Gobierno de Pedro Sánchez y al conjunto de sus políticas. La palabra se ha convertido en una categoría central de la oposición de Alberto Núñez Feijóo. En junio de 2025, el líder popular afirmó que «el sanchismo corrompe todo lo que toca» y, en noviembre de ese mismo año, lo definió como corrupción «política, económica, institucional, social o moral» (PP, 2025; EFE, 2025). Estas expresiones muestran cómo una crítica dirigida inicialmente a un presidente, a su gestión o a determinadas actuaciones puede extenderse hasta convertirse en una caracterización global de todo un proyecto político. El término no es, por sí mismo, antidemocrático: puede funcionar como una etiqueta convencional para identificar una etapa de gobierno, un liderazgo o una orientación política. La cuestión relevante es el uso que se hace de él y el significado que adquiere en cada contexto. Cuando «sanchismo» deja de designar un conjunto identificable de decisiones y responsabilidades para convertirse en sinónimo general de corrupción, indignidad o amenaza para España, el debate corre el riesgo de desplazarse desde el examen de hechos concretos hacia la descalificación moral de un bloque político entero.
Hay, por tanto, una diferencia de grado y de contenido entre ambas expresiones, pero también un mecanismo discursivo que merece atención: la construcción de una identidad propia mediante la delimitación de un adversario presentado como radicalmente negativo. En el caso de Vox, la oposición entre «España viva» y «anti-España» apela directamente a la pertenencia nacional; en el del PP, el término «sanchismo» puede funcionar como una etiqueta aglutinadora que reúne bajo una misma denominación al presidente, su Gobierno, sus aliados y sus políticas. En ambos casos, el análisis debe preguntarse si la etiqueta ayuda a identificar posiciones y responsabilidades concretas o si acaba sustituyendo la argumentación por una condena generalizada.
Cuando esa frontera moral se consolida, el precio puede ser elevado. El adversario deja de ser alguien con quien discrepar, negociar o alcanzar acuerdos y pasa a ser alguien de quien hay que protegerse, a quien hay que derrotar sin concesiones o cuya legitimidad se pone en cuestión. La política se transforma entonces en una confrontación entre identidades irreconciliables: cada bloque interpreta las palabras del otro como una nueva prueba de su peligrosidad y cualquier acercamiento puede presentarse como traición. La conversación democrática, que exige reconocer al adversario como interlocutor legítimo incluso cuando se rechazan radicalmente sus propuestas, queda desplazada por la sospecha y la descalificación. Y una democracia en la que el desacuerdo deja de poder tramitarse mediante la palabra, la deliberación y las reglas compartidas empieza a deteriorarse, aunque sus instituciones electorales continúen funcionando.
Anatomía de una estrategia: ocho maneras de fabricar enemigos
1. La dicotomía moral: reducir la política a dos campos
El procedimiento más elemental consiste en presentar cualquier elección política como una disyuntiva absoluta entre el bien y el mal, en la que no caben matices, terceras posiciones ni acuerdos parciales. El lema con el que el Partido Popular convocó su concentración del 8 de junio de 2025 en la plaza de España de Madrid, «Mafia o democracia», es un ejemplo de manual: quien no está en la plaza queda, por exclusión, del lado de la mafia. En su discurso, el presidente del partido llegó a afirmar que España se asemejaba cada vez más a Venezuela (EFE, 2025).
2. La deslegitimación: negar el derecho del otro a gobernar
Un paso más allá de la dicotomía está la negación de la legitimidad del adversario. Ya no se dice que el otro gobierna mal, sino que no debería gobernar en absoluto, que su poder es un fraude, que su existencia política es en sí misma una anomalía. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt sitúan este rasgo entre los cuatro indicadores clave del comportamiento autoritario (LEVITSKY; ZIBLATT, 2018). En el epígrafe anterior vimos cómo se afirmaba que un gobierno investido por el Parlamento «nunca debió haber existido», o cómo se pedía que «el que pueda hacer, que haga». La deslegitimación es especialmente peligrosa porque prepara el terreno para justificar cualquier medio contra quien se ha declarado ilegítimo.
3. El etiquetado: convertir a las personas en categorías
La tercera técnica consiste en sustituir a las personas por etiquetas despectivas que las engloban en bloque y dispensan de escuchar lo que dicen. George Lakoff ha mostrado que los marcos lingüísticos no son adornos: activan estructuras mentales que deciden de antemano cómo interpretamos lo que vemos (LAKOFF, 2007). Quien acepta la etiqueta ya ha aceptado el juicio que contiene.
Los ejemplos abundan en ambas direcciones. Desde la derecha se ha llamado sistemáticamente «filoetarras» y «golpistas» a los socios parlamentarios del Gobierno; en noviembre de 2022 una diputada de Vox fue expulsada de la tribuna del Congreso por negarse a retirar el término «filoetarras» (VOZPÓPULI, 2022).
4. Las guerras culturales: hacer de cada asunto una trinchera
La cuarta estrategia consiste en elegir asuntos de alta carga simbólica, la sexualidad, la religión, la nación, la memoria, la lengua, y convertirlos en señales de pertenencia. Lo importante no es resolver el problema, sino obligar a todos a tomar partido. En enero de 2020, Vox condicionó su apoyo a los presupuestos de la Región de Murcia a la aplicación del llamado «pin parental», que permitía a las familias vetar actividades complementarias sobre educación afectivo-sexual o igualdad impartidas en horario lectivo por personas ajenas al centro (MALDITA.ES, 2020). La escuela, que debería ser el espacio común por excelencia, quedó convertida en campo de batalla.
Las guerras culturales son eficaces porque convierten cuestiones que requieren deliberación —cómo educar en igualdad, cómo proteger la libertad religiosa, cómo abordar la memoria histórica o cómo garantizar derechos— en pruebas de identidad. La discusión se desplaza desde las políticas concretas hacia la pregunta de quién pertenece al grupo respetable y quién amenaza sus valores. El resultado es que cualquier concesión se interpreta como rendición y cualquier acuerdo como traición. En lugar de comparar evidencias, consecuencias y derechos en juego, cada parte busca demostrar que su lealtad es más firme que la de los demás.
La escuela resulta particularmente vulnerable a esa lógica porque reúne a personas de diferentes orígenes y debe enseñar a convivir con esa diversidad. Cuando se presenta al profesorado como adoctrinador por abordar contenidos de igualdad, convivencia o educación afectivo-sexual, se erosiona la confianza necesaria para la tarea educativa. Eso no significa que el currículo deba quedar fuera del debate público: puede y debe discutirse. Significa que la discusión ha de apoyarse en razones pedagógicas, derechos reconocidos y conocimiento contrastado, no en la fabricación de pánicos morales que convierten a docentes, familias o estudiantes en enemigos.
Referencias bibliográficas
EFE. Feijóo pide a Sánchez que se rinda ante «la revolución de la decencia». Vivir Ediciones, 8 jun. 2025. Disponible en: https://vivirediciones.es/?p=845918 . Acceso en: 20 oct. 2026.
IYENGAR, Shanto; SOOD, Gaurav; LELKES, Yphtach. Affect, not ideology: a social identity perspective on polarization. Public Opinion Quarterly, v. 76, n. 3, p. 405-431, 2012.
LAKOFF, George. No pienses en un elefante: lenguaje y debate político. Madrid: Editorial Complutense, 2007.
LEVITSKY, Steven; ZIBLATT, Daniel. Cómo mueren las democracias. Barcelona: Ariel, 2018.
MALDITA.ES. Qué es el llamado «pin parental» o «veto parental». Maldita.es, 21 ene. 2020. Disponible en: https://maldita.es/malditateexplica/20200121/que-es-el-llamado-pin-parental-o-veto-parental-2/ . Acceso en: 20 oct. 2026.
McCOY, Jennifer; SOMER, Murat. Toward a theory of pernicious polarization and how it harms democracies: comparative evidence and possible remedies. The Annals of the American Academy of Political and Social Science, v. 681, n. 1, p. 234-271, 2019.
MILLER, Luis. Polarizados: la política que nos divide. Barcelona: Deusto, 2023.
MORE IN COMMON. Atlas de la polarización en España 2025. Madrid: More in Common España, dic. 2025. Disponible en: https://www.moreincommon.com/media/fiiclx3k/atlas-de-la-polarizacio-n-2025-more-in-common-espan-a.pdf. Acceso en: 20 oct. 2026.
MOUFFE, Chantal. En torno a lo político. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2007.
SCHMITT, Carl. El concepto de lo político. Madrid: Alianza, 2009.
STANLEY, Jason. Cómo funciona el fascismo: la política del «nosotros» y «ellos». Barcelona: Blackie Books, 2019.
TORCAL, Mariano; COMELLAS, Josep Maria. Affective polarisation in times of political instability and conflict: Spain from a comparative perspective. South European Society and Politics, v. 27, n. 1, p. 1-26, 2022.
VOZPÓPULI. Vox abandona el Congreso tras la expulsión de una de sus diputadas de la Cámara. Vozpópuli, nov. 2022. Disponible en: https://www.vozpopuli.com/espana/vox-abandona-congreso-diputadas-fuera-expulsada-camara.html. Acceso en: 20 oct. 2026.
Juan Miguel Batalloso Navas
Camas (Sevilla) a 21 de octubre de 2026