KRISIS

Violencia de los ‘hombres de Iglesia’ contra las mujeres

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Por Juan José Tamayo Acosta

Suele ser frecuente ver a hombres de la Iglesia católica: obispos, sacerdotes, religiosos, dirigentes de movimientos eclesiales, etc., participando en manifestaciones contra la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio homosexual o el divorcio y a favor de la escuela católica, de la enseñanza de la religión confesional en la escuela o la financiación pública del culto y clero.

Más infrecuente es oírlos criticar la violencia de género o participar en manifestaciones contra ella. Más bien, todo lo contrario. Critican la teoría de género, la califican despectivamente de “ideología de género” negándole su carácter científico, la acusan de destruir la familia, algunos la califican de “cosa del diablo” (monseñor Munilla, obispo de Guipúzcoa) o la definen como la “ideología más insidiosa y destructora de la humanidad en toda la historia” (cardenal Cañizares, arzobispo de Valencia) e incluso la responsabilizan de la violencia ejercida contra las mujeres.

José Ignacio Munilla. Obispo de la Diócesis de San Sebastián

Creo que no pocos “hombres de Iglesia” tienen una responsabilidad no pequeña en dicha violencia, al menos como legitimadores, cuando no como generadores de la misma.

Especialmente reveladora a este respecto me ha resultado la lectura de la novela de Jostein Gaarder Vita brevis. La carta de Floria Emilia a Aurelio Agustín (Siruela, Madrid 1997). Recuerdo a grandes rasgos el argumento. Un sacerdote de Cartago de comienzos del siglo V de la era común da a leer a Floria Emilia las Confesiones, de Agustín de Hipona.

Esta mujer había convivido con él doce años. Juntos tuvieron un hijo de nombre Adeodato, «nacido de mi carne y fruto de mi pecado«, según las Confesiones. Tras leer el libro, Floria Emilia le escribe a Agustín una carta muy sincera en la que le recuerda las experiencias amorosas vividas en común, algunas de ellas verdaderamente terroríficas, y la ruptura de esa relación por decisión del propio Agustín, que opta por la continencia bajo la presión de su madre.

Floria Emilia no reprocha a Agustín que la abandonara y la alejara de su lado, sino las razones del abandono. Agustín la rechaza no porque no la quisiera, sino porque empezaba a sentir desprecio por el amor carnal entre hombre y mujer -y ello en nombre de Dios- y porque quería concentrarse en la salvación de su alma como tarea prioritaria, para la que los placeres de los sentidos constituían un obstáculo insalvable. Pasado un tiempo, vuelven a encontrarse. Floria Emilia narra la agresión de la que fue objeto por Agustín en ese encuentro amoroso:

«Una tarde, cuando habíamos compartido de nuevo los regalos de Venus, te volviste de pronto airado hacia mí y me golpeaste. ¿Recuerdas que me golpeaste? ¡Tú, precisamente tú, que antaño fuiste un respetable profesor de Retórica, me pegaste brutalmente porque te habías dejado tentar por mi ternura! Sobre mí recayó la culpa de tu deseo […], Obispo, pegaste y gritaste porque me había convertido de nuevo en una amenaza para la salvación de tu alma. Cogiste una vara y me golpeaste de nuevo. Pensé que querías acabar con mi vida porque eso hubiera sido para mí lo mismo que castrarte. Pero yo no temía por mi vida, sólo estaba destrozada, tan decepcionada y avergonzada de ti que recuerdo claramente que deseé que me mataras de una vez».

Tras relatar la agresión al detalle en toda su crudeza, Floria Emilia comenta que no fue a ella a quien golpeó Agustín, sino a Eva, a la mujer, y le recuerda, citando a Publio Sirio, que quien se comporta injustamente con una persona, amenaza a muchas personas. Al final de la carta le confiesa al obispo de Hipona con justificado dramatismo:

«Siento escalofríos porque temo que lleguen tiempos en los que las mujeres sean asesinadas por hombres de la Iglesia de Roma»

plantea una pregunta escalofriante:

¿Por qué se las habría de matar, honorable obispo? Porque os recuerdan que habéis renegado de vuestra propia alma y atributos, pensáis. ¿Y en favor de quién? En favor de un Dios, decís, en favor de Él que ha creado el firmamento que os cubre y la tierra sobre la que viven las mujeres que os dan a luz”.

La antigua compañera de Agustín dice a los hombres de Iglesia que, si Dios existe, los juzgará por los placeres a los que han dado la espalda y por negar el amor entre hombre y mujer. La carta termina comunicando Floria Aurelia al obispo que si fue él quien se ocupó de hacerle llegar sus Confesiones para que se bautizara, no le va a dar esa satisfacción: “No recibiré el bautismo, honorable obispo”.

Sí, ya sé que es una novela, que he leído teniendo delante las Confesiones de Agustin de Hipona (354-430), y que puede tener mucho de ficción, pero lo importante para mí es que marca una tendencia. El temor de Floria Emilia se ha hecho realidad muchas veces en la historia del cristianismo y sigue haciéndose todavía hoy a través de múltiples, y cada vez más refinadas, formas de violencia física o simbólica de los “hombres de iglesia” contra las mujeres, como la exclusión de los espacios de lo sagrado o las penas por el ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos, llegando a la excomunión de las mujeres que, ateniéndose a la legislación, deciden interrumpir voluntariamente el embarazo, y a las personas que colaboran en dicha interrupción.

La Hermana Lucy, expulsada de su congregación en la India por protestar contra un obispo supuestamente violador 1 Ref.Religión Digital

Una de las violencias más crueles son los crímenes de pederastia contra niños, niñas, jóvenes y adolescentes indefensos, abusados sexualmente por sacerdotes, religiosos, formadores de seminarios y noviciados, profesores de colegios religiosos, párrocos, obispos, arzobispos y cardenales durante décadas e incluso siglos.

Tales crímenes suelen producirse de manera impune, con el silencio y la complicidad de las jerarquías eclesiásticas locales y nacionales y la negativa a investigarlas, la imposición de silencio a las víctimas bajo amenazas y la autoinculpación de las propias personas abusadas.

Recientemente se está produciendo en la Iglesia católica también el Me Too por parte de monjas de diferentes Congregaciones Religiosas que han roto su silencio y han denunciado los abusos sistemáticos de que son objeto -nunca mejor dicho lo de objeto porque así son tratadas- por miembros del clero: sacerdotes, religiosos y obispos. El papa Francisco ha reconocido su existencia. Gracias al Me Too hemos conocido la situación de esclavitud sexual en que viven algunas religiosas. Dos de ellas, Rocío Figueroa y Doris Wagner-Resinger, víctimas de abusos sexuales, han denunciado la existencia de

“una cultura del silencio y secretismo dentro de la jerarquía”

y la tendencia a normalizar dichas actuaciones criminales de miembros del clero católico.

Pero nadie se hace responsable, ni pide perdón. Todo lo contrario, se culpabiliza a las mujeres, como hizo el sacerdote canario Fernando Báez Santana, que justificó el asesinato de las niñas Anna y Olivia por su padre Tomás Gimeno -un crimen que conmocionó, indignó y provocó el rechazo de toda España- apelando “a la infidelidad de la madre”. No, no fue porque al sacerdote Báez se le calentara la boca y en un mal momento echara sacos y culebras debido a su incontinencia verbal. Lo hizo a cara descubierta y de manera muy pensada, programada y meditada a través de un video en el que osaba citar al profeta Jeremías.

Y, sin embargo, no pocas mujeres siguen todavía las orientaciones morales represivas de los hombres de Iglesia. ¡Qué contradicción! Menos mal que cada vez es mayor el número de mujeres cristianas que se consideran sujetos morales y osan liberarse de la dictadura patriarcal de confesores y directores espirituales y de la idolatría de la masculinidad falsamente sagrada de los “hombres de Iglesia”.

Me gustaría que esta reflexión contribuyera al reconocimiento y toma de conciencia de la violencia de género, presente también en el seno de las religiones de manera más generalizada de la que aparece, al análisis de sus causas y raíces, que se encuentran en las estructuras sociales, culturales, políticas, económicas y religiosas patriarcales, misóginas y machistas, se traducen en discursos de odio contra la vida de las mujeres y desembocan en femicidios.

Es una llamada a no banalizarla, a reconocer su gravedad, a la necesidad de denunciar y actuar para su eliminación, y a la erradicación del machismo de nuestras mentes, actitudes y comportamientos.

Quiere responder, asimismo, a los discursos negacionistas de personas, organizaciones religiosas y partidos políticos que con dicha negación están ejerciendo la violencia de género, legitimándola y perpetuándola. El silencio nos hace cómplices. La pasividad y la inacción contribuyen irresponsablemente a su permanencia. Es tiempo de actuar no solo hoy, 25 de noviembre, día contra la violencia de género, sino cada día.

Juan José Tamayo Acosta es teólogo vinculado a la Teología de la Liberación. Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III, en Madrid, y secretario general de la Asociación de teólogas y teólogos Juan XXIII. Conferencista nacional e internacional y autor de más de 70 libros. Articulista habitual en prestigiosos periódicos nacionales e internacionales, así como reconocidos sitios como Religión Digital.
Entre algunas de sus publicaciones se encuentran: San Romero de América, mártir por la justicia (Editorial Tirant, 2015);  Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, 2020, 2ª ed.)De la iglesia colonial al cristianismo liberador en América Latina (Tirant lo Blanc, 2019); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías?  (Biblioteca Nueva, 2020, 3ª ed.); Hermano islam (Trotta, 2019).Pedro Casaldáliga. Larga caminada con los pobres de la tierra; (Herder, noviembre 2020); ¿La Internacional del odio. ¿Cómo se construye? ¿Cómo se deconstruye? (Icaria, 2020).
Su última obra, editada por Fragmenta en 2021, es la titulada La compasión en un mundo injusto, que puedes adquirir como todas las demás, AQUÍ
        Este artículo fue publicado en Religión Digital el pasado 25 de noviembre del presente año 2021Día Internacional contra la violencia de género
        Vaya desde aquí nuestro más sincero agradecimiento por honrar con sus colaboraciones este sitio.

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3 comentarios sobre «Violencia de los ‘hombres de Iglesia’ contra las mujeres»

  1. Excelente reflexión sobre los «hombres de Iglesia» que tienen una gran responsabilidad en la violencia ejercida contra las mujeres, especialmente la violencia impune de los pederastas clericales ejercida contra niños, niñas, jóvenes y adolescentes, con el silencio y complicidad de la jerarquía. La CEE se ha negado a ejercer una investigación seria sobre los innumerables casos de pederastia por parte de «hombres de Iglesia». Muy contrario a la investigación ejercida por la jerarquía francesa, comprometiéndose a reparar económicamente a las víctimas, vendiendo bienes de la Iglesia.

  2. Magnifico texto
    Gracias
    Le he dado sin querer y he borrado el mío.
    La jerarquía eclesiastica en España es muy poderosa pero cegada a la realidad de los tiempos.
    No hay que ser muy listo para comprender que no quieran compartir el poder con mujeres.
    Gracias

  3. Muchas grácias Juan José, por tu artículo. En esto como en tantas cosas, las mujeres necesitamos no solo sentirnos comprendidas sino también apoyadas. Llevamos tantos siglos discriminadas, que todas las ayudas son pocas.
    Ojalá que la «Jerarquia de la iglesia», empieze a reconocer los grandes errorres que han tenido, que pidan perdon y además restituyan a las personas que han sufrido sus malos tratos.
    Yo como persona que en algún momento he sentido que formaba parte de la «Comunidad», me siento avergonzada por la respuesta.

Me encantaría que hicieras un comentario. Muchas gracias.

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