Conciencia (23). Funciones de la Conciencia. Introducción

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Funciones de la conciencia

Conciencia (23). Funciones de la conciencia. Introducción

Por Juan Miguel Batalloso Navas

Comprender qué hace la conciencia, para qué sirve y cómo opera en el ser humano constituye hoy una de las empresas intelectuales más urgentes y apasionantes de nuestro tiempo. No se trata ya de un mero ejercicio académico reservado a filósofos especulativos o a neurocientíficos encerrados en sus laboratorios, sino de una cuestión que interpela directamente el sentido mismo de lo que somos, de cómo nos relacionamos con los demás y con el mundo, y de qué tipo de humanidad queremos construir. Como señala el neurocientífico António Damásio, la conciencia no es un lujo evolutivo ni un mero epifenómeno de la actividad cerebral, sino una función biológica fundamental cuyo propósito primordial es gestionar óptimamente la supervivencia del ser, mejorando su adaptabilidad al entorno y siendo capaz de crear nuevas soluciones para los desafíos que la existencia plantea.

Cuando hablamos de las funciones de la conciencia nos referimos a ese conjunto de operaciones mediante las cuales el ser humano no solo percibe y procesa información del mundo exterior e interior, sino que además se reconoce a sí mismo como agente en el mundo, evalúa sus propias experiencias, toma decisiones, regula sus emociones, construye significados compartidos y se proyecta hacia el futuro. La conciencia, como indica la investigación en psicología cognitiva, es el resultado de la acción simultánea de una amplia serie de fenómenos psíquicos que permiten al individuo tener una percepción y una valoración nítidas de sí mismo, de los demás y de las cosas que le rodean. Esta multiplicidad de funciones abarca desde las más básicas, como el sentido de pertenencia y la autoconciencia que compartimos con algunas especies animales, hasta las más sofisticadas y específicamente humanas, como la memoria autobiográfica, la imaginación, la creatividad, el razonamiento ético y la capacidad de transformar activamente nuestra realidad.

La Teoría del Espacio de Trabajo Global propuesta por Bernard Baars ofrece una metáfora iluminadora para entender cómo opera la conciencia: funciona como un teatro interior donde el foco de atención ilumina determinados contenidos mentales y los hace accesibles a múltiples sistemas cognitivos que trabajan simultáneamente. Esta integración de información proveniente de diferentes fuentes permite la coordinación y el control de nuestras acciones, el aprendizaje rápido ante situaciones nuevas y la activación de contextos que dan sentido a nuestras experiencias. La investigación reciente en neurociencia, como la desarrollada por Gustavo Deco y Morten Kringelbach, ha comenzado a identificar las regiones cerebrales que encarnan este espacio de trabajo global, arrojando nueva luz sobre cómo el cerebro orquesta jerárquicamente sus funciones para dar lugar a nuestra experiencia consciente unificada.

Sin embargo, reducir el estudio de la conciencia a sus correlatos neuronales sería un error que nos impediría captar su dimensión más esencial para la educación y la transformación social. Como ha mostrado extensamente el trabajo de Damásio, expresado en obras como El error de Descartes 1 Ref.DAMASIO, Antonio. El error de Descartes. Barcelona: Crítica, 2004 y La sensación de lo que ocurre 2 Ref.DAMASIO, Antonio. La sensación de lo que ocurre. Cuerpo y emoción en la construcción de la conciencia. Barcelona: Destino, 2018., la conciencia está indisolublemente ligada a las emociones y los sentimientos, que no son obstáculos para la razón sino su fundamento mismo. Los sentimientos, especialmente los que Damásio llama sentimientos homeostáticos, constituyen señales internas que nos informan constantemente sobre el estado de nuestro organismo y sobre cómo nos afecta el mundo que habitamos, sirviendo como brújula para la toma de decisiones y para la construcción de nuestros valores. Esta perspectiva nos revela que la conciencia no es una función fría y calculadora, sino una capacidad profundamente encarnada, afectiva y relacional, que nos conecta con nuestra propia vulnerabilidad y con la de los otros.

Es precisamente esta comprensión integral de la conciencia la que hace tan relevante su estudio para la educación. Si la conciencia integra percepción, emoción, cognición y acción, si nos permite reconocernos y reconocer al otro, si es el fundamento de nuestra capacidad ética y de nuestra agencia transformadora, entonces una educación que se pretenda verdaderamente humanizadora no puede ignorar el cultivo deliberado de estas funciones. No basta con transmitir información ni con desarrollar habilidades técnicas si no atendemos simultáneamente a cómo los educandos perciben su realidad, cómo la sienten, cómo la valoran y cómo se sitúan en ella como sujetos capaces de intervenir activamente en su transformación.

Esta es exactamente la intuición que animó la pedagogía liberadora de Paulo Freire, para quien la educación auténtica es esencialmente un proceso de concientización, es decir, un despertar de la conciencia crítica que permite a las personas comprender las dinámicas de opresión que las atraviesan y comprometerse activamente en la construcción de condiciones más justas y humanas. Freire distinguió célebremente entre una conciencia mágica que se resigna pasivamente ante fuerzas que no comprende, una conciencia ingenua que reconoce los problemas, pero solo en términos individuales, y una conciencia crítica que alcanza el entendimiento más completo de la totalidad histórica y se compromete con su transformación. Este tránsito entre niveles de conciencia no ocurre espontáneamente, sino que requiere de procesos educativos intencionales basados en el diálogo, la reflexión colectiva y la praxis transformadora.

La vigencia del pensamiento de Freire se hace hoy más evidente que nunca ante lo que numerosos autores han denominado la crisis civilizatoria que atraviesa la humanidad. No se trata simplemente de una crisis económica, ecológica o política aislada, sino de una crisis sistémica que pone en cuestión los fundamentos mismos del modelo de desarrollo que hemos construido y las formas de conciencia que lo sostienen. Como señalan investigadores comprometidos con la educación para la transición ecosocial, enfrentamos el agotamiento de un paradigma civilizatorio que ha naturalizado la cosificación de la vida, la explotación de la naturaleza y la reducción del ser humano a mero consumidor y productor. Esta crisis no es solo externa, no está solo “allá afuera” en los ecosistemas degradados o en las instituciones colapsadas, sino que habita también en nuestras propias conciencias, en las formas en que percibimos, valoramos y nos relacionamos con el mundo.

La pedagogía crítica ha insistido en que las escuelas, lejos de ser espacios neutrales de transmisión de conocimientos, han funcionado históricamente como brazos de control social del sistema hegemónico, reproduciendo formas de conciencia pasiva, individualista y fragmentada que impiden a los sujetos comprender críticamente su situación y organizarse para transformarla. La educación tradicional, con su énfasis en la memorización de contenidos descontextualizados, en la competencia individual y en la adaptación acrítica al orden existente, ha contribuido a formar subjetividades incapaces de cuestionar las lógicas de depredación y exclusión que conducen al colapso civilizatorio. Como advierte Hannah Arendt, la crisis de la educación contemporánea refleja una crisis más profunda de autoridad y responsabilidad que deja a los jóvenes inmersos en un proceso de irresponsabilidad generalizada, incapaces de hacerse cargo del mundo común que heredan.

Frente a esta situación, emerge con fuerza la necesidad de lo que podemos llamar una Pedagogía de la Conciencia, un enfoque educativo que haga del desarrollo integral de las funciones de la conciencia su propósito central. No se trata simplemente de añadir algún contenido sobre meditación o mindfulness al currículo existente, sino de repensar radicalmente qué entendemos por educación y para qué educamos. Como plantean investigadores comprometidos con la educación para una comunidad planetaria, urge imaginar y dar cuerpo a educaciones otras cuya naturaleza no sea meramente el conocimiento instrumental, sino forjar humanidad en el pertenecer a la vida, educaciones críticas y amorosas que construyan autonomías dialogantes y movilicen bases sociales comprometidas con la recreación civilizatoria.

Esta Pedagogía de la Conciencia debe integrar los aportes de múltiples tradiciones de sabiduría: desde las comprensiones neurocientíficas contemporáneas sobre cómo el cerebro genera la experiencia consciente, hasta las prácticas contemplativas de Oriente y Occidente que durante milenios han cultivado la atención, la presencia y la compasión; desde la pedagogía crítica latinoamericana que ha vinculado educación y liberación, hasta las epistemologías del Sur que recuperan saberes ancestrales sobre el buen vivir y la relacionalidad; desde la psicología cognitivo-conductual que ha mostrado cómo aumentar la conciencia de nuestros patrones de pensamiento puede transformar nuestra experiencia emocional, hasta la psicología transpersonal que explora estados ampliados de conciencia y su potencial transformador.

El estudio de las funciones de la conciencia adquiere así una relevancia que trasciende el interés puramente teórico. Comprender cómo la conciencia nos permite percibir, sentir, pensar, decidir, imaginar, crear y transformar es comprender las condiciones de posibilidad de nuestra propia humanización y de la construcción de un mundo más justo y sostenible. En tiempos de crisis civilizatoria, cuando las viejas certezas se desmoronan y el futuro aparece incierto, cultivar una conciencia lúcida, crítica, compasiva y creativa no es un lujo sino una necesidad de supervivencia, tanto individual como colectiva. Como señalaba el propio Freire, no hay cambio sin sueño, como no hay sueño sin esperanza, y cultivar esa esperanza crítica, fundamentada y movilizadora, requiere precisamente una educación que tome en serio las funciones de la conciencia y las ponga al servicio de la vida y de la dignidad humana.

En las páginas que siguen exploraremos con mayor detalle cada una de estas funciones de la conciencia, sus fundamentos neurocientíficos, filosóficos y psicológicos, sus manifestaciones en diferentes tradiciones de sabiduría, y sus implicaciones para una práctica educativa comprometida con la transformación personal y social. Se trata de un recorrido necesariamente transdisciplinar, que busca tender puentes entre saberes que con demasiada frecuencia permanecen aislados en compartimentos académicos estancos, para recuperar una visión integral del ser humano como ser consciente, capaz de conocerse a sí mismo y de transformar el mundo que habita.

CONTINUARÁ…

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

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One thought on “Conciencia (23). Funciones de la Conciencia. Introducción

  1. La conciencia debe desarrollarse siguiendo las pautas marcadas por la razón. La razón es la brújula para la toma de decisiones de la conciencia y para la construcción de nuestros valores. De acuerdo con Paulo Freire para quien la educación es un proceso de desarrollo de la conciencia crítica, que es aquella que nos cuestiona si nuestros pensamientos y actos están de acuerdo con los valores éticos.

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