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Conciencia (7). Perspectivas
Autoconciencia o conciencia de sí
Por Juan Miguel Batalloso Navas
Además de las cuatro perspectivas señaladas anteriormente que son inherentes al concepto de conciencia (experiencia subjetiva; alerta; autorreflexión-metacognición y conciencia moral) el término “conciencia” viene por lo general acompañado de un atributo que señala e indica el ámbito o la dimensión existencial o social a la que se aplica y en la que la conciencia se manifiesta. Así por ejemplo podemos hablar de “conciencia ciudadana”, “conciencia política”, “conciencia emocional”, “conciencia espiritual”, etc, que son las perspectivas o dimensiones que aquí vamos poco a poco y detalladamente a describir. Esta variedad de tipos de conciencia pone de manifiesto que el estudio de esta necesariamente siempre va a tener un carácter interdisciplinar y transdisciplinar.
La autoconciencia, también llamada conciencia de sí, es una de las capacidades más valiosas del ser humano. Disponer de esta capacidad y llevarla a la práctica supone poder mirarse por dentro, reconocer lo que uno siente, piensa, hace, y comprender por qué lo hace. Es la habilidad de tomar distancia de uno mismo, observar la mente, las emociones y las acciones como si se tratara de una película en la que somos a la vez protagonistas y espectadores. Se puede decir también que la autoconciencia es la experiencia de la individualidad y personalidad de uno mismo, la capacidad de introspección y la habilidad de reconocerse como un individuo, diferenciándose de su medio y de los demás.
Cuando una persona desarrolla su autoconciencia, comienza a entender mejor sus emociones, sus motivaciones y la manera en que sus pensamientos influyen en lo que dice y hace. No se trata solo de “conocerse”, sino de saberse en movimiento, en continuo aprendizaje y transformación. Esta capacidad nos permite ajustar el rumbo, reconocer errores sin culpa y actuar con más coherencia y autenticidad.
La autoconciencia no es un fenómeno único y monolítico, sino que se manifiesta en distintas dimensiones de nuestra existencia. Podemos distinguir entre la autoconciencia básica, que es ser consciente de uno mismo como diferente del resto del mundo; la autoconciencia corporal, que es la conciencia del cuerpo de uno mismo como diferente del de los demás; el sentido de propiedad corporal, que es el conocimiento de que cuando se mueve una parte del propio cuerpo, es el propio cuerpo el que se mueve; el sentido de sujeto agente, que es el conocimiento de que se está actuando con intención; y el sentido de uno mismo a través del tiempo, que es el conocimiento de ser un individuo que existe en momentos diferentes y que existirá en el futuro1 Ref.Fuente: Consciencia y autoconsciencia. Ética animal, 2025. Disponible en: <Consciencia y autoconsciencia> Acceso: 13 oct. 2025.
Los Psicología ha identificado dos modalidades complementarias de autoconciencia: la autoconciencia interna, que se refiere a cómo nos vemos a nosotros mismos, nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, valores, aspiraciones y reacciones, y la autoconciencia externa, que alude a la capacidad para tomar conciencia de cómo nos ven los demás. Esta última cobra especial importancia en contextos de liderazgo y relaciones sociales, pues nos permite ajustar nuestra conducta al comprender la imagen que proyectamos en los demás.
Autoconciencia e identidad
La autoconciencia y la identidad —o el Self— son dos dimensiones inseparables del ser humano. Ambas se construyen en un proceso continuo en el que el individuo aprende a verse, reconocerse y narrarse a sí mismo. Sin autoconciencia no hay identidad posible; y sin identidad, la autoconciencia carece de sentido. Son, en realidad, dos caras del mismo espejo interior.
El desarrollo de la autoconciencia comienza muy temprano, cuando el niño empieza a distinguir entre lo que pertenece a su cuerpo y lo que está fuera de él. Este descubrimiento suele evidenciarse hacia los 18 meses de vida, cuando el niño se reconoce ante un espejo, marcando así el nacimiento de la noción de yo.
A partir de ahí se inicia un proceso más complejo: la construcción de la identidad personal, que se nutre de las experiencias, del lenguaje, de la memoria y de la interacción con los otros. La autoconciencia permite al sujeto darse cuenta de su propia existencia (“yo soy”) y mantener una continuidad a través del tiempo (“yo sigo siendo el mismo”).
Autores como Antonio Damasio han descrito este proceso en términos neuropsicológicos: el cerebro construye un “yo protoSelf” a partir de sensaciones corporales básicas, que evoluciona hacia un “yo autobiográfico”, en el cual la autoconciencia permite integrar emociones, recuerdos y narraciones personales 2 Ref.DAMASIO, Antonio. El error de Descartes. La emoción, la razón y el cerebro humano. Barcelona: Crítica, 2004.
En la misma línea, Francisco Varela sostiene que el Self es un sistema vivo en constante autorreferencia: un proceso de autoproducción y autoconocimiento que se configura a través de la experiencia y la interacción con el entorno 3 Ref.VARELA, Francisco et. al. De cuerpo presente: las ciencias cognitivas y la experiencia humana. Barcelona: Gedisa, 1992..
La autoconciencia es la función que mantiene unidas las piezas del yo. Permite observar, interpretar y evaluar la propia experiencia, dándole continuidad y coherencia. Gracias a ella, las emociones y pensamientos dispersos se organizan en una historia con sentido. Podríamos decir que la autoconciencia actúa como un hilo conductor que une pasado, presente y futuro. Al recordarnos quiénes fuimos, entender quiénes somos y proyectar quiénes queremos ser, configuramos una identidad estable y flexible al mismo tiempo.
El psicólogo Erik Erikson4 Ref.Erik Erikson (1902-1994) fue un psicoanalista germano-estadounidense, discípulo de Anna Freud, que revolucionó la psicología del desarrollo. Su aportación fundamental es la Teoría del Desarrollo Psicosocial, que propone 8 etapas a lo largo de toda la vida (desde el nacimiento hasta la vejez), cada una con una crisis o conflicto central que debe resolverse. Lo más innovador de Erikson es la ampliación del modelo freudiano más allá de la infancia, enfatizando los factores sociales y culturales (no solo los psicosexuales), proponiendo que el desarrollo es un proceso de toda la vida, donde cada etapa construye sobre las anteriores. Su concepto de crisis de identidad en la adolescencia fue particularmente influyente en la Psicología Evolutiva y la Educación., en su teoría del desarrollo psicosocial, ya señalaba que la formación de la identidad depende de la capacidad del individuo para integrar las distintas etapas vitales en una imagen coherente de sí mismo. La autoconciencia es, precisamente, el mecanismo psicológico que permite esa integración.
La autoconciencia no se desarrolla en soledad. Surge y se alimenta en la relación con los demás. Desde las primeras interacciones, el ser humano aprende quién es a través de la mirada del otro.
El sociólogo Charles H. Cooley 5 Ref.Charles Horton Cooley (1864-1929) fue un sociólogo estadounidense pionero en el estudio de la interacción social y la formación del yo. Su aportación fundamentalfue el concepto del “looking-glass self“ (yo espejo o yo reflejado), que plantea que nuestra identidad se forma a través de tres momentos: 1) Imaginamos cómo nos ven los demás; 2) Imaginamos el juicio que hacen de nosotros y 3) Desarrollamos sentimientos sobre nosotros mismos basados en esas percepciones. Esta idea fue revolucionaria porque mostró que el yo no es individual, sino social – nos construimos en la interacción con otros. También desarrolló el concepto de “grupos primarios” (familia, amigos cercanos) como espacios fundamentales de socialización. Su trabajo influyó profundamente en el interaccionismo simbólico y en la comprensión psicosocial del desarrollo de la identidad y la conciencia de sí mismo. denominó a este fenómeno looking-glass Self (“yo espejo”): la identidad se forma observando cómo creemos que los demás nos perciben. A su vez, George H. Mead 6 Ref.George Herbert Mead (1863-1931) fue un filósofo y sociólogo estadounidense, considerado uno de los fundadores del interaccionismo simbólico y figura clave en la psicología social. Su aporte fundamental es que el “Self” (yo/identidad) no es innato, sino que se construye socialmente a través de la interacción con otros. Esta idea es revolucionaria porque invierte completamente la concepción tradicional: no nacemos con un “yo” que luego se relaciona con otros, sino que el yo emerge precisamente de esas relaciones sociales. Por tanto, la conciencia de sí mismo solo es posible cuando podemos vernos desde la perspectiva del otro dado que somos fundamentalmente seres sociales y nuestra humanidad misma depende de la interacción. Esta idea tiene consecuencias profundas para la educación: el estudiante no “trae” una identidad fija, se construye en el proceso educativo mismo; para la psicología: la persona es inseparable de su contexto social y para la filosofía: cuestiona el individualismo y el sujeto cartesiano aislado. explicó que el Self es un producto social, una interiorización del diálogo entre el “yo” que actúa y el “mí” que observa cómo los demás responden a esa acción.
De este modo, la autoconciencia se va refinando evolutivamente pasando del reconocimiento corporal a la conciencia social y moral, donde el individuo comprende cómo sus pensamientos y actos impactan en su entorno. Así, el Self no es una sustancia fija, sino un proceso relacional, una construcción continua entre lo interno y lo externo.
Una identidad madura no es rígida ni estática: evoluciona a medida que la autoconciencia se expande. Cuando una persona desarrolla la capacidad de observarse con honestidad, cuestionar sus creencias y revisar sus patrones emocionales, el Self se vuelve más auténtico, más libre y más coherente.
Desde la Psicología Humanista, autores como Carl Rogers y Abraham Maslow consideran la autoconciencia el punto de partida del crecimiento personal. El autoconocimiento profundo lleva a la autoaceptación y, con ella, a una identidad más integrada. Rogers hablaba del proceso de convertirse en “persona plenamente funcional”: un ser consciente de sí mismo, abierto a la experiencia y capaz de vivir de manera congruente entre lo que siente, piensa y hace 7 Ref.ROGERS, Carl R. El proceso de convertirse en persona. Barcelona: Paidós, 1996.
Cómo se aprende la autoconciencia
Todos los seres humanos nacemos con una pequeña “semilla” de autoconciencia, pero esa semilla puede crecer o quedarse dormida, según cómo la cultivemos. En los primeros años de vida aprendemos a reconocernos en un espejo, a identificar lo que sentimos y a ponerle nombre. Pero con el tiempo, y sobre todo en la adolescencia y la adultez, esa habilidad puede desarrollarse mucho más si se entrena.
Aprender autoconciencia no es un curso ni una fórmula mágica, sino un proceso de observación y honestidad con uno mismo. Implica detenernos un momento y preguntarnos cosas como: “¿Por qué reaccioné así?” “¿Qué estoy sintiendo en este momento?” “¿Qué necesito de verdad?” Y hacerlo sin juzgarnos.
Para el aprendizaje y el desarrollo de la autoconciencia se pueden utilizar diversos procedimientos o recursos entre los que destaco:
- Mindfulness o atención plena. Dedicar unos minutos al día a observar nuestra respiración o nuestros pensamientos sin intentar cambiarlos. Solo notando lo que pasa. Esto nos ayuda a reconocer nuestras emociones antes de que te dominen.
- Diario personal o cuaderno emocional. Anotar cómo nos sentimos durante el día y qué cosas nos afectaron es una forma muy eficaz de conocernos. Con el tiempo descubriremos patrones en nuestra forma de pensar o actuar.
- Escuchar cómo nos ven los demás. A veces otras personas ven aspectos de nosotros de los que nosotros no somos conscientes o ignoramos. Pedir feedback a alguien de confianza puede abrirnos los ojos y ayudarnos a madurar.
- Cuestionar nuestros pensamientos automáticos. Cuando notemos pensamientos como “no soy capaz” o “siempre fallo”, hay que preguntarse si eso es realmente cierto o solo una creencia vieja que arrastramos.
- Conectar con el cuerpo. Nuestro cuerpo también “habla”. Prestar atención a cómo nos sentimos: ¿tenemos tensión en el pecho? ¿el estómago se encoge? Esas señales nos dan información valiosa sobre nuestras emociones.
- Reflexión guiada. Hablar con un terapeuta, un coach o un buen amigo que nos escuche sin juzgarnos puede ayudarnos a vernos desde otro ángulo. A veces, la mirada externa es el mejor espejo para conocernos a nosotros mismos.
Desarrollar autoconciencia, en suma, nos enseña a pausar antes de reaccionar, a reconocer nuestras emociones en el momento y a tomar decisiones más alineadas con lo que realmente somos. También nos ayuda a mejorar nuestras relaciones, porque cuando nos entendemos mejor, comprendemos mejor a los demás.
Continuará…


Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.
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