Cuando el insulto y el odio suben a la tribuna (4) Educar la conciencia para sostener la Democracia

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El odio no es nuestro destino

CUANDO EL INSULTO Y EL ODIO SUBEN A LA TRIBUNA (5)
Educar la conciencia para sostener la Democracia

Por Juan Miguel Batalloso Navas

  

«…Lo peor no son únicamente quienes actúan con maldad, intolerancia o abuso, sino el silencio de quienes, sabiendo que algo injusto ocurre, deciden no intervenir, no denunciar y no comprometerse. Porque mientras los malos dañan con sus actos, los buenos que callan permiten con su pasividad que ese daño continúe, crezca y termine por convertirse en costumbre.…»

(Inspirada en Martin Luther King)

Decíamos al final del artículo anterior, que toda esta arquitectura de defensa democrática —legal, institucional, municipal, ciudadana— necesita en su centro algo que ninguna ley ni ningún ayuntamiento, por bienintencionados que sean, pueden sustituir: personas formadas. Personas que sean, en sí mismas, una réplica viva al odio. Y eso solo se forja con Educación. Con una Educación que no se conforma con transmitir contenidos, sino que cultiva la conciencia entera; con una Educación que no separa el saber del cuidado, ni la razón del afecto, ni la lucidez crítica de la fraternidad; con una Educación que comprende que su tarea no es preparar mano de obra dócil, sino formar ciudadanas y ciudadanos libres, lúcidos y solidarios, capaces de habitar con dignidad el tiempo difícil que les toque vivir.

Conviene, por eso, detenerse en este punto y desplegar lo que está en juego. Porque la batalla por la democracia se ganará o se perderá, en último término, en las aulas y en las casas, en los centros cívicos y en las asociaciones, en las pantallas y en las conversaciones cotidianas. Donde se forman las conciencias, se decide el destino de las repúblicas.

La educación es siempre un acto profundamente político

Toda educación es política, lo quiera o no quiera quien educa. Educar es comunicar una idea de ser humano, de sociedad, de relación con la verdad y con los demás. Cuando se educa en la competencia despiadada, se forma para una sociedad despiadada. Cuando se educa en la obediencia ciega, se forma para el autoritarismo. Cuando se educa en el desprecio del otro, se forma para el odio. Y cuando se educa en el reconocimiento, en la cooperación, en el pensamiento crítico, en el cuidado mutuo, se forma para la democracia. No hay neutralidad pedagógica posible: hay opciones más o menos conscientes, más o menos asumidas, pero siempre opciones.

Esto lo saben muy bien quienes hoy intentan vaciar la escuela pública de toda referencia a los Derechos Humanos, a la Memoria Democrática, a la Igualdad de género, a la Diversidad Cultural y al Sostenibilidad. No es porque les molesten determinados contenidos en abstracto: es porque saben perfectamente que esos contenidos forman ciudadanos resistentes a su discurso. Una escuela despolitizada no es una escuela neutral: es una escuela rendida. Y conviene decirlo con claridad: defender la presencia de los Derechos Humanos Universales en el currículum no es adoctrinar; lo que adoctrina es expulsarlos para imponer un imaginario reaccionario, monocultural y patriarcal en su lugar.

La familia: la primera escuela democrática

Antes de la escuela, el primer aprendizaje democrático sucede en casa. Allí se aprende a esperar el turno de palabra, a discutir sin agredir, a aceptar que se nos diga que no, a perdonar, a pedir perdón, a respetar las diferencias entre hermanos, a tolerar la frustración, a compartir el espacio común. Las familias democráticas no son las que carecen de conflictos —no existe tal cosa—, sino las que aprenden a resolverlos con palabra y no con grito, con escucha y no con imposición, con ternura y no con miedo.

Apoyar la parentalidad democrática es una política pública necesaria y posible. Escuelas de familias en los centros educativos, en los centros de salud, en los servicios sociales municipales, donde padres y madres puedan compartir dificultades sin sentirse juzgados. Programas de prevención de la violencia intrafamiliar y del castigo físico, que sigue presente más de lo que solemos reconocer. Recursos accesibles para familias que no saben cómo poner límites sin gritar, ni cómo escuchar sin descalificar, ni cómo acompañar la adolescencia sin desesperarse. Apoyo específico a familias monoparentales, a familias migrantes, a familias en situación de vulnerabilidad económica o emocional. Cada hogar que aprende a hablarse es una pequeña fábrica silenciosa de ciudadanía pacífica.

La escuela como ágora viva

La escuela es —junto con el barrio— el principal espacio público donde nuestros niños y adolescentes aprenden a convivir con quienes son diferentes. Y solo enseña democracia la escuela que se vive democráticamente. Una escuela que predica la igualdad, pero practica la jerarquía rígida, que habla de diálogo, pero impone por decreto, que dice respetar la diferencia, pero homogeneiza implacablemente, no educa: contradice. Y los niños, antes que cualquier discurso, aprenden lo que ven.

Hacer de la escuela un ágora viva exige decisiones concretas y posibles. Asambleas de aula reales, donde se decida lo decidible y se discuta lo opinable, desde la organización de los rincones de juego en infantil hasta los proyectos de centro en bachillerato. Consejos escolares con peso efectivo, no meramente decorativos. Programas de mediación entre iguales para resolver conflictos sin recurrir solo al castigo. Tutorías de calidad, con tiempo, con escucha, sin atropello. Aprendizaje cooperativo en lugar del individualismo competitivo que sigue dominando muchas aulas. Aprendizaje-servicio que conecte el currículum con necesidades reales del entorno: limpiar un parque, acompañar a personas mayores, sensibilizar sobre el consumo responsable, ayudar a otros compañeros con dificultades. Cuando los alumnos descubren que lo que aprenden sirve para mejorar el mundo cercano, la escuela cobra otro sentido y la motivación se transforma.

Y exige, sobre todo, una pedagogía sostenida de la palabra. Aprender a argumentar. Aprender a escuchar de verdad, no esperando turno para hablar. Aprender a discrepar sin ofender. Aprender a cambiar de opinión cuando el otro tiene razón —que es uno de los gestos más libres y más maduros de los que es capaz un ser humano—. Una escuela que no enseña a debatir está dejando indefensa a la próxima generación frente a la demagogia. Y una escuela que enseña a debatir está construyendo, sin estridencias, los anticuerpos democráticos que el futuro va a necesitar.

Pensamiento crítico y alfabetización mediática

Los chicos y chicas que crecen hoy lo hacen en un océano de información, desinformación, propaganda, espectáculo y manipulación digital. No basta con prohibirles el móvil ni con suspirar por tiempos pretéritos: hay que enseñarles a navegar en ese mar. Y eso significa una alfabetización mediática que ya no puede ser opcional ni quedar relegada a una hora suelta de tutoría. Contrastar fuentes. Identificar sesgos. Reconocer titulares engañosos. Distinguir entre opinión, información y propaganda. Sospechar de los reenvíos masivos. Desentrañar el lenguaje emocional con que se intenta manipularnos. Comprender el funcionamiento básico de los algoritmos que deciden lo que vemos, lo que pensamos y, finalmente, lo que somos.

Junto a esto, una pedagogía paciente del pensamiento crítico que enseñe a hacerse preguntas elementales y radicales: ¿quién dice esto?, ¿con qué intención?, ¿con qué pruebas?, ¿a quién beneficia?, ¿qué se calla?, ¿qué se exagera? Hace décadas que sabemos cómo enseñar pensamiento crítico desde edades muy tempranas. Hay tradiciones pedagógicas magníficas, materiales contrastados, experiencias documentadas con resultados excelentes. Lo que falta, casi siempre, no es el cómo, sino la voluntad institucional de hacerlo en serio y con continuidad. Y conviene recordar algo: el pensamiento crítico no es escepticismo cínico; no es sospechar de todo, sino discernir con cuidado. No produce desconfianza generalizada, sino confianza mejor fundada.

Educación emocional y educación de la conciencia

El odio no se combate solo con datos. Se combate también con cuidado emocional. Y, sin embargo, durante demasiado tiempo la escuela ha tratado las emociones como un ruido que estorbaba al aprendizaje. Hoy sabemos que las emociones son la matriz misma del aprendizaje, y que sin reconocerlas, nombrarlas y elaborarlas, no hay ciudadanía posible. Un niño que no ha aprendido a nombrar lo que siente termina, casi inevitablemente, descargando la pulsión sobre los demás.

Educar emocionalmente es enseñar a reconocer lo que se siente —ira, miedo, tristeza, vergüenza, alegría, orgullo, envidia, ternura— sin avergonzarse de ello, sin reprimirlo y sin descargarlo sobre los demás. Es enseñar a transformar el miedo en pregunta y no en agresión, la ira en compromiso y no en venganza, la tristeza en cuidado de uno mismo y no en hundimiento, la frustración en esfuerzo perseverante y no en rencor. Es enseñar empatía: la capacidad de imaginar y sentir lo que otro siente, especialmente cuando es muy distinto a mí. Y eso se enseña con prácticas regulares, con literatura, con teatro, con el cine, con conversaciones honestas, con presencia adulta atenta.

Pero la educación emocional, por sí sola, se queda corta. Necesita ampliarse hacia lo que con propiedad llamamos educación de la conciencia: una formación integral que incluye la conciencia de uno mismo, la conciencia del otro, la conciencia ecológica, la conciencia social, la conciencia política y la conciencia espiritual entendida en su sentido más amplio, no necesariamente confesional. Una educación que se hace cargo de la complejidad de ser persona y que no la reduce a competencias laborales ni a habilidades sueltas. Una educación que une, que vincula, que integra; que no fragmenta lo que en la vida real está siempre tejido junto: pensar y sentir, conocer y cuidar, ser y estar con otros, vivir y dar sentido a la vida.

Coeducación y perspectiva de género

Educar para la democracia es educar contra el machismo y contra el patriarcado. Sin medias tintas y sin equidistancias. La coeducación no es una opción ideológica entre otras posibles: es la consecuencia pedagógica directa de tomarse en serio el principio de igual dignidad entre mujeres y hombres. Y eso obliga a revisar el conjunto de la vida escolar, no solo a programar una unidad didáctica suelta el 8 de marzo.

Significa revisar los lenguajes, los materiales didácticos, los referentes culturales —¿cuántas científicas, escritoras, filósofas, políticas, artistas, deportistas aparecen en los libros de texto, y cuántas pasan invisibles aún hoy?—, los patios escolares —¿quiénes ocupan el espacio central con la pelota y quiénes los márgenes?—, los deportes ofertados, las elecciones vocacionales que silenciosamente se sugieren a unas y a otros, las expectativas que las personas adultas depositamos sobre niñas y niños desde edades muy tempranas. La coeducación es una mirada que atraviesa todo, no un tema concreto.

Significa, además, trabajar específicamente con los varones. Talleres de masculinidades igualitarias en los institutos. Conversaciones honestas, sin aspavientos pero sin ingenuidad, sobre la pornografía masiva que están consumiendo a edades cada vez más tempranas y que está deformando profundamente su imaginario relacional y sexual. Educación afectivo-sexual rigurosa, basada en evidencias, libre de tabúes y libre también de doctrinas impuestas. La revolución feminista de las últimas décadas ha sido una de las grandes conquistas democráticas de la historia humana. Renunciar a ella en las aulas, ceder ante las presiones reaccionarias que la llaman ideología o adoctrinamiento, sería una traición a las niñas y niños que hoy tenemos delante.

Educación intercultural y antirracista

Las aulas españolas son cada día más diversas. Esa diversidad puede vivirse como problema o como riqueza, y eso depende, en buena medida, de cómo se eduque. Educar interculturalmente es enseñar a vivirla como riqueza. No con buenismo folclórico —el día de la diversidad con comida y vestidos típicos y poco más—, sino con un trabajo serio, sostenido y crítico que reconoce el racismo cuando aparece, lo nombra, lo desmonta y lo combate.

Concretamente: revisar el currículum para incorporar las aportaciones de civilizaciones, culturas, autores y autoras no europeos, que durante siglos han sido sistemáticamente invisibilizados. Trabajar la historia colonial sin maquillajes ni mistificaciones, reconociendo lo que hubo de saqueo, esclavitud y violencia, sin culpabilizar a los niños actuales pero sin ocultarles la verdad. Acompañar a los alumnos migrantes con tutorías específicas y con planes de acogida bien dotados, sin segregarlos en aulas-gueto que perpetúan la marginación. Detectar y desactivar a tiempo el acoso por origen, color de piel, religión o lengua. Formar al profesorado en interculturalidad real, no superficial. Implicar a las familias migrantes en la vida del centro, traducir los documentos esenciales, hacerles sentir que la escuela también es suya. Y, sobre todo, transmitir un mensaje muy sencillo y muy radical, demostrable cada día con hechos: aquí, todos y todas somos iguales en dignidad y derechos, sin excepción.

Educación ecosocial: la Tierra como casa común

No habrá democracia sostenible en un planeta destrozado. La crisis ecológica no es un tema más, junto a otros: es el horizonte vital de las próximas generaciones. Y de su buena gestión depende, también, la posibilidad misma de la convivencia democrática, pues la escasez extrema, los desplazamientos masivos forzados por el clima, la pérdida de recursos básicos son, históricamente, caldo de cultivo del autoritarismo, del racismo y del odio. Quien quiera democracia para mañana, tendrá que querer cuidado de la Tierra hoy.

Por eso una educación democrática es hoy, necesariamente, una educación ecosocial. Una educación que enseña a entender los ecosistemas, los ciclos vitales, los límites del planeta, en lugar de la fantasía de un crecimiento infinito en un mundo finito. Una educación que conecta justicia ecológica y justicia social, porque los más pobres del mundo y de cada país son siempre los primeros que sufren la crisis climática. Una educación que cultiva sobriedad, cuidado, hábitos sostenibles, sin ecocandidez ni catastrofismo paralizante. Una educación que pone a los niños y jóvenes en contacto directo con la tierra mediante huertos escolares, salidas a la naturaleza, proyectos comunitarios de protección de espacios cercanos. La pedagogía del cuidado se aprende cuidando, y se aprende muy bien cuidando una planta, un animal, un río cercano. Quien aprende a cuidar la Tierra está aprendiendo a cuidar a sus semejantes.

CONTINUARÁ…

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

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