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LIBROS QUE MARCAN (17): Cuerpos y almas de Maxence Van der Meersch (4)
El dolor, el amor verdadero y el despertar de una vocación. Una lectura para la Educación de la Conciencia
Al volver hoy la vista atrás, después de tantos años de estudio, de docencia, de investigación y de reflexión sobre la educación, comprendo con mayor claridad que nunca que algunas de las convicciones que han orientado mi vida comenzaron a germinar mucho antes de que tuviera un lenguaje filosófico para expresarlas. Mucho antes de leer a Edgar Morin, a Paulo Freire, a Erich Fromm, a Viktor Frankl, a Emmanuel Lévinas, a Leonardo Boff o a Maria Cândida Moraes. Mucho antes de descubrir la complejidad, la transdisciplinariedad o la Educación de la Conciencia como ejes fundamentales de mi pensamiento. Algunas de esas intuiciones nacieron silenciosamente en la adolescencia, cuando un muchacho de apenas quince años abrió por primera vez un viejo ejemplar de Cuerpos y almas.
Con frecuencia pensamos que son las grandes teorías las que cambian nuestra manera de comprender el mundo. Sin embargo, la experiencia demuestra que, muchas veces, sucede justamente lo contrario. Antes de elaborar conceptos, antes incluso de formular preguntas, algo nos conmueve profundamente. Una emoción intensa abre una grieta en nuestra manera habitual de mirar la realidad y, a partir de ese instante, comenzamos a buscar respuestas. El pensamiento suele nacer después. Primero despierta la sensibilidad; luego llega la reflexión.
Creo que eso fue exactamente lo que ocurrió conmigo.
Aquella novela despertó una forma distinta de mirar al ser humano. Me enseñó, sin proponérselo explícitamente, que toda existencia merece respeto, que ninguna persona puede reducirse a su enfermedad, a su pobreza, a sus errores o a sus fracasos, y que la auténtica grandeza consiste en ponerse al servicio de la vida. Muchos años más tarde descubriría que esa misma intuición constituye uno de los fundamentos de toda verdadera educación.
Porque educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos.
Educar significa, sobre todo, ayudar a que otro ser humano llegue a descubrir el valor de la vida, la dignidad de todas las personas y la responsabilidad que tenemos unos hacia otros.
Cuando hoy reflexiono sobre los enormes desafíos que afronta nuestra civilización, vuelvo con frecuencia a las enseñanzas que recibí de esta obra. Vivimos en un tiempo extraordinariamente complejo. La humanidad posee un inmenso poder científico y tecnológico, pero al mismo tiempo experimenta profundas crisis éticas, sociales, políticas, culturales y ecológicas. Nunca habíamos dispuesto de tantos recursos para transformar el mundo y, sin embargo, nunca había resultado tan evidente nuestra dificultad para convivir en paz, reducir las desigualdades, proteger la naturaleza o reconocer la dignidad de todos los seres humanos.
La paradoja es evidente.
Hemos aprendido a dominar muchas de las fuerzas de la naturaleza, pero todavía no hemos aprendido suficientemente a gobernar nuestras propias ambiciones.
Sabemos modificar el patrimonio genético, explorar el espacio, desarrollar inteligencias artificiales capaces de realizar tareas extraordinariamente complejas o comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta. Sin embargo, seguimos siendo incapaces de erradicar el hambre, las guerras, la violencia, el odio, la exclusión o la indiferencia ante el sufrimiento de millones de personas.
No deja de ser significativo que los mayores problemas de nuestro tiempo no procedan principalmente de la falta de conocimiento, sino del uso que hacemos de él.
Precisamente por eso estoy cada vez más convencido de que la crisis contemporánea no es únicamente económica, política o tecnológica.
Es, sobre todo, una crisis de conciencia.
Y es aquí donde Cuerpos y almas adquiere una sorprendente actualidad.
Van der Meersch comprendió que el verdadero progreso nunca puede medirse exclusivamente por los avances científicos o materiales. Una sociedad progresa realmente cuando aumenta su capacidad de cuidar a quienes más sufren; cuando protege la dignidad de los más vulnerables; cuando la ciencia se pone al servicio de la vida y no del poder; cuando el conocimiento se deja orientar por la compasión y por la responsabilidad moral.
Esa enseñanza resulta hoy más necesaria que nunca.
Nuestra época necesita excelentes profesionales, sin duda. Necesita investigadores rigurosos, médicos altamente cualificados, ingenieros competentes, juristas preparados, economistas capaces y docentes bien formados. Pero necesita todavía más personas cuya competencia profesional vaya inseparablemente unida a una profunda calidad humana.
Porque una inteligencia brillante sin conciencia puede convertirse en un instrumento extraordinariamente peligroso.
Una ciencia sin ética puede terminar deshumanizando aquello mismo que pretende mejorar.
Una educación centrada exclusivamente en el rendimiento puede producir individuos muy preparados técnicamente y, al mismo tiempo, profundamente incapaces de comprender el sufrimiento ajeno.
Quizá por eso considero que la gran aportación de esta novela no pertenece únicamente a la literatura ni siquiera a la medicina.
Pertenece, sobre todo, a la pedagogía.
No porque proponga métodos educativos ni porque formule teorías sobre la enseñanza, sino porque muestra con admirable claridad cómo se forma una conciencia verdaderamente humana. Esa formación nunca se produce mediante discursos abstractos. Nace del encuentro con el otro. Comienza cuando dejamos de vivir encerrados en nosotros mismos y permitimos que el dolor, la esperanza, la fragilidad y la dignidad de los demás transformen nuestra manera de comprender la existencia.
En realidad, esa ha sido también una de las grandes lecciones que he aprendido a lo largo de toda mi vida.
Las personas que más me han enseñado no siempre fueron las más eruditas.
Con frecuencia fueron precisamente aquellas que supieron amar con mayor profundidad.
He conocido maestros cuya principal enseñanza no procedía de sus conocimientos, sino de su forma de tratar a los alumnos. He conocido médicos cuya humanidad curaba tanto como sus tratamientos. He conocido personas sencillas cuya capacidad de escuchar, comprender y acompañar iluminaba la vida de quienes se acercaban a ellas mucho más que cualquier brillante discurso académico.
Con el paso de los años he comprendido que esa es la verdadera autoridad.
No la que se impone.
La que inspira.
No la que domina.
La que sirve.
No la que busca reconocimiento.
La que hace crecer a los demás.
Quizá por eso sigo pensando que Cuerpos y almas constituye una extraordinaria obra para la Educación de la Conciencia. No porque ofrezca respuestas definitivas, sino porque obliga al lector a formularse preguntas esenciales: ¿qué significa vivir una vida buena?, ¿qué responsabilidad tenemos frente al sufrimiento de los otros?, ¿qué lugar ocupa el amor en nuestras decisiones?, ¿para qué sirve realmente el conocimiento?, ¿qué clase de profesionales, de ciudadanos y, sobre todo, de personas queremos llegar a ser?
Son preguntas que nunca terminan de responderse.
Cada generación debe afrontarlas nuevamente.
Cada persona debe responderlas con su propia existencia.
Si hoy, después de tantos años, continúo sintiendo una profunda gratitud hacia esta novela, no es porque considere que sea una obra perfecta. Ningún libro lo es. Tampoco porque ignore las críticas que ha recibido o las limitaciones propias de su contexto histórico. La literatura, como toda creación humana, está inevitablemente ligada a su tiempo.
Mi gratitud nace de otro lugar mucho más profundo.
Nace del reconocimiento de que algunos libros poseen la capacidad de despertar dimensiones de nosotros mismos que permanecían dormidas.
Eso fue exactamente lo que Cuerpos y almas hizo conmigo.
Despertó una sensibilidad nueva hacia el sufrimiento humano.
Me hizo comprender que el amor verdadero siempre implica responsabilidad.
Me mostró que la inteligencia solo alcanza su verdadera grandeza cuando se pone al servicio de la compasión.
Me enseñó que la auténtica vocación consiste en dedicar la propia vida al cuidado de los demás.
Y sembró en mí un deseo tan intenso de aliviar el sufrimiento humano que durante mucho tiempo soñé con estudiar medicina.
La vida, sin embargo, me condujo por otros caminos.
No llegué a ejercer la medicina.
Pero hoy, contemplando mi trayectoria con la serenidad que proporcionan los años, comprendo que aquella vocación nunca desapareció. Simplemente encontró otra forma de realizarse.
Si el médico intenta curar los cuerpos, el educador procura despertar las conciencias.
Si uno trata de aliviar el dolor físico, el otro intenta prevenir ese otro sufrimiento más silencioso que nace de la ignorancia, del miedo, de la intolerancia, de la indiferencia, del egoísmo o de la pérdida de sentido.
Ambas tareas participan de una misma misión profundamente humana: cuidar de la vida.
Quizá por eso siento que entre la medicina y la educación existe un parentesco mucho más profundo de lo que habitualmente imaginamos. Ambas nacen de una misma actitud ética: el reconocimiento de que ninguna existencia humana nos puede resultar indiferente.
Al terminar estas páginas vuelvo inevitablemente al recuerdo de mi padre.
Nunca podré saber si era plenamente consciente del tesoro que guardaba en aquella pequeña biblioteca doméstica. Probablemente no imaginó que uno de aquellos libros llegaría a acompañar durante toda la vida a su hijo. Sin embargo, hoy me gusta pensar que aquel sencillo gesto cotidiano —permitir que los libros estuvieran al alcance de mis manos— constituyó una de las formas más hermosas de educar.
Porque educar también consiste en abrir puertas sin saber hasta dónde conducirán.
Un libro colocado silenciosamente en una estantería puede cambiar una existencia.
Una lectura puede despertar una vocación.
Una emoción puede orientar toda una vida.
Y una conciencia que despierta puede terminar dedicando su existencia a ayudar a despertar la conciencia de otros.
Por eso, cuando cierro hoy de nuevo las páginas de Cuerpos y almas, no siento únicamente la satisfacción de haber releído una gran novela.
Siento, sobre todo, una profunda gratitud.
Gratitud hacia un escritor que supo mirar el sufrimiento humano con una inmensa compasión.
Gratitud hacia mi padre, que hizo posible aquel encuentro sin sospechar su trascendencia.
Y gratitud hacia la vida, que me ha permitido comprobar, después de casi sesenta años, que algunos libros nunca terminan realmente de leerse.
Porque permanecen abiertos dentro de nosotros.
Y, mientras continúen ayudándonos a ser más humanos, seguirán cumpliendo la misión más noble que puede alcanzar la literatura: educar la conciencia, despertar el amor y recordarnos que la mayor grandeza del ser humano consiste siempre en cuidar de la vida de los demás.

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.
Excelente. También leí Cuerpos y Almas en la adolescencia. Saludos fraternos.