KRISIS

Memoria personal de los 60′ (8): la educación en el franquismo

Educación en el franquismo


En la década de los cincuenta del pasado siglo en España, cuando un niño o niña del medio rural iba a la escuela, normalmente recorría a pie una distancia considerable, que a veces era de varios kilómetros diarios. Iba por lo general pertrechado de un cuaderno, un lapicero y si acaso una pequeña enciclopedia (la «Enciclopedia Álvarez«) o un libro de lecturas, al que se su­maba de vez cuando un pequeño bocadillo.

        La vida de un escolar era lenta, tranquila, aunque también muy soporí­fera y rutinaria, pero no exenta de sorpresas y alegrías, especialmente en los trayectos de ida y venida a la escuela y en el llamado tiempo de «Recreo«. Unos momentos que satisfacían plenamente la innata necesidad de libertad y curiosidad de todo niño, pero que contrastaban con una escuela profunda­mente autoritaria llena de rancios estereotipos y en muchos casos, de prácticas docentes degradantes e inhumanas.

        Vivíamos en una cruel dictadura de la que aquellos niños y niñas apenas éramos conscientes, pero a medida que fue pasando el tiempo, nos enteramos bien de que era todo aquello. Personalmente, tardé algunos años en darme cuenta de que aquel mundo escolar lleno de juegos, cánticos marciales, banderas, castigos físicos, celebraciones nacionales, uniformes y rezos, respondía a todo un plan sistemático y estratégico de sometimiento, represión y adoctrinamiento de toda la población española.

        En mi memoria conservo aun numerosos recuerdos de una es­cuela en blanco y negro, con aulas que albergaban a más de cuarenta niños de seis a diez años, uniformados con batas grises y sentados en riguroso si­lencio en viejos pupitres bipersonales de madera. Casi toda la actividad con­sistía en repetir diariamente sin cesar las retahílas del catecismo y de la “Historia Sagrada”, al mismo tiempo que nos afanábamos en realizar kilo­métricas cuentas de las cuatro operaciones aritméticas y largas hileras de “caligrafía”. Todo ello, mientras que “el maestro”, en su tarima, medio dormitando, nos vigilaba sin soltar su “palmeta1 Ref.La “palmeta” podía ser una vara de madera más o menos regular, o una especie de regla o tablilla que se utilizaba para dar azotes, bien en las manos o en cualquier otro lugar del cuerpo, con el fin de disciplinar las voluntades infantiles y hacer obedecer, en suma, me­diante la disua­sión, el miedo o el golpe directo, cualquier atisbo de desobediencia o de dis­tracción. siempre amenazante.

        Nuestro “destino eterno” no iba más allá de estar callados, sentados, ata­reados y siempre dispuestos a lo que ordenase el “señor maestro”, con lo cual se nos enseñaba a domesticar nuestra voluntad a base de un extenso abanico de motivaciones ejemplares. La ridiculización y humillación públicas. El escribir cien  o dos­cientas veces “el cumplimiento del deber...”. El no permitirte hacer uso de los aseos hasta el punto de hacértelo en la propia clase, dado el caso. Los diversos y sofistica­dos estilos de “palmetazos” con la mano abierta, con los dedos en “huevo”, con la mano al revés, con la palmeta de canto. Los sobresaltos de los golpes de la palmeta en la mesa y los pitidos del silbato que el maestro, es decir, el “domador”, periódicamente emitía para animar el clima social del aula. Los castigos sin recreo y después de terminadas las clases a base de escritura re­petida. El desfile en fila marcando el paso a la entrada y a la salida del aula. Los bofetones en plena mejilla, cuando no, en los oídos, que te dejaban casi sin sentido durante unos segundos. Los “pellizquitos de monja”, los “tirones de orejas” o los “coscorrones”, regalos para “espabilarse”. Los largos ratos de pie en el rincón mirando a la pared, cuando no, postrado de rodillas con los brazos en cruz sosteniendo algún que otro libro. Y en general, toda una amplia variedad de castigos físicos y psicológicos, que dependiendo de los domadores de turno, hacían de nuestras escuelas un auténtico cuartel, en el que el maestro era efectivamente “respetado” gracias a la disuasión del terror que emanaba de tan sofisticados procedimientos de motivación y regulación de la convi­vencia.

        No cabe duda, de que afortunadamente no todos los maestros de escuela eran iguales, como así he podido comprobar con numerosos testimonios y posteriormente cuando pasé al Bachillerto, pero por desgracia yo tuve la mala suerte de sufrir maestros así desde los seis a los nueve años, guardando de aquellos domadores unos recuerdos imborrables. En los años cincuenta y sesenta, el Cuerpo del Magisterio era de procedencia diversa. Los de mayor edad procedían de la IIª República después de haber sufrido todo un proceso represivo de depuración. Después estaban los «maestros alféreces» a los que se les regaló una plaza de funcionario docente en propiedad por los servicios prestados al Golpe criminal. Y finalmente los que fueron accediendo al Cuerpo de Magisterio mediante las Oposiciones correspondientes y únicamente con el título del Bachiller Elemental, además de haber cursado con aprovechamiento un Campamento de adoctrinamiento nacionalcatólico y paramilitar, así como haber jurado fidelidad al «Movimiento Nacional«.

        La “educación” Primaria del franquismo, estuvo inspirada y ajustada a ese sentido «…católico consustancial de la tradición escolar española y a los principios del dogma de la moral católica…» del que nos hablaba la Ley de Educación Primaria de 1945 en su artículo 5 y así «…mediante una disciplina rigurosa…» se nos pretendió «…instalar en el alma la alegría y el orgullo de la patria, de acuerdo con las normas del Movimiento y sus organismos…» como señalaba el artículo 6 de dicha Ley. Así pues, no cabe duda de que se trataba de una “escuela cuartel2 Ref.OURY, F. y PAIN, J.  Crónica de la escuela cuartel (1ª ed.). Fontanella: Barcelona. 1975. cuya estrategia curricular consistía básicamente en suministrar un menú obligatorio de contenidos escolares repleto de estereotipos, tópicos y dogmas, utilizando para ello la disciplina y la obediencia basada en cierta medida en la misma estrategia que los golpistas utilizaron aquel 18 de julio de 1936: el terror.

        Sin embargo, por mu­cho que se empeñaran en inocularnos aquellos dogmas, con el tiempo me fui dando cuenta que cualquier ser humano es capaz de generar casi sin propo­nérselo, anticuerpos psicológicos y conductuales capaces no ya de sobrevivir al miedo, sino incluso con capacidad para enfrentarse abiertamente a la causa del terror. De hecho, mi experiencia como alumno y como profesor me ha confirmado muchas veces, que siempre existen grietas en todas las organizaciones, por las que se puede penetrar para iniciar el cambio y la trans­formación tanto organizativa, como personal y profesional. No podemos olvidar, que todas las organizaciones e instituciones y entre ellas las escuelas, producen culturas propias y muchas veces invisibles, que van más allá de la pura y simple reproducción. De este modo, los individuos que pertenecen o trabajan en ellas consiguen adaptarse desarrollándose personalmente en un sentido muy a menudo contrario o completamente opuesto a los objetivos formales perseguidos o impuestos por la organización.

        En definitiva, aquella escuela nacionalcatólica, puede que haya dejado secuelas en muchos de aquellos niños, pero de lo que no cabe ninguna duda, es de que no pudo conseguir nunca aquellos objetivos de adoctrinamiento e incul­cación que sistemáticamente perseguía. Es más, ahora a sesenta años de distancia, creo que aquella escuela, contribuyó de forma indirecta y no prevista, a desarrollar en los alumnos que pasamos por ella, la desobedien­cia, la rebelión, así como diversas formas de boicot y resistencia, que, a pesar de los riesgos, conformaron la personalidad y orientaron la formación de muchos de los que la sufrimos, precisamente en la dirección exactamente contraria a las finalidades que perseguía.

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