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PEDAGOGÍA DE LA CRUELDAD (4)
Genealogía colonial y patriarcal de la crueldad moderna
Las gradas de la catedral
Escribo a pocos kilómetros de un lugar por el que he pasado centenares de veces sin detenerme: las gradas de la Catedral de Sevilla. Ese espacio, que hoy forma parte del paisaje monumental y turístico de la ciudad, fue durante el siglo XVI uno de los principales centros de contratación mercantil sevillana. Allí se reunían comerciantes, cambistas y negociantes vinculados, entre otras actividades, al creciente comercio atlántico. Las transacciones incluían mercancías, operaciones financieras y negocios relacionados con personas esclavizadas, cuya compraventa quedó asimismo registrada en la documentación notarial sevillana. La intensa actividad mercantil en torno a la Catedral provocó reiteradas protestas del cabildo eclesiástico, hasta el punto de que la Corona promovió la construcción de una Casa Lonja específica, cuyas obras comenzaron a finales del siglo XVI.
Me detengo en ese detalle porque contiene en miniatura todo lo que quisiera mostrar aquí. Para que aquella escritura fuese posible no bastaba con la codicia. Hacía falta que un escribano, un comprador, un vendedor, un párroco y una ciudad entera hubiesen aprendido de antemano que aquel cuerpo del esclavo no era un prójimo. Hacía falta, en suma, una pedagogía. Y hacía falta también un aparato jurídico, teológico y erudito que la sostuviera y la hiciera respetable, porque la crueldad duradera nunca se conforma con el impulso: necesita razones, papeles y catedráticos.
Sevilla no es aquí una acusación local, sino una metáfora exacta. En 1503 se instaló en ella la Casa de la Contratación, y durante casi dos siglos esta ciudad fue la puerta por donde la Europa moderna salió al mundo y por donde el mundo entró en Europa convertido en mercancía. Si la crueldad contemporánea que describí en el artículo anterior tiene una genealogía, buena parte de sus papeles se conserva a doscientos metros de aquellas gradas, en el Archivo General de Indias.
El largo siglo XVI: una fecha y cuatro heridas
Enrique Dussel (1934-2023) sostuvo que 1492 no fue un descubrimiento, sino un encubrimiento del otro: el momento en que Europa se constituyó como centro convirtiendo al resto del planeta en periferia, y en que nació una modernidad con un núcleo racional y un mito irracional adosado, el que presenta el sacrificio del otro como precio inevitable del progreso (DUSSEL, 1994). Esa es, a mi juicio, la estructura profunda de toda crueldad organizada: alguien decide que hay vidas que son coste.
Ramón Grosfoguel ha propuesto mirar ese momento fundacional como un entramado de cuatro genocidios y epistemicidios1 Ref.Epistemicidio es un concepto desarrollado por el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos para designar la destrucción, deslegitimación o silenciamiento sistemático de los conocimientos, saberes y formas de interpretar el mundo de determinados pueblos y grupos sociales, especialmente como consecuencia de la dominación colonial y de la imposición de un modelo occidental de conocimiento. El término denuncia la subordinación o desaparición de otras formas de saber y la injusticia que se produce cuando una única epistemología se presenta como universal y legítima. Sousa Santos desarrolló este concepto en sus trabajos sobre la sociología de las ausencias, la justicia cognitiva y las epistemologías del Sur, particularmente desde la década de 1990 simultáneos del largo siglo XVI: contra los musulmanes y los judíos en la conquista de al-Ándalus, contra los pueblos originarios de América, contra los africanos secuestrados y esclavizados, y contra las mujeres quemadas vivas en Europa bajo la acusación de brujería (GROSFOGUEL, 2013). No fueron cuatro episodios sueltos, sino cuatro rostros de una misma operación: la fabricación de un mundo con seres humanos de primera y seres humanos disponibles.
Reparo en un detalle que a los educadores nos concierne directamente. En nuestros libros de texto, esos cuatro procesos aparecen en unidades distintas, a veces en asignaturas distintas, y casi siempre desconectados entre sí. Separados, cada uno parece un exceso lamentable de una época ruda. Reunidos, dibujan un sistema. La fragmentación del currículo no es inocente: es ella la que permite que sigamos enseñando la modernidad como una historia de luces con algunas sombras, en lugar de como una historia de luces construidas a costa de sombras.
Las magnitudes ayudan a medir lo que está en juego. Una revisión de ciento diecinueve estimaciones regionales sitúa la población de América en unos 60,5 millones de personas en 1492 y calcula que en el siglo siguiente desapareció alrededor del 90 % de ella, unos 56 millones de vidas (KOCH et al., 2019). Las epidemias explican buena parte de esa catástrofe, pero no eran un fenómeno neutro: se propagaron dentro de una maquinaria de trabajo forzado, desplazamientos, hambre y guerra que multiplicó su letalidad, exactamente lo que denunció en 1552 Bartolomé de las Casas (1484-1566) cuando escribió que aquellas gentes morían sin causa y sin culpa (CASAS, 2005).
La invención de la raza
Antes de la raza estuvo la sangre. En 1449, en Toledo, se promulgó el primer estatuto de limpieza de sangre: los judíos convertidos al cristianismo quedaban excluidos de oficios y honores, no por lo que creían, sino por quiénes habían sido sus abuelos. Es un salto decisivo. La sospecha deja de recaer sobre la conducta y pasa a recaer sobre el linaje, es decir, sobre algo que nadie puede cambiar por mucho que se arrepienta. María Elena Martínez mostró cómo aquella genealogía obsesiva, con sus expedientes, sus testigos y sus árboles familiares, funcionó como ensayo general del racismo moderno y viajó después a América (MARTÍNEZ, 2008). Conviene retener la imagen: una crueldad que necesita archivos.
Trasladado al otro lado del Atlántico, ese principio se sistematizó. Aníbal Quijano (1928-2018) lo llamó colonialidad del poder: la clasificación racial de la población mundial como eje de una nueva división del trabajo, en la que a cada categoría inventada le correspondía una forma de explotación, la servidumbre y la mita para el indio, la esclavitud para el negro, el salario para el blanco (QUIJANO, 2000). Lo que importa entender, y lo que la escuela casi nunca explica, es la dirección de la flecha: la raza no fue un hecho previo que justificara la explotación, sino una invención producida por ella para hacerla soportable a la conciencia de quien se beneficiaba.
El derecho puso la letra. En 1513 se redactó el Requerimiento, un documento que los capitanes españoles debían leer ante los pueblos indígenas antes de emprender acciones de conquista, en el que se les exigía reconocer la autoridad de la Corona y aceptar la fe cristiana. Redactado en castellano y, con frecuencia, leído desde la cubierta de un navío o ante poblados que nada podían entender, el texto convertía la incomprensión en una apariencia de consentimiento y pretendía proporcionar una justificación jurídica a la guerra, la ocupación de territorios y la dominación de sus habitantes. Las Casas criticó duramente aquella práctica y confesó que ante semejante documento no sabía si reír o llorar. Y, sin embargo —y esto es capital para una pedagogía—, la crueldad fue discutida ya entonces: en la controversia de Valladolid de 1550 y 1551, Juan Ginés de Sepúlveda defendió la servidumbre natural de los indios y Las Casas la negó. Nunca hubo unanimidad. Siempre hubo quien dijo no.
También hubo quien habló desde el otro lado. Hacia 1615, el cronista andino Felipe Guaman Poma de Ayala escribió a Felipe III casi mil doscientas páginas con dibujos que documentaban los abusos del régimen colonial y proponían otro gobierno posible. Su carta no llegó a su destinatario y permaneció ignorada en una biblioteca danesa durante tres siglos (GUAMAN POMA DE AYALA, 1980). La historia del silenciamiento de las víctimas es tan antigua como la historia de la crueldad, y forma parte del mismo aprendizaje.
La contabilidad del Atlántico
Entre 1501 y 1866, unos 12,5 millones de africanos y africanas fueron embarcados a la fuerza rumbo a América; llegaron con vida alrededor de 10,7 millones, lo que significa que cerca de 1,8 millones murieron durante la travesía (ELTIS; RICHARDSON, 2010). Es la mayor migración forzada de la historia y se organizó, en su primer tramo, desde los despachos de esta orilla: la Corona de Castilla concedía asientos, cobraba impuestos y llevaba las cuentas en una unidad de medida que aún hoy hiela la sangre, la pieza de Indias, un patrón que equiparaba a un varón joven y sano con cierto número de niños, mujeres o ancianos.
Detengámonos un instante en esa palabra. Convertir a una persona en unidad de medida es, probablemente, el acto pedagógico más eficaz que ha producido la modernidad, porque enseña la cosificación sin necesidad de proclamarla. En los libros de los aseguradores, la muerte de un ser humano durante la travesía no se anotaba como muerte, sino como merma de la carga. Achille Mbembe ha descrito esa operación como el nacimiento del sujeto racializado, el primer ser humano de la historia al que se transformó íntegramente en cosa portadora de precio (MBEMBE, 2016). Aquí está, en estado puro y fundacional, lo que llamé crueldad organizada: nadie necesitaba odiar a nadie, bastaba con hacer bien su trabajo.
Las hogueras: la conquista de los cuerpos
Mientras esto ocurría en el Atlántico, Europa quemaba a sus propias mujeres. Los cálculos más solventes estiman unos 110.000 procesos por brujería entre 1450 y 1750, con una cifra de ejecuciones que oscila entre 40.000 y 60.000, de las cuales entre el 75 % y el 80 % recayeron sobre mujeres (LEVACK, 1995). El Malleus maleficarum, publicado en 1487, ofreció el manual: un texto que enseñaba a interrogar, a torturar y a interpretar el silencio de la acusada como prueba de culpa.
Silvia Federici demostró que aquello no fue un residuo de la superstición medieval, sino un acontecimiento plenamente moderno y contemporáneo de los cercamientos de tierras comunales y de la conquista de América: una ofensiva contra el control que las mujeres ejercían sobre su capacidad reproductiva, sobre sus saberes curativos y sobre los bienes comunes, destinada a convertir el cuerpo femenino en la primera máquina de la acumulación capitalista (FEDERICI, 2010). La hoguera no fue un retroceso hacia la barbarie: fue una inversión de futuro.
Rita Laura Segato añade la pieza que cierra el conjunto. El orden colonial-moderno no inventó el patriarcado, pero transformó los patriarcados de baja intensidad de muchos pueblos en un patriarcado de alta intensidad, y estableció un mandato de masculinidad que obliga a demostrar la virilidad mediante actos de dominación y crueldad ante la mirada de los pares (SEGATO, 2016). De ahí procede su tesis de las pedagogías de la crueldad, que sostiene toda esta serie (SEGATO, 2018): para enseñar a convertir la vida en cosa se empieza siempre por los cuerpos más cercanos. La mujer quemada en la plaza y el hombre vendido en las gradas fueron alumnado obligatorio de la misma lección.
1609: limpiar también el interior
La frontera colonial no se trazó solo en el océano. Tras la expulsión de los judíos en 1492, entre 1609 y 1614 fueron deportadas de España unas 300.000 personas moriscas, descendientes de musulmanes convertidos a la fuerza un siglo antes (DOMÍNGUEZ ORTIZ; VINCENT, 1978). Hablaban castellano, catalán o valenciano, habían nacido aquí, aquí estaban enterrados sus muertos, y fueron embarcadas hacia el norte de África por decisión de su propio Estado y por razón de su ascendencia. Hubo familias separadas, niños retenidos, patrimonios confiscados. Y hubo poetas que lo celebraron.
Cuento esto porque desmiente de raíz dos consuelos muy extendidos. El primero, que la crueldad colonial se ejercía lejos, sobre pueblos ajenos. El segundo, que las deportaciones masivas por identidad son una invención del siglo XX. El dispositivo administrativo que hoy vacía un barrio o llena un centro de internamiento tiene una genealogía larga, y una parte de ella se escribió en estos mismos ayuntamientos.
El efecto bumerán
Llegamos así al punto que considero más urgente para nuestro presente. En 1950, el poeta martiniqués Aimé Césaire (1913-2008) formuló una tesis que Europa todavía no ha digerido: el nazismo no fue una anomalía surgida de la nada, sino el retorno a casa de los procedimientos que Europa llevaba cuatro siglos ensayando en las colonias; y lo que el burgués europeo no le perdonó a Hitler, escribió con amargura, no fue el crimen en sí, sino haberlo aplicado a hombres blancos (CÉSAIRE, 2006). Hannah Arendt (1906-1975) lo nombró desde otro lugar como el efecto bumerán del imperialismo sobre las propias metrópolis (ARENDT, 2006).
La historia concreta les da la razón. Entre 1904 y 1908, la Alemania imperial exterminó a los pueblos herero y nama en el África del Sudoeste, empleando campos de concentración, trabajos forzados y una pseudociencia racial que medía cráneos para clasificar humanidades. Aquellos campos, aquellos expedientes y aquellos científicos no se quedaron en África. Frantz Fanon (1925-1961) describió el resultado con precisión clínica: el colonialismo fabrica una zona de no-ser, y después Europa se horroriza al verse reflejada en ese espejo (FANON, 1963).
Extraigo de aquí la consecuencia educativa. Si enseñamos el fascismo europeo como un paréntesis monstruoso, como una locura colectiva sin precedentes, lo volvemos incomprensible y, por tanto, imprevisible. Si lo enseñamos como el regreso de un método aprendido y perfeccionado durante siglos fuera de casa, entonces se entiende por qué reaparece con tanta facilidad, por qué su lenguaje nos suena conocido y por qué prende con tanta rapidez en cuanto se declara que hay poblaciones sobrantes.
Lo que esta genealogía nos enseña
De todo lo anterior extraigo tres lecciones. La primera es que la crueldad moderna no es un vestigio arcaico, sino un proyecto: tuvo juristas, teólogos, contables, navegantes, universidades y catedráticos. No la produjo la ignorancia, sino un saber muy organizado. La segunda es que las estructuras sobreviven a los acontecimientos: los imperios formales terminaron, pero la jerarquía racial, el mandato patriarcal y la división extractiva del mundo siguen funcionando. Por eso Quijano y Walter Mignolo insisten en distinguir el colonialismo, que acabó, de la colonialidad, que no (MIGNOLO, 2007).
La tercera es una advertencia que quiero dejar muy clara. Nada de esto habla de una supuesta esencia cruel española, ni es un ajuste de cuentas con un pueblo. Los archivos de Lisboa, Ámsterdam, Londres, París, Bruselas y Washington cuentan historias equivalentes, y algunas más recientes y más sofisticadas. Denunciar esta genealogía no es odiarse a sí mismo: es la única manera de dejar de heredarla. El relato complaciente del imperio glorioso, en cambio, sí es una pedagogía de la crueldad en acto, porque enseña a no contar a determinados muertos.
Y entonces la pregunta se vuelve necesariamente escolar. ¿Cómo llamamos a la conquista en nuestras aulas? ¿Aparece la trata atlántica en el temario o se resuelve con la expresión neutra «economía colonial»? ¿Se estudia la caza de brujas como anécdota pintoresca o como política de Estado contra las mujeres? ¿Se nombra a los moriscos expulsados? Paulo Freire (1921-1997) nos enseñó que ningún acto educativo es neutral (FREIRE, 2001), y el silencio también es currículo: lo que no se nombra en la escuela se aprende igualmente, solo que como si no importara.
Las gradas de la catedral siguen ahí, y seguirán llenas de gente que descansa sin saber. No propongo convertir la ciudad en un tribunal, sino algo mucho más modesto y mucho más difícil: devolver la memoria a los lugares, a las palabras y a las cifras, porque quien mira esas piedras sabiendo lo que allí ocurrió ya no vuelve a mirarlas igual. En eso consiste, exactamente, el primer gesto de una educación contra la crueldad. En el próximo artículo veremos cómo ese bumerán vuelve a girar hoy sobre nuestras cabezas, convertido en marea de odio, en discurso político.
REFERENCIAS
ARENDT, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza, 2006.
CASAS, Bartolomé de las. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Madrid: Cátedra, 2005. [1552].
CÉSAIRE, Aimé. Discurso sobre el colonialismo. Madrid: Akal, 2006. [1950].
DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. La esclavitud en Castilla en la Edad Moderna. In: Estudios de historia social de España, II. Madrid: CSIC, 1952. p. 369-428.
DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio; VINCENT, Bernard. Historia de los moriscos: vida y tragedia de una minoría. Madrid: Revista de Occidente, 1978.
DUSSEL, Enrique. 1492: el encubrimiento del otro: hacia el origen del mito de la modernidad. La Paz: Plural, 1994.
ELTIS, David; RICHARDSON, David. Atlas of the transatlantic slave trade. New Haven: Yale University Press, 2010.
FANON, Frantz. Los condenados de la tierra. México: Fondo de Cultura Económica, 1963.
FEDERICI, Silvia. Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños, 2010.
FREIRE, Paulo. Pedagogía de la indignación: cartas pedagógicas en un mundo revuelto. Madrid: Morata, 2001.
GROSFOGUEL, Ramón. Racismo/sexismo epistémico, universidades occidentalizadas y los cuatro genocidios/epistemicidios del largo siglo XVI. Tabula Rasa, Bogotá, n. 19, p. 31-58, 2013.
GUAMAN POMA DE AYALA, Felipe. Nueva corónica y buen gobierno. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1980. [c. 1615].
KOCH, Alexander; BRIERLEY, Chris; MASLIN, Mark M.; LEWIS, Simon L. Earth system impacts of the European arrival and Great Dying in the Americas after 1492. Quaternary Science Reviews, v. 207, p. 13-36, 2019. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2018.12.004. Acceso en: 13 sept. 2026.
LEVACK, Brian P. La caza de brujas en la Europa moderna. Madrid: Alianza, 1995.
MARTÍNEZ, María Elena. Genealogical fictions: limpieza de sangre, religion, and gender in colonial Mexico. Stanford: Stanford University Press, 2008.
MBEMBE, Achille. Crítica de la razón negra. Barcelona: Futuro Anterior / NED, 2016.
MIGNOLO, Walter. La idea de América Latina: la herida colonial y la opción decolonial. Barcelona: Gedisa, 2007.
QUIJANO, Aníbal. Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. In: LANDER, Edgardo (comp.). La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires: CLACSO, 2000. p. 201-246.
SEGATO, Rita Laura. La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños, 2016.
SEGATO, Rita Laura. Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2018.
CONTINUARÁ…
Juan Miguel Batalloso Navas
Cala (Huelva) a 8 de noviembre de 2026
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