Siempre en mi corazón

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Por Juan M. Batalloso

ANTONIO MÁRTINEZ ROMERO (1959-2021)

Querido Antonio:

          Hoy hace exactamente un mes que te fuiste y te confieso que en este tiempo no ha pasado un solo día sin que te recuerde y te honre. Aunque, a decir verdad, tu recuerdo me llena de tristeza y de esa soledad irreductible que solo entienden los pobres, los enfermos, los marginados y los moribundos.

          Nunca olvidaré mi reencuentro contigo en el Bar Cacharro y aquella bendita expresión de regocijo que me manifestabas con sumo cariño cada vez que nos veíamos. Fue allí, hace ya de esto unos tres años, cuando me di cuenta de la gran mochila de sufrimiento y desazón que llevabas a tus espaldas, pero que, sin embargo, nunca te impidió enfrentarte a las circunstancias con grandes dosis de valentía a pesar de que comprendías que una parte importante de tus decisiones entrañaban un gran riesgo.

          No en vano, aquel espacio social del Bar Cacharro, que visitaba diariamente todas las mañanas, constituía para mí una especie de Universidad Popular, (La Universidad de La Fuente) en la que aprendía no solo a escuchar a los más variopintos personajes sino también a comprender la vida social de Camas real tal y como era en la calle.

          Recuerdo que me decías que estabas pasando por una situación personal muy difícil y que apenas podías sobrevivir dada la escasez de tus condiciones económicas. Sin embargo, siempre tuviste un alto sentido de la dignidad personal y jamás aceptaste depender de la ayuda que te pudieran ofrecer los demás.

          Mientras que tomábamos el primer café de la mañana en El Cacharro siempre me contabas algo de tu vida pasada. De cuando entraste en la empresa los «Tres Siete» y de cómo allí aprendiste las cosas más importantes de tu vida, sobre todo el valor de la amistad, el compañerismo y la solidaridad. Recuerdo que siempre me nombrabas lo bien que se habían portado contigo y lo que te habían ayudado Ignacio Gómez, José Esteban Garrido y José Luis Márquez, de los que me consta que siempre estuvieron «al quite» de todo lo que te sucedía para acudir de inmediato a tu socorro.

          También me recordabas a menudo de cuando fuiste monaguillo en la parroquia de La Fuente con el entrañable don Luis Carmona, el párroco que se solidarizaba con los obreros en huelga y que tomó la iniciativa de poner en marcha una de las experiencias formativas y de convivencia de la juventud más extraordinaria que haya tenido Camas en toda su historia: el Centro de Juventud Al-Kama. Me decías que fue en la parroquia cuando me viste por vez primera, recordándome que yo era bastante «meapilas» por aquel entonces.

      Igualmente me hablabas de tus amoríos y de tu irresistible pasión por el sexo opuesto, reconociéndome con sumo agradecimiento y emoción la gran suerte que habías tenido por amar y haber sido amado. Algo, por cierto, que sin duda alguna se debía, en mi opinión, no solo al gran atractivo físico y al empaque de tu figura de más de 1,90 de estatura, sino también a tu «saber estar» y ese don especial que solamente tienen algunas personas, de ser capaz de entablar relaciones horizontales abiertas y empáticas con cualquiera que se te acercase. Por eso, todos te conocíamos como «El Palmera«, un apodo del que te sentías orgulloso y que te pusieron siendo apenas un niño en tu barrio de La Fuente.

          En aquellos encuentros mañaneros siempre dejábamos un tiempo para comentar la situación social y política de Camas, Andalucía y España. Pero sobre todo comentábamos el gran contraste que había entre la militancia social y política de nuestros años de juventud, siempre gratuita, ilusionante, apasionada y arriesgada, y los jóvenes políticos del presente que en su gran mayoría solo buscan un hueco para colocarse en las instituciones y satisfacer sus ambiciones de poder o simplemente para garantizarse durante años uno o varios platos de habichuelas. Y es que en aquel entonces y tú lo sabes muy bien, los que hacíamos política de calle o los que entramos en el Ayuntamiento representando al PCE, jamás cobramos un duro.

          Tú siempre estuviste ahí, ayudando, cooperando, contribuyendo y luchando junto a «los comunistas de Camas» que intentábamos consolidar, ampliar y profundizar la débil democracia en la que estábamos y que en la llamada Transición se llevó por delante a muchos jóvenes hoy olvidados e insuficientemente reconocidos. Recuerdo que colaboraste y ayudaste de manera concreta, asidua y leal en todas las campañas del PCE y sobre todo en CC.OO., tu sindicato al que te adheriste cuando estuviste en Los Tres Siete. Y, por cierto, nunca olvido que siempre acudiste a la cita anual para trabajar en las casetas de la feria de Sevilla del PCE y CCOO y por supuesto en la feria de Camas. Ahora que lo pienso, aquello era para nosotros y especialmente para ti, como una especie de compromiso religioso y sagrado que de ningún modo podíamos incumplir o delegar. Que tiempos ¿verdad?

          Por eso jamás tampoco olvidaré tu inmediata y decidida disposición a colaborar en aquella iniciativa de crear la que llamamos Plataforma ciudadana de Camas contra el fascismo, que, aunque minoritaria y poco eficaz, porque en aquel año de 2019 el fascismo de Vox tuvo dos representantes en nuestro Ayuntamiento. Un acontecimiento que nos apenaba, no solo por el hecho en sí de que las personas con un menor conocimiento y compromiso con la ciudad fuesen premiadas con una representación municipal, sino sobre todo por el panorama sombrío de racismo, xenofobia, machismo y fascismo que se cernía sobre toda España y que al parecer va a perdurar, aunque ojalá me equivoque.

          Pero de todos los recuerdos, el más importante, el que remueve todos los días mi corazón, fue aquel encuentro en el Tívoli en la noche del 18 de diciembre del pasado año, a tan solo tres días de tu definitiva y dolorosa partida que dejó a todos tus familiares y amigos sobrecogidos e impactados.

          Ahora que lo pienso, aquel último encuentro que tuve contigo, creo que el Universo lo preparó o lo confabuló como una especie de despedida, porque realmente, con esto de la pandemia, hacía más de un año que no te veía. Fue sin duda algo azaroso y casual pero un peregrino, haciendo El Camino de Santiago, me dijo con convicción que «no hay casualidades sino causalidades«, por eso creo que fue como una despedida que en aquel instante yo no podía imaginar de ningún modo.

          Aquel sábado de diciembre recuerdo que asistí con mi familia al concierto de Navidad que organizó el Ayuntamiento, concierto en el que participaba como violinista mi hija. Por eso, al final, nos fuimos al clásico bar Tívoli para celebrar tan grato acontecimiento familiar. Nada más entrar te vi en la barra con tu impecable abrigo largo color crema y tu famosa mascota tipo Indiana Jones. Y es que, desde luego, no había cosa que a ti te gustara más que vestir bien y causar buena impresión, sobre todo en las mujeres. Siempre fuiste y no me lo puedes negar muy coqueto.

          Instantáneamente, nada más verme, me gritaste: —»¡Batallaaaaaaaa! Vente pacá, vamos a echarnos una cervecita«— y cuando me acerqué y te pregunté que como llevabas tu situación de supervivencia, me dijiste que ya se estaba arreglando gracias al grupo de amigos de la Memoria 1 Ref.Grupo de Camas de la Asociación «Memoria, Libertad y Cultura Democrática«. Inmediatamente me informaste que estabas «en capilla» porque al día siguiente, el domingo 19 ibas a ingresar en el hospital Valme, en el que te iban a operar de próstata. Lógicamente yo me carcajeé porque de esas operaciones se hacen miles todos los días sin ningún tipo de riesgo, salvo algunos relacionados con la actividad sexual y entonces te espeté: —»Pues vete olvidando por algún tiempo de algunas cositas que a todos nos gustan«— y enseguida me contestaste: —»De eso, no me olvido yo ni muerto Batalla«—. Total, que nos reímos y yo me incorporé con mi familia. Pero al salir y por propia voluntad decidí quedarme a solas contigo durante un buen rato y nunca olvidaré con el cariño, elegancia y alegría con que saludaste a mi familia y especialmente a mi nieta, a la que despediste diciéndole: —»Adiós princesa, que eres una princesa«—.

          Estoy convencido de que eres sin duda, todo un artista en tu capacidad para relacionarte y atender con cariño, alegría y buen humor a todas las personas.

          Nos quedamos más de una hora juntos mientras nos echábamos a solas unas copitas. Allí me disté noticia de que todos tus problemas materiales estaban en vías de solución y yo te repetí una y mil veces que tu operación no tenía importancia, sobre todo cuando eso del cáncer de próstata es algo completamente curable o soportable en casi el cien por cien de los casos. Nos estuvimos riendo y contándonos ocurrencias con gran alborozo y alegría, por eso no podía imaginarme para nada que tuvieses tan terrible final. Es más, el lunes 20, cuando saliste de la operación estuve hablando contigo por teléfono y te sentí realmente pletórico y lleno de vitalidad y me despedí lleno de conformidad de que todo había salido bien.

          Sin embargo, la trágica y triste realidad fue que, al día siguiente, el martes 21 de diciembre te volvieron a operar de urgencia, dado que inexplicablemente estabas perdiendo sangre por una hemorragia interna. Y eso que tu intervención te la hicieron por laparoscopia utilizando la tecnología más vanguardista. Pobres de nosotros si creemos que la tecnología puede resolvernos todos los problemas ignorando que tanto el enfermo como el médico, no solo somos humanos falibles y erráticos sino sobre todo extraordinariamente complejos y sometidos a las incomprensibles inexplicables leyes del azar.

          En fin, querido, la cuestión fue que después de tu segunda intervención, tu situación clínica empeoró y al siguiente día volvieron a operarte dado que seguías desangrándote por dentro y allí en la mesa de operaciones nos dejaste.

          Vuelvo a decirte que, a lo largo de todo este mes, tu imagen de fortaleza, optimismo, alegría y buen humor de aquel último encuentro que tuve contigo en El Tívoli a tan solo tres días de tu marcha, no se me ha apartado de mi mente. Y, es más, creo que nunca la olvidaré, sencillamente porque lo sucedido contigo me llena de una profunda tristeza cuando compruebo lo vulnerables que somos y que la muerte, aunque nos olvidemos de ella, siempre nos acompaña a todos sitios como una sombra. En el fondo da igual que uno se apene o se asuste porque hagas lo que hagas, digas lo que digas o sientas lo que sientas, moriremos.

          Pero no es solo pena y tristeza lo que he sentido y sigo sintiendo, sino también indignación, rabia, impotencia por el terrible y trágico final de una vida humana como la tuya, que, aunque con enormes dificultades, siempre estuvo llena de una sana alegría y una dignidad extraordinaria.

          Al final, no tengo más remedio que preguntarme, como es que los cirujanos despacharon tu caso diciendo simplemente que habías tenido un paro cardio-respiratorio y que nada pudieron hacer. ¿Qué sentirán esos cirujanos que te vieron morir? ¿Pasará algo en su interior? ¿Analizarán tu caso para aprender de los posibles errores que cometieron? O ¿simplemente serás un dato estadístico más para aportar información de esas nuevas tecnologías no invasivas? Pues a ti querido, bien que te invadieron en aquella operación que se publicita como lo mejor de lo mejor. 2 Ref.Ver Cirugía urológica en el hospital Valme

          Qué pena querido, qué pena más grande, irte así de esta forma. Qué pena querido, que no podamos volver a encontrarnos en el bar Cacharro o en el Tívoli. Qué pena querido. Ojalá estés ahora paseando por las más bellas galaxias del Universo con tu abrigo color crema y tu mascota Indiana Jones, riéndote a carcajadas de todos nosotros y enseñando a todos los que te encuentres el arte de conversar y de establecer verdaderas relaciones de cariño y amistad.

          Un abrazo desde la eternidad de este instante en el que estás conmigo ahora aquí presente y vibrante en mi corazón. Espérame, que cuando me toque, lo primero que haré será ir a buscarte para seguir conversando de nuestras cosas.

Muchas gracias por haber llegado hasta aquí.
Camas (Sevilla) a 22 de enero de 2022

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

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