Cuando el insulto y el odio suben a la tribuna (y 5) Educar la conciencia para sostener la Democracia

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CUANDO EL INSULTO Y EL ODIO SUBEN A LA TRIBUNA (y 5)
Educar la conciencia para sostener la Democracia

Por Juan Miguel Batalloso Navas

  

«…Lo peor no son únicamente quienes actúan con maldad, intolerancia o abuso, sino el silencio de quienes, sabiendo que algo injusto ocurre, deciden no intervenir, no denunciar y no comprometerse. Porque mientras los malos dañan con sus actos, los buenos que callan permiten con su pasividad que ese daño continúe, crezca y termine por convertirse en costumbre.…»

(Inspirada en Martin Luther King)

Educar las virtudes

Hubo una época en que hablar de virtudes parecía cosa de catequesis o de moral antigua, asunto polvoriento que la modernidad había superado. Hoy estamos redescubriendo —desde la filosofía contemporánea, desde la psicología, desde la ciencia política, desde las pedagogías más vanguardistas— que la democracia necesita virtudes para sostenerse. Necesita ciudadanos virtuosos, no en sentido beato ni rigorista, sino en sentido cívico y profundamente humano. Las instituciones, por buenas que sean, no funcionan sin personas que las habiten con disposiciones morales mínimas: honestidad, cuidado, valor, justicia, fraternidad.

¿Qué virtudes? La bondad, esa disposición habitual a querer el bien del otro y trabajar por él. La benevolencia, que es la mirada que sabe ver lo bueno en quien tenemos delante antes que sus carencias. La compasión, que es sentir con el que sufre y mover la mano para aliviarlo. La clemencia, que es la grandeza de no ensañarse con el caído ni con el equivocado. La justicia, que es dar a cada cual lo que le corresponde, especialmente al que tiene menos voz. La veracidad, que es no mentir y no dejarse mentir. La valentía, que es atreverse a decir y a hacer lo correcto cuando cuesta. La humildad, que es saber que no se tiene la verdad entera y que el otro puede enseñarme. La generosidad, que es dar sin contar. La fraternidad, que es reconocer al otro como hermano, como hermana, también cuando piensa muy distinto.

Educar en estas virtudes no es predicarlas: es practicarlas y crear condiciones para que se ejerciten. La virtud, como la música, se aprende tocando. Una escuela que organiza experiencias regulares de servicio comunitario, que invita a sus alumnos a acompañar a personas mayores solas, a colaborar con un comedor social, a defender a un compañero acosado, a recoger fondos para una causa cercana, a escribir cartas a quienes están solos, está educando virtudes. Y está formando, sin discursos, ciudadanas y ciudadanos democráticos. La virtud no se enseña con sermones; se contagia con buenos ejemplos y con buenas oportunidades.

Profesorado y comunidad educativa: ciudadanía ejemplar

Nada de esto sucede sin un profesorado bien formado, bien tratado, bien acompañado. Los maestros y maestras, los profesores y profesoras, son hoy una de las figuras civilizatorias más importantes que tenemos. Sostienen, en muchos lugares, lo que las familias ya no pueden o no saben sostener; lo que la administración no llega a cubrir; lo que la sociedad de mercado descuida sistemáticamente. Reconocer su trabajo, dotarles de tiempo y recursos, formarles continuamente, defenderles cuando son injustamente atacados —y lo son cada vez más— es una obligación democrática elemental. Una sociedad que desprecia a sus docentes está, sin saberlo, despreciando a sus propios hijos.

Esto exige políticas educativas valientes, sostenidas y coherentes: reducir las ratios en las aulas, especialmente en los centros de mayor complejidad social; estabilizar plantillas y acabar con la precariedad de las interinidades crónicas; garantizar formación inicial y permanente de calidad, con tiempo de verdad para hacerla; reconocer y acompañar la innovación pedagógica sin convertirla en moda pasajera; respetar la autonomía profesional sin abandonarla a la inercia. Y exige, sobre todo, escuchar al profesorado: él sabe mejor que nadie qué se necesita en cada centro, en cada barrio, en cada aula.

Pero la comunidad educativa es más amplia que el profesorado. Incluye a las familias, al alumnado, al personal de administración y servicios, a las asociaciones del entorno, al ayuntamiento, a la parroquia y a la mezquita y al casino laico, a los comerciantes del barrio, a las personas mayores que pueden aportar su memoria. Una buena escuela está conectada con su entorno, lo conoce, lo trabaja, lo transforma, y se deja transformar por él. Y un buen barrio o un buen pueblo cuida a su escuela como cuida a su agua: porque sabe que sin ella se queda sin futuro común.

Aprendizaje a lo largo de toda la vida

Sería un grave error pensar que la educación democrática termina con la enseñanza obligatoria, con el bachillerato o con la universidad. La democracia exige aprendizaje a lo largo de toda la vida, porque los desafíos cambian, porque los entornos cambian, porque nosotros mismos cambiamos. Una sociedad que no se forma continuamente queda a merced de quien le explique mal el mundo. Y, no nos engañemos, hay quien lleva décadas dedicándose, profesional y rentablemente, a explicárnoslo mal.

De ahí la importancia decisiva de las escuelas de adultos, las universidades populares, las universidades para mayores, los centros de formación permanente, los programas culturales municipales, los clubes de lectura, los cine-fórums, las asociaciones que ofrecen formación a sus socios, las plataformas de aprendizaje abierto, los seminarios ciudadanos, las jornadas de pensamiento crítico, las conferencias de divulgación. Una ciudadanía formada no se improvisa: se va construyendo a lo largo de décadas, en miles de espacios pequeños donde alguien se atreve a pensar y otros se atreven a acompañarle. Cuidar y financiar adecuadamente esa red de educación no formal y popular es una de las mejores inversiones democráticas que un país puede hacer.

De ahí también el papel insustituible de las universidades como espacios de pensamiento libre, riguroso y crítico. Cuidar la universidad pública, financiar adecuadamente la investigación —especialmente la básica y la de humanidades, hoy en grave peligro—, defender la libertad de cátedra, alentar la divulgación científica accesible, son políticas democráticas de primer orden. Una sociedad sin universidad pública fuerte es una sociedad indefensa frente a la pseudociencia, la propaganda y la manipulación masiva. Y conviene recordar que los regímenes autoritarios siempre han empezado, antes o después, por intentar domesticar a sus universidades. Defender la universidad libre es defender la libertad sin más.

El compromiso democrático de la ciudadanía: una práctica diaria

Y al final de todo este recorrido —después de las leyes, de los ayuntamientos, de las escuelas, de las familias, de los medios— queda la pregunta más íntima y más decisiva: ¿qué se le pide al ciudadano y a la ciudadana? Mucho menos de lo que pudiera parecer, y al mismo tiempo mucho más. Se le pide, simplemente, que tome en serio su condición de ciudadano. Que comprenda que esa condición no es un dato neutro del documento de identidad, sino una vocación, una tarea, una manera de estar en el mundo.

Comprometerse democráticamente es informarse antes de opinar. Es formarse antes de actuar. Es asumir que tener derechos implica también tener responsabilidades y deberes hacia los demás. Es no callar cuando se ve una injusticia cercana, y no resignarse cuando se ve una injusticia lejana. Es participar en al menos una asociación, en al menos un movimiento, en al menos una causa común, porque lo común no se sostiene sin compromiso compartido. Es votar en cada convocatoria, sabiendo que el voto es lo único que el poderoso teme realmente. Es defender al diferente cuando es atacado en la mesa, en la oficina, en el grupo de WhatsApp. Es educarse a uno mismo y a los suyos en valores democráticos. Es, sobre todo, no rendirse al cinismo, que es la enfermedad espiritual más extendida y más cómoda de nuestro tiempo.

El cinismo es la abdicación elegante de la ciudadanía. Quien dice que todos los políticos son iguales, que todo está roto, que no hay nada que hacer, o que lo único sensato es cuidar de los míos, está, sin saberlo o sin querer reconocerlo, regalando el espacio público a quienes peor uso van a hacer de él. La indiferencia ilustrada del cínico es, históricamente, el aliado más eficaz del fascismo. El compromiso democrático, por el contrario, sabe que las cosas son difíciles, pero también que merecen la pena; que no se gana siempre, pero que rendirse sin luchar es la única derrota segura; que la esperanza no es un sentimiento pasivo, ni un optimismo ingenuo, sino una disciplina activa, una decisión renovada cada mañana, una tarea para hombros adultos.

Una palabra final: la pedagogía es oficio de esperanza

Educar es uno de los oficios más antiguos del ser humano. Desde que la primera madre enseñó a su criatura a no acercarse demasiado al fuego, desde que el primer anciano transmitió al primer joven la memoria de las estaciones y los animales, los pueblos han entendido que sin educación no hay supervivencia, ni cultura, ni civilización posible. Hoy, en medio del ruido del odio y de las pedagogías del insulto, ese oficio antiguo cobra una urgencia nueva, casi diríamos refundacional.

Educar la conciencia es, en este tiempo nuestro, sostener la posibilidad misma de la democracia. Educar para la fraternidad es construir, ladrillo a ladrillo, paciencia a paciencia, la civilización que el odio quisiera derribar. Educar para el cuidado, para el pensamiento, para la palabra honesta, para la pluralidad, para la memoria, para la justicia, para la belleza, es ejercer el más profundo activismo democrático del que somos capaces. No es un activismo ruidoso, no genera titulares, no se viraliza; pero es el que sostiene todo lo demás, el que prepara el terreno para que cualquier otro activismo tenga sentido y futuro.

Y es, también, el más esperanzado. Porque toda educación, en el fondo último, es un acto de fe en el ser humano. Quien educa cree —contra toda evidencia ruidosa en contrario— que el otro puede crecer, comprender, transformarse, mejorar. Quien educa apuesta por una humanidad que aún no existe del todo, pero que él contribuye a hacer real con cada gesto. Quien educa ya está, por el solo hecho de educar, plantando un futuro distinto al presente.

Por eso, frente al odio que se grita en las tribunas y al fascismo que se aplaude en los escaños cómplices, la respuesta más radical y más fecunda sigue siendo, hoy como hace milenios, la respuesta humilde y paciente del que educa: una conversación honesta, una pregunta bien planteada, un libro compartido, un gesto de cuidado, una memoria transmitida, una virtud cultivada, una palabra de aliento al que duda, un límite firme y amoroso al que se desborda. Mil veces, todos los días, sin retirarse, sin grandes proclamas, sin cansancio definitivo. Eso es educar. Eso es esperar. Eso, en definitiva, es defender la democracia desde su raíz más honda.

Y eso, lectora, lector, depende también de cada cual. De nosotros. De cada madre, de cada padre, de cada maestra, de cada maestro, de cada vecino, de cada vecina. La democracia no se hereda: se aprende. Y se enseña. Y mientras alguien enseñe, en algún lugar, lo que hace humano al ser humano, no estaremos vencidos. Hay puertas abiertas. Hay caminos por andar. Hay generaciones por las que vale la pena seguir educando, sin desfallecer, con lucidez y con ternura. Y por ellas, por esa esperanza tozuda que es a la vez tarea, vale la pena el oficio entero. La pedagogía es, en el fondo, otro nombre de la esperanza.

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

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