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Este libro lo terminé a mediados de julio de 2026, y es el octavo volumen que dedico a los fundamentos filosóficos de la Conciencia. No obstante, y poco a poco, iré incorporando nuevos volúmenes a este para mí, apasionante tema.
En cuanto a los libros anteriores, al igual que todos los que HE realizado, los puedes ver en el apartado del menú principal de KRISIS de PUBLICACIONES, si bien tendrás que verlos en pantalla de PC.

Este libro es obviamente, totalmente gratuito y puedes encontrarlo también aquí:
https://doi.org/10.5281/zenodo.21706617
Fundamentos filosóficos de la conciencia. Siglo XVII.
El despertar del sujeto moderno y la aurora de la interioridad
Hay libros que se leen y libros que se habitan. Este duodécimo volumen de la serie Educación Transdisciplinar pertenece, sin duda, a los segundos. En él os invito a cruzar un umbral —el del siglo XVII— no como quien visita un museo de ideas antiguas, sino como quien regresa a la casa natal para entender, al fin, por qué somos como somos. Porque de aquella centuria proviene una palabra que hoy pronunciamos sin sospechar su vértigo: conciencia. Lo que durante siglos había sido sobre todo la voz interior que aprueba o condena nuestros actos se convierte entonces, además, en el nombre de la presencia inmediata del yo a sí mismo. Nace así el sujeto moderno, esa figura cuya herencia —con sus grandezas y sus sombras— seguimos habitando.
El subtítulo elegido —la aurora de la interioridad— condensa con delicadeza el corazón del libro. Estamos ante el amanecer de una conciencia que se descubre, a la vez, fundamento y problema: fundamento con Descartes, que hace del cogito el punto firme sobre el que reconstruir todo saber; problema desde el instante en que ese mismo yo se levanta amurallado, separado de un mundo desencantado, escindido de su cuerpo, de sus emociones y de la trama viva de lo real. Volver al XVII no es, pues, erudición nostálgica: es una indagación genealógica sobre nosotros mismos.
Una tesis que nos concierne
La tesis que vertebra la obra es tan lúcida como incómoda: la gran escisión que esta centuria inauguró —entre razón y emoción, sujeto y objeto, mente y cuerpo, ser humano y naturaleza, partes y todo— está en la raíz misma de la crisis civilizatoria, ecológica, ética y de sentido que atraviesa nuestro tiempo. El yo desvinculado resuena en el desarraigo contemporáneo; la confianza ilimitada en una razón calculadora encuentra su reverso en una tecnociencia sin conciencia de sus fines; la fractura entre razón y afecto reaparece en una escuela desencarnada y en una crisis de salud mental que golpea a la infancia y la juventud; y la temprana lucha por el uso libre de la razón cobra un valor inesperado en plena era de la posverdad, la desinformación y la inteligencia artificial.
Pero —y aquí reside la hondura esperanzada del volumen— el siglo no nos lega únicamente la herida. Nos entrega también el bálsamo: la interioridad contemplativa, el uso dialógico de la razón, la reverencia por lo viviente, la reivindicación del derecho de todos a pensarse a sí mismos. Comprender cómo nació el sujeto moderno es comprender el suelo del que brotamos y respecto al cual debemos decidir hoy, con lucidez y libertad, qué heredar, qué transformar y qué dejar atrás.
La arquitectura del libro
La obra se abre con dos amplios capítulos de contexto que reconstruyen el suelo de la época para que las grandes figuras no aparezcan como astros aislados, sino como hijas de un mismo umbral. El primero recorre el escenario europeo —la crisis general de la centuria, la Guerra de los Treinta Años y la Paz de Westfalia, la revolución científica y el paso del mundo cerrado al universo infinito, la querella de antiguos y modernos, el nacimiento de la esfera pública y la sensibilidad barroca—. El segundo, con singular sensibilidad ibérica, se detiene en la decadencia de los Austrias, el Siglo de Oro tardío, la segunda escolástica, el mestizaje epistémico de las reducciones jesuíticas y el nacimiento de una conciencia americana.
Sobre ese fondo se despliegan doce estudios monográficos, cada uno fiel a la estructura canónica ya familiar para el lector de la serie: unos apuntes biográficos, la exposición rigurosa de las aportaciones a una filosofía de la conciencia, los correlatos contemporáneos —el diálogo con la ciencia y el pensamiento actuales— y los principios educativos que de cada figura se desprenden. El recorrido no obedece a un relato único, lineal y triunfal, sino a una trama plural y dialéctica.
Por la línea dominante desfilan Francis Bacon y su guerra contra los ídolos del entendimiento; Galileo y la cultura de la prueba; Kepler y la armonía del cosmos como vía contemplativa de conocimiento; Descartes, fundador del cogito y del dualismo; Gassendi y la rehabilitación cristiana de los sentidos y del átomo; Pascal y las razones del corazón ante los dos infinitos; y Hobbes con su cruda antropología del miedo. No trato de ocultar las sombras de ninguno —el sueño de dominio de la naturaleza, el solipsismo del yo, la lógica del temor—, pero tampoco renuncio a rescatar, de cada uno, la chispa aprovechable para una educación más humana.
Y, sin embargo, junto a la vía racionalista corre en el libro —sin confundirse con ella— la honda tradición interior de la mística y de la contemplación, y con ella el pensamiento a contracorriente de cuatro mujeres a las que el volumen devuelve toda su estatura. No es casual que el primer capítulo se abra con tres voces enlazadas: la de Descartes, que anuncia el nuevo yo racional fundado en su certeza; la de Teresa de Jesús, que concibe el alma como un castillo «todo de un diamante o muy claro cristal», morada y profundidad habitada; y la de Sor Juana Inés de la Cruz, que reivindica el derecho a saber contra toda imposición. Leídas juntas, anticipan la trama entera: la conciencia moderna no es un relato único y triunfal, sino una polifonía encarnada donde la razón que mide y el corazón que contempla pugnan y se necesitan. A ese contrapunto pertenecen el Kepler que conoce asombrándose, el Pascal que reivindica el esprit de finesse y el Comenio que persigue «la luz interior y el reposo del corazón»; y a él pertenecen, sobre todo, las pensadoras que desde dentro del siglo objetaron la escisión dominante: Isabel de Bohemia, que recordó a Descartes que la tristeza enferma la carne y la fiebre nubla el pensamiento; Cristina de Suecia, que hizo de la soberanía de la propia conciencia una forma de existencia; Margaret Cavendish, que devolvió percepción y vida a toda la materia; y Anne Conway, que pensó el espíritu y el cuerpo como grados de una misma sustancia viva. Es, sin duda, uno de los hilos más bellos y necesarios de la obra.
Las voces largamente silenciadas
Uno de los mayores aciertos del libro —y quizá el más conmovedor— es la restitución deliberada de las voces que la historia oficial relegó. Junto a los grandes nombres, el volumen devuelve a la luz a cuatro pensadoras de extraordinaria talla: Isabel de Bohemia, que objetó a Descartes, con una lucidez que aún estremece, la imposible unión de un alma inmaterial y un cuerpo doliente; Cristina de Suecia, soberana de su propia conciencia y transgresora de los guiones de su tiempo; Margaret Cavendish, que devolvió vida y percepción a toda la materia; y Anne Conway, autora de una metafísica monística de la esperanza según la cual ninguna criatura está condenada para siempre. A ellas se suma la voz americana de Sor Juana Inés de la Cruz, que reivindicó, contra toda imposición, el derecho al saber que se le negaba por ser mujer. Recuperarlas, escribe el autor, no es cortesía: es reparación de una injusticia epistémica.
El marco y la culminación pedagógica
Todo el edificio se sostiene sobre la constelación teórica que vertebra la serie: el pensamiento complejo de Morin, la transdisciplinariedad de Nicolescu, la pedagogía ecosistémica de Moraes, la pedagogía crítica y liberadora de Freire, la ética del cuidado y la teología de la liberación. No es un adorno erudito: es la brújula que permite leer el siglo XVII no para regresar a un imposible estadio premoderno, sino para transitar críticamente la modernidad y religar aquello que su paradigma separó.
El volumen culmina en un capítulo de síntesis creativa —Encender la lámpara— que destila todo lo recorrido en un decálogo para educar la conciencia en tiempos de crisis. Diez principios que no son normas rígidas, sino rayos de una misma aurora: educar la lucidez crítica; religar cuerpo, emoción y razón; cultivar la interioridad y la contemplación; recuperar el asombro y la mirada estética; alentar el coraje de pensar por sí mismo; aprender en diálogo y comunidad; habitar la incertidumbre con humildad; reverenciar lo vivo y la pertenencia cósmica; educar para la paz y la esperanza; y hacer de la justicia epistémica y la inclusión universal una exigencia irrenunciable. Cada principio se ofrece acompañado de su vigencia palpitante ante la encrucijada del siglo XXI, de modo que la historia se vuelve, sin esfuerzo, propuesta educativa para el presente.
Una invitación
En tiempos de prosa académica seca, he intentado escribir con sencillez y sensibilidad en el sentido de que su lectura no requiera formación filosófica especializada para acompañarlas, basta el deseo de comprender mejor el suelo del que venimos. Y, fiel a la convicción de que el conocimiento es un bien común de la humanidad y no una mercancía, la obra se ofrece —como el resto de la serie— de forma libre y gratuita, con sus fuentes citadas conforme a las normas ABNT.
Hay, además, una emoción difícil de nombrar que recorre el volumen: la de quien lleva años frecuentando estas figuras y las trata no como piezas de un catálogo, sino como interlocutores vivos a los que se interpela y agradece. El lector percibe que detrás de cada análisis late una pregunta genuina —la de cómo educar hoy, en medio de la fractura, conciencias lúcidas y cuidadosas— y que esa pregunta no busca clausurarse en respuestas de autoridad, sino mantenerse abierta, hospitalaria, fértil. Es esa calidez, sostenida a lo largo de más de trescientas páginas, la que convierte una historia de la filosofía en un acto de esperanza.
Dirigido al profesorado de todos los niveles, a educadores, investigadores y estudiantes de educación, pedagogía, psicología y filosofía, pero también a cualquier persona interesada en la Educación de la Conciencia, este libro es una de esas obras que dejan al lector distinto de como lo encontraron. Si el siglo XVII fue la aurora de la interioridad, leer hoy a quienes lo pensaron es asomarse a esa primera claridad para aprender, todavía, a habitar nuestra propia conciencia y a reparar el mundo que compartimos. Un libro, en fin, que enciende. Que sea leído es la mejor manera de que la aurora continúe.
Juan Miguel Batalloso Navas.
Cala (Huelva) a 21 de julio de 2026.
Prometo leer este tu libro que seguramente será clave para entender el tejido de la evolución conciencial de la historia. Todo tiene sentido, “la vida no da puntada sin hilo”. Además de los personajes citados, muy conocidos, hay otro que descubrí hace pocos años que, a pesar de haberme educado en un ambiente religioso, nunca oí nombrar. La iglesia católica lo quiso borrar de la memoria. Miguel de Molinos aconsejó el silencio para llegar a la propia conciencia, al Dios que somos, por delante de ritos y dogmas, algo muy peligroso para una institución de poder en la que Ignacio de Loyola, en plena contrareforma, había dicho: “Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina”.
¡Que el Dios de la Vida nos ilumine”.
Un fuerte abrazo Juan Miguel.