Tmp. máx. lect.: 7 min.

La crisis del carácter: por qué educar en virtudes
es el acto más revolucionario de nuestro tiempo
Por Juan Miguel Batalloso Navas
(FROMM, Erich.
Ética y psicoanálisis
México Df: F.C.E., 1953.)
(Aristóteles.
Ética nicomaquea. Libro II.
Madrid: Gredos, 1985)
(MacINTYRE, Alasdair.
Tras la virtud.
Barcelona: Crítica, 1987.)
Cuando miramos las raíces profundas de los conflictos, las violencias y las injusticias que atraviesan nuestro mundo, encontramos siempre la ausencia de virtudes fundamentales. No es solo ignorancia o falta de recursos. Es ausencia de compasión que permite mirar con indiferencia el sufrimiento ajeno. Es ausencia de justicia que perpetúa sistemas de explotación. Es ausencia de templanza que destruye los equilibrios ecológicos. Es ausencia de fortaleza que nos paraliza ante la injusticia. Es ausencia de prudencia que nos lleva a decisiones cortoplacistas y destructivas.
Las guerras que desangran nuestro mundo no brotan de la nada. Son consecuencia de la codicia que busca controlar recursos, del odio cultivado durante generaciones, de la indiferencia ante el sufrimiento de quienes consideramos diferentes, del orgullo que prefiere la victoria total a la paz justa, de la cobardía de quienes podrían detener la violencia, pero prefieren el silencio cómplice. Detrás de cada atrocidad hay seres humanos que eligieron actuar de una determinada manera, que carecían de las disposiciones internas que les hubieran permitido actuar de otro modo.
El hambre que mata a millones no es consecuencia de la escasez de alimentos, sino de sistemas de distribución profundamente injustos sostenidos por la avaricia de unos y la indiferencia de muchos. Los desplazamientos masivos no son fenómenos naturales inevitables, sino consecuencia de decisiones humanas: decisiones de hacer la guerra, decisiones de explotar recursos sin límite, decisiones de cerrar fronteras a quienes huyen. La crisis climática no es un accidente, sino resultado de décadas de producción y consumo irresponsables sostenidos por la ausencia de templanza y prudencia.
Esta crisis del carácter se manifiesta en todos los niveles de la vida social. En líderes políticos que mienten sistemáticamente a sus pueblos. En empresarios que priorizan el beneficio a corto plazo sobre el bienestar de sus trabajadores y la salud del planeta. En ciudadanos que miran para otro lado ante injusticias manifiestas. En profesionales que abandonan toda ética en el ejercicio de su labor. En educadores que transmiten conocimientos sin formar el carácter. En familias que no cultivan valores de solidaridad y respeto.
Y lo más preocupante: esta degradación del carácter se está normalizando. Cada vez más, se presenta como realismo, pragmatismo, inteligencia. Se ridiculiza a quienes mantienen principios éticos como ingenuos o perdedores. Se glorifica la astucia sin escrúpulos como señal de éxito. Se confunde la firmeza moral con rigidez, la compasión con debilidad, la justicia con envidia.
Esta normalización de la inhumanidad no ocurre por casualidad. Es cultivada sistemáticamente por medios de comunicación que banalizan la violencia, por sistemas educativos que reducen la formación a competencias técnicas, por culturas que exaltan el individualismo extremo, por economías que convierten todo en mercancía, por políticas que fragmentan a las sociedades para dominarlas mejor.
En este contexto, recuperar la educación en virtudes no es mirar nostálgicamente al pasado, sino construir las condiciones de posibilidad para un futuro habitable. No se trata de moralizar o sermonear, sino de reconocer una verdad fundamental: sin personas capaces de actuar con integridad, justicia, compasión y sabiduría práctica, cualquier proyecto de transformación social está condenado al fracaso. Las mejores instituciones son vacías si las personas que las habitan carecen de carácter. Las leyes más justas son letra muerta si quienes deben aplicarlas carecen de virtudes.
Las virtudes como antídoto a la inhumanidad
En un mundo donde la crueldad se normaliza, la compasión se vuelve revolucionaria. La compasión no es un sentimentalismo barato como tampoco, un paternalismo condescendiente. Es la capacidad profundamente humana de resonar con el sufrimiento ajeno y de actuar para aliviarlo. Es reconocer en el otro, incluso en el otro más lejano y diferente, un igual en dignidad. Es negarse a naturalizar el dolor evitable.
Necesitamos urgentemente cultivar esta virtud de la compasión porque vivimos en sociedades que nos entrenan sistemáticamente en la indiferencia. Vemos imágenes terribles de guerras, hambrunas, desplazamientos, y nos afectamos brevemente para luego seguir con nuestra vida normal. Esta anestesia moral es funcional a sistemas que requieren de nuestra pasividad para perpetuarse. La compasión activa es, por tanto, una forma de resistencia, una manera de mantener viva nuestra humanidad en tiempos de deshumanización generalizada.
Pero la compasión sola no basta. Necesitamos también la virtud de la justicia. No la justicia abstracta de los tratados filosóficos, sino la justicia encarnada en acciones concretas que buscan condiciones más equitativas de vida para todos. Justicia que reconoce que la paz sin equidad es solo pacificación. Justicia que se indigna ante la concentración obscena de riqueza mientras millones pasan hambre. Justicia que lucha por estructuras sociales que permitan a cada ser humano florecer desarrollando todos sus talentos y portencialidades. Como señala Aristóteles en su Ética Nicomáquea, la justicia es “la virtud total, pues constituye la práctica de la virtud total” y es necesaria para el bien común de la polis.
En tiempos de cobardía generalizada, necesitamos la virtud de la fortaleza y de la valentía. Fortaleza y valentía para mantener convicciones éticas cuando todo el entorno nos presiona a abandonarlas. Fortaleza y valentía para denunciar injusticias sabiendo que ello puede costarnos caro. Fortaleza para perseverar en proyectos transformadores a pesar de los obstáculos y los fracasos parciales. Fortaleza y valentía para resistir la tentación del cinismo que es quizás la forma más peligrosa de rendición. Aristóteles define la fortaleza y la valentía como el término medio entre la cobardía y la temeridad, virtud esencial para enfrentar los peligros sin paralizarse ni actuar de manera imprudente.
Necesitamos la virtud de la templanza en un mundo adicto al consumo. Templanza que nos permita distinguir entre necesidades genuinas y deseos manipulados. Templanza que cultive la sobriedad como forma de vida en un planeta con recursos limitados. Templanza que recupere la capacidad de disfrutar con lo suficiente en lugar de buscar obsesivamente lo superfluo. La templanza, como enseña Aristóteles, consiste en la correcta regulación de los apetitos corporales, virtud fundamental para una vida ordenada y sostenible.
Y, sobre todo, necesitamos la virtud de la prudencia, esa sabiduría práctica que nos permite discernir qué hacer en situaciones concretas complejas. Prudencia que no se deja paralizar por la complejidad, pero tampoco se lanza a soluciones simplistas. Prudencia que consulta, delibera, considera consecuencias. Prudencia que sabe cuándo es tiempo de actuar y cuándo de esperar. Prudencia que integra principios con sensibilidad contextual. Para Aristóteles, la prudencia (frónesis) es la virtud intelectual que guía la acción moral, permitiendo elegir el medio justo en cada circunstancia. MacIntyre señala que “la prudencia posibilita el carácter causal del razonamiento práctico. Sin ella, el razonamiento práctico sería incorrecto como razonamiento e ineficaz como práctico”.
CONTINUARÁ…
Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.
Estas reflexiones sobre las virtudes (y su escasez) me han recordado aquél catecismo escolar que nos hablaba de FE, ESPERANZA Y CARIDAD, que se podrían traducirse por esa COMPASIÓN viva y resistente de la que escribes; por la JUSTICIA y la valentía (FORTALEZA) para buscarla y exigirla,, y siempre con la PRUDENCIA para saber elegir el momento de actuar.
Todo lo dicho son bienes escasos en este tiempo de prisa y de consumo sin freno.