LIBROS QUE MARCAN (17): Cuerpos y almas de Maxence Van der Meersch (1)

Tmp. máx. lect.: 8 min.

LIBROS QUE MARCAN. Cuerpos y almas

LIBROS QUE MARCAN (17): Cuerpos y almas de Maxence Van der Meersch (1)

Por Juan Miguel Batalloso Navas

El dolor, el amor verdadero y el despertar de una vocación. Una lectura para la Educación de la Conciencia

Existen libros que se leen con agrado, libros que se admiran por su calidad literaria y libros que se convierten en una referencia obligada dentro de una determinada disciplina del conocimiento. Pero hay otros cuya verdadera importancia no depende del reconocimiento de la crítica, de los premios obtenidos o del lugar que ocupan en la historia de la literatura. Son libros que llegan a nosotros en un momento decisivo de la vida y, casi sin advertirlo, terminan formando parte de nuestra propia identidad. No permanecen únicamente en la memoria; echan raíces en la conciencia. Con el paso de los años descubrimos que siguen habitando en nosotros porque, en realidad, nunca dejaron de hacerlo. Sus personajes continúan acompañándonos, sus preguntas siguen interrogándonos y las emociones que despertaron permanecen vivas, como si el tiempo hubiera sido incapaz de erosionarlas.

Así ha sucedido conmigo con Cuerpos y almas, de Maxence Van der Meersch.

Han transcurrido casi seis décadas desde que abrí por primera vez sus páginas. Corrían los años 1966 o 1967 y yo apenas había cumplido los quince años. Encontré aquella novela entre los pocos libros que mi padre guardaba con cariño en la modesta biblioteca de nuestra casa. No era una biblioteca abundante, pero sí extraordinariamente valiosa, porque cada uno de aquellos libros había llegado hasta ella por el sencillo deseo de aprender y de comprender mejor la vida. Nunca sabré si mi padre había leído aquella obra o si intuía la profunda huella que dejaría en mí. Probablemente no. Los libros poseen también sus propios misterios y parecen esperar pacientemente el momento oportuno para encontrarse con quien necesita leerlos.

Aquel adolescente que comenzó la lectura de Cuerpos y almas desconocía casi todo sobre la medicina, sobre la enfermedad y sobre el sufrimiento humano. Apenas tenía experiencia de la vida y contemplaba el mundo con la mezcla de ingenuidad, curiosidad y esperanza que suele acompañar a esa etapa de la existencia. Tampoco conocía quién era realmente Maxence Van der Meersch ni sabía que aquella novela había suscitado intensos debates en los ambientes médicos y literarios de su tiempo. Ignoraba incluso que había recibido uno de los más importantes reconocimientos de la literatura francesa. Nada de eso tuvo importancia. Bastaron unas pocas páginas para comprender que estaba entrando en un universo completamente distinto al que hasta entonces había conocido.

Desde el primer momento advertí que aquella no era una novela concebida para distraer al lector ni para ofrecer una sucesión de aventuras. Era, sobre todo, una inmersión en la fragilidad humana. Van der Meersch nos introduce en hospitales, anfiteatros anatómicos, salas de disección, consultas, laboratorios y sanatorios donde la enfermedad, el dolor y la muerte forman parte de la vida cotidiana. La crudeza de algunas escenas resulta todavía hoy sobrecogedora. El joven Michel Doutreval y sus compañeros de medicina aparecen inicialmente endurecidos por un ambiente académico en el que las bromas macabras y el cinismo parecen constituir mecanismos de defensa frente al contacto permanente con los cadáveres y el sufrimiento. La célebre escena inicial de la sala de disección, donde los estudiantes convierten los restos humanos en objeto de diversión, constituye una de las imágenes más impactantes de toda la novela, precisamente porque pone de manifiesto hasta qué punto el ser humano puede acostumbrarse al dolor cuando deja de mirar el rostro de quien sufre.

Confieso que aquellas páginas me impresionaron profundamente. No tanto por la descripción de los cuerpos diseccionados, ni siquiera por el realismo con que el autor narra las intervenciones quirúrgicas o los efectos devastadores de la tuberculosis, sino porque descubrí por primera vez algo que hasta entonces nunca había pensado con suficiente profundidad: la enfermedad no destruye únicamente un organismo; afecta a una persona entera. Detrás de cada cuerpo existe una historia, una familia, unos sueños, unas esperanzas, unos miedos y una dignidad que ninguna dolencia consigue borrar por completo.

Aquel descubrimiento cambió mi manera de mirar.

Hasta entonces la enfermedad era para mí una palabra. Después de aquella lectura comenzó a tener rostro. Comprendí que el sufrimiento humano nunca puede reducirse a un diagnóstico, a una radiografía o a una historia clínica. Cada enfermo representa un universo irrepetible cuya comprensión exige mucho más que conocimientos científicos. Requiere sensibilidad, escucha, compasión, respeto y, sobre todo, una disposición interior capaz de reconocer en el otro a un semejante.

Con los años he llegado a pensar que ese fue el verdadero aprendizaje que me regaló Cuerpos y almas. La novela no me enseñó únicamente qué significa ejercer la medicina; me enseñó, sobre todo, qué significa ser humano.

Esa es, quizá, una de las razones por las que sigo considerándola una obra extraordinariamente actual. Aunque el contexto sanitario haya cambiado profundamente y muchas de las enfermedades descritas hayan dejado de ocupar el lugar que entonces tenían, los grandes dilemas que plantea continúan siendo exactamente los mismos. Hoy disponemos de tecnologías que Van der Meersch ni siquiera habría podido imaginar. La medicina ha alcanzado avances espectaculares; la investigación biomédica prolonga la esperanza de vida; la inteligencia artificial comienza a colaborar en el diagnóstico y en la toma de decisiones clínicas. Sin embargo, ninguna de esas conquistas responde por sí sola a la pregunta esencial que atraviesa toda la novela: ¿qué significa cuidar verdaderamente de otro ser humano?

Esa pregunta constituye, a mi juicio, el auténtico núcleo de la obra.

Muy pronto comprendemos que el conflicto principal no enfrenta únicamente a unos médicos con otros, ni a unos tratamientos con otros. La verdadera confrontación se produce entre dos maneras radicalmente distintas de entender la profesión y, en un sentido mucho más amplio, de comprender la existencia. Por un lado, aparece la medicina concebida como instrumento de prestigio, de ascenso social, de poder académico o de éxito personal. Por otro, una medicina entendida como vocación, servicio, entrega y responsabilidad moral. En esa tensión permanente se desarrolla el proceso de maduración de Michel Doutreval, cuyo aprendizaje resulta mucho más ético que científico.

No es casual que esa evolución comience precisamente cuando el joven estudiante deja de contemplar la enfermedad desde la distancia y entra en contacto con el sufrimiento concreto de personas reales. La escena del aborto clandestino, a la que asiste casi por azar durante sus años de formación, marca un punto de inflexión decisivo. Frente al ambiente de camaradería superficial, bromas estudiantiles y desenfado que domina las primeras páginas, la presencia de aquella muchacha que lucha entre la vida y la muerte introduce por primera vez el peso dramático de la responsabilidad profesional. Michel comprende entonces que ya no está participando en un simple ejercicio académico: delante de él hay una vida que puede perderse. Ese instante constituye el primer gran despertar de su conciencia.

También en mi caso aquella lectura produjo un despertar semejante, aunque naturalmente desde una experiencia muy distinta. No podría decir que despertó únicamente mi interés por la medicina. Sería reducir demasiado lo que realmente sucedió. Lo que comenzó a despertarse fue algo mucho más profundo: una nueva sensibilidad hacia el sufrimiento de los demás. Descubrí que la compasión no consiste en sentir lástima, sino en dejar que el dolor ajeno nos afecte hasta el punto de hacernos responsables de él. Comprendí, quizá por primera vez, que el conocimiento solo adquiere su pleno sentido cuando se pone al servicio de la vida y que la verdadera grandeza de cualquier profesión no reside en el prestigio que proporciona, sino en el bien que es capaz de hacer.

Mirando retrospectivamente mi propia trayectoria, no me resulta difícil reconocer que aquella experiencia de lectura dejó una huella mucho más profunda de lo que entonces podía imaginar. Años después mi vida tomaría otros caminos. No llegué a estudiar medicina. Sin embargo, nunca he sentido que aquella vocación desapareciera. Más bien creo que se transformó. Si la medicina aspira a aliviar el sufrimiento del cuerpo, la educación puede contribuir a aliviar otras formas de sufrimiento igualmente profundas: la ignorancia, la exclusión, la pérdida del sentido, la indiferencia, el egoísmo, la incapacidad para comprender al otro o la ausencia de conciencia ética. Con el paso del tiempo he comprendido que ambas tareas participan de una misma misión profundamente humana: cuidar de la vida allí donde la vida más lo necesita.

Y fue precisamente Cuerpos y almas la primera obra que me permitió intuir, todavía sin saber expresarlo, que el cuidado constituye una de las formas más elevadas del amor y que toda auténtica educación comienza cuando aprendemos a reconocer en cada ser humano una dignidad que merece ser protegida.

Continuará…

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

Me encantaría que hicieras un comentario. Muchas gracias.

Descubre más desde KRISIS

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo