LIBROS QUE MARCAN (17): Cuerpos y almas de Maxence Van der Meersch (2)

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LIBROS QUE MARCAN. Cuerpos y almas

LIBROS QUE MARCAN (17): Cuerpos y almas de Maxence Van der Meersch (2)

Por Juan Miguel Batalloso Navas

El dolor, el amor verdadero y el despertar de una vocación. Una lectura para la Educación de la Conciencia

A medida que avanzaba en la lectura, fui comprendiendo que el verdadero protagonista de Cuerpos y almas no era Michel Doutreval, ni siquiera el conjunto de médicos, profesores, enfermeras y enfermos que pueblan sus páginas. El auténtico protagonista era la conciencia humana, ese espacio interior donde cada persona decide, una y otra vez, qué clase de ser humano quiere llegar a ser.

Con el paso de los años he releído novelas de extraordinaria calidad literaria. Algunas me han impresionado por la belleza de su lenguaje; otras por la complejidad psicológica de sus personajes o por la perfección de su arquitectura narrativa. Sin embargo, pocas han ejercido sobre mí una influencia comparable a la de Cuerpos y almas. Y creo que ello se debe a una razón muy sencilla: esta novela no pretende únicamente contar una historia; pretende interpelar moralmente al lector. No busca solo emocionar, sino despertar una forma diferente de mirar la realidad.

En ese sentido, la obra de Van der Meersch trasciende el ámbito de la literatura para convertirse en una profunda meditación sobre la condición humana. Sus personajes no son héroes idealizados ni villanos absolutos. Son hombres y mujeres frágiles, contradictorios, inseguros, capaces de los gestos más nobles y también de las mayores miserias. Precisamente por eso resultan tan cercanos. El autor comprende que el ser humano nunca puede reducirse a una sola dimensión. En cada persona conviven la generosidad y el egoísmo, el miedo y el coraje, la ternura y la dureza, el deseo de servir y la tentación del poder. La conciencia humana aparece así, como un territorio siempre inacabado, permanentemente expuesto a la posibilidad de crecer o de degradarse.

Esta visión compleja de la persona fue, probablemente, una de las primeras grandes lecciones que recibí de la novela. Hasta entonces mi mirada sobre el mundo conservaba todavía la simplicidad propia de la adolescencia. Tendía a dividir la realidad entre buenos y malos, entre quienes actuaban correctamente y quienes se equivocaban. Van der Meersch rompió esa ingenuidad sin destruir la esperanza. Me enseñó que el verdadero combate entre el bien y el mal no se libra únicamente en las estructuras sociales ni en los acontecimientos históricos, sino en el interior de cada ser humano. Cada decisión, por pequeña que parezca, contribuye a construir o a destruir nuestra propia humanidad.

Por eso Cuerpos y almas no es una novela pesimista, aunque describa con extraordinaria crudeza la enfermedad, la pobreza, la muerte o la corrupción moral. Al contrario, es profundamente esperanzadora, porque sostiene que toda persona conserva siempre la posibilidad de transformarse cuando permite que el sufrimiento del otro atraviese las barreras del propio egoísmo. Esa transformación es precisamente la que experimenta Michel Doutreval. Su aprendizaje no consiste únicamente en dominar una técnica médica, sino en dejar de contemplar a los enfermos como casos clínicos para descubrir en ellos personas concretas, irrepetibles y dignas de ser amadas. Esa evolución constituye el verdadero hilo conductor de la novela y convierte la profesión médica en una metáfora de toda vocación auténticamente humana.

Hay una intuición que atraviesa silenciosamente toda la obra y que, con el paso de los años, he considerado una de sus mayores enseñanzas: el conocimiento, cuando no está iluminado por el amor, termina deshumanizándose.

No se trata de una afirmación sentimental ni de una descalificación de la ciencia. Muy al contrario, Van der Meersch siente una profunda admiración por el conocimiento científico. Lo que cuestiona no es la ciencia, sino la ilusión de creer que el progreso técnico basta por sí solo para hacer mejor al ser humano. La novela muestra con enorme lucidez cómo una inteligencia extraordinaria puede convivir con una profunda pobreza moral; cómo el prestigio académico puede ocultar la vanidad; cómo el éxito profesional puede convertirse en un obstáculo para la compasión; cómo incluso el deseo sincero de curar puede terminar subordinándose a la ambición, al orgullo o al afán de reconocimiento.

Al leer estas páginas siendo adolescente, intuía todo ello de forma todavía muy confusa. Hoy, después de muchos años dedicados al estudio de la educación, comprendo con mucha mayor claridad el alcance de aquella intuición. Buena parte de las crisis que atraviesa nuestra civilización no nacen de la falta de conocimientos. Nunca la humanidad ha dispuesto de tantos recursos científicos, tecnológicos y económicos como en la actualidad. Sin embargo, seguimos asistiendo a guerras, desigualdades insoportables, devastación ecológica, violencia estructural, pobreza, exclusión y soledades cada vez más profundas. Sabemos mucho más, pero no siempre comprendemos mejor. Disponemos de inmensas capacidades técnicas, pero con frecuencia carecemos de la sabiduría necesaria para ponerlas verdaderamente al servicio de la vida.

En cierto modo, Van der Meersch anticipa aquí una preocupación que décadas más tarde desarrollaría Edgar Morin al denunciar las consecuencias de un conocimiento fragmentado, incapaz de integrar la complejidad de la condición humana. También Paulo Freire insistirá en que ninguna educación puede limitarse a transmitir información si no contribuye al mismo tiempo a formar sujetos conscientes, críticos y comprometidos con la transformación de la realidad. Desde perspectivas diferentes, ambos coinciden con una intuición que ya estaba presente en Cuerpos y almas: la inteligencia necesita ser educada por la conciencia y orientada por la ética.

Por eso nunca he considerado esta novela únicamente como una obra sobre la medicina.

En realidad, habla de todas las profesiones.

Habla del maestro que puede limitarse a explicar contenidos o ayudar verdaderamente a crecer a sus alumnos; del juez que aplica la ley sin justicia; del político que utiliza el poder para servir o para servirse; del empresario que entiende la economía como acumulación o como responsabilidad social; del científico que investiga únicamente por prestigio o por el deseo de aliviar el sufrimiento humano. En definitiva, habla de cualquier persona que deba decidir diariamente si utiliza sus capacidades para engrandecer la vida de los demás o para alimentar exclusivamente sus propios intereses.

Tal vez esa universalidad explique la extraordinaria vigencia de la obra.

Con frecuencia se ha dicho que Cuerpos y almas pertenece a una medicina ya desaparecida, la de los grandes sanatorios, la tuberculosis, los neumotórax y las limitaciones terapéuticas de la primera mitad del siglo XX. Desde un punto de vista histórico, la afirmación es cierta. Pero, paradójicamente, cuanto más envejecen sus referencias médicas, más actuales parecen sus preguntas éticas. La novela nos recuerda que el progreso científico no elimina por sí mismo los conflictos morales. Cambian las enfermedades, evolucionan los tratamientos, se perfeccionan las tecnologías, pero permanece intacta la pregunta fundamental: ¿qué hacemos con el inmenso poder que el conocimiento pone en nuestras manos?

Esta cuestión adquiere hoy una actualidad extraordinaria. Vivimos el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial, de la ingeniería genética, de la biotecnología, de la medicina personalizada y de formas de intervención sobre la vida que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de intervenir sobre el cuerpo humano. Sin embargo, precisamente por eso resulta más urgente que nunca preguntarnos quién educará la conciencia de quienes manejan ese inmenso poder. Ningún algoritmo podrá sustituir la compasión; ninguna máquina aprenderá por sí sola a amar; ningún avance técnico resolverá el problema de la responsabilidad moral.

Creo que fue precisamente esta intuición la que comenzó a germinar en mí cuando leí Cuerpos y almas siendo apenas un muchacho. Sin ser todavía plenamente consciente de ello, empecé a comprender que la verdadera grandeza del conocimiento no consiste en dominar la realidad, sino en ponerse humildemente a su servicio. Descubrí que la inteligencia puede admirarse, pero que solo la bondad transforma verdaderamente el mundo. Y comprendí, quizá por primera vez, que el éxito más valioso no es alcanzar prestigio o reconocimiento, sino llegar a ser una persona capaz de aliviar el sufrimiento de los demás.

Esa convicción no ha dejado de acompañarme desde entonces.

Con el paso de los años he podido comprobar que las sociedades suelen admirar a quienes acumulan poder, riqueza o notoriedad. Sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que quienes verdaderamente dignifican la humanidad son aquellas personas cuya existencia ha estado orientada por el servicio, la entrega y el cuidado de los otros. Esa es la lección silenciosa que atraviesa toda la novela de Van der Meersch y que sigue conmoviendo hoy con la misma fuerza con la que conmovió al muchacho que fui.

Porque, en el fondo, Cuerpos y almas no habla únicamente de médicos ejemplares o de profesionales corruptos. Habla de algo mucho más profundo. Habla de la permanente elección entre dos formas de vivir: una centrada en el propio interés y otra fundada en el reconocimiento de la dignidad del otro. Habla de la decisión cotidiana entre utilizar el conocimiento para engrandecer el ego o para servir a la vida. Y esa elección continúa siendo, hoy como ayer, el verdadero lugar donde comienza o fracasa toda educación de la conciencia.

Continuará…

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

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