Cuando el dolor pregunta por Dios

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CUANDO EL DOLOR PREGUNTA POR DIOS

Reflexión a propósito del artículo «La verdad inventada. ¿Qué hace Dios en la catástrofe?»

Por Juan Miguel Batalloso Navas

El texto que sigue nace de la lectura de un artículo de Miguel Fernández Villegas publicado recientemente en Facebook bajo el título «La verdad inventada. ¿Qué hace Dios en la catástrofe?», cuyo contenido ofrezco previamente para que el lector pueda conocer el contexto de esta reflexión. Contenido que puedes encontrar haciendo clic AQUÍ

Quisiera comenzar dejando clara una convicción personal. No escribo estas páginas para polemizar con Miguel ni para defender una determinada confesión religiosa. Sería demasiado fácil convertir una cuestión tan profunda en un intercambio de argumentos destinados a demostrar quién tiene razón. Mi intención es otra muy distinta. Deseo pensar en voz alta junto con Miguel, autor del artículo y junto a cualquier persona —creyente, agnóstica o atea— que alguna vez se haya preguntado dónde estaba Dios mientras el sufrimiento golpeaba con toda su crudeza la vida de seres humanos inocentes.

Comparto sinceramente la emoción que inspira ese texto. También yo he sentido muchas veces la misma indignación y he formulado las mismas preguntas. Lo que nos separa, probablemente, no sea el dolor, sino la forma de interpretarlo. Y quizá el verdadero diálogo no consista en convencernos mutuamente, sino en recorrer juntos un camino de reflexión donde las respuestas fáciles cedan su lugar a una comprensión más humilde, más madura y más humana de nuestra propia existencia.

Debo advertir por tanto que este no es un texto para pasar el dedo por la pantalla del móvil y acudir a otro post. No pretendo ganar audiencia porque además este estilo supersónico de ver o leer las cosas por encima, contribuye precisamente a lo que yo llevo ya tiempo combatiendo: la reactividad, el impulso a discutir más que a dialogar, la necesidad imperiosa de llevar siempre razón, la polarización ideológica, social y política, la incapacidad para profundizar parar, serenarse y tomarse el tiempo que sea necesario si el tema nos interesa. Algo por cierto que nos recuerda Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025 en todas sus obras. Esta es la razón por la que deliberadamente he hecho un texto bien extenso cuya lectura puede durar hasta media hora. Porque aquí, no pretendo rebatir ni discutir nada sino simplemente expresar una reflexión meditada acerca del problema del sufrimiento humano. Así que, si esperabas una respuesta breve y reactiva al texto de Miguel, tendrás que abandonar necesariamente su lectura y pasar a otra cosa.

Muchas gracias Miguel por haber despertado en mí el interés por reflexionar de nuevo sobre este tan viejo y milenario asunto. Y muchas gracias también a ti, lector o lectora por estar aquí y atreverte a leer este largo texto.

Te saluda atentamente:
Juan Miguel Batalloso Navas

Hay preguntas que nunca envejecen. Cambian las civilizaciones, cambian las religiones, cambian las ideas políticas, cambian incluso las imágenes que los seres humanos tenemos del universo; sin embargo, hay interrogantes que permanecen intactos porque pertenecen a lo más profundo de nuestra condición. Uno de ellos aparece inevitablemente cada vez que una guerra destruye una ciudad, cuando un terremoto sepulta bajo los escombros a cientos de familias o cuando un niño muere antes siquiera de haber aprendido a pronunciar la palabra «vida». Entonces, casi sin darnos cuenta, surge la misma pregunta que ha acompañado a la humanidad desde hace miles de años: ¿dónde estaba Dios?

Confieso que esa pregunta nunca me ha parecido una muestra de falta de fe. Al contrario. Me parece una de las expresiones más sinceras de la fe y también una de las expresiones más nobles del humanismo. Solo quien ama profundamente la vida puede sentirse escandalizado por el sufrimiento de los inocentes. Solo quien percibe el inmenso valor de cada persona puede rebelarse cuando contempla tanto dolor inútil. Por eso nunca he entendido esa pregunta como un ataque contra Dios, sino como un grito nacido del corazón humano. Es el mismo grito que atraviesa las páginas del libro de Job, el que resuena en tantos salmos de la tradición bíblica y el mismo que, según los evangelios, brota de los labios de Jesús en el momento de su muerte. Antes de convertirse en un argumento filosófico, fue un clamor profundamente humano.

Precisamente por eso me resulta difícil compartir la idea de que el problema quede resuelto afirmando que Dios no existe porque existe el sufrimiento. Comprendo perfectamente por qué muchas personas llegan a esa conclusión. Sería poco honesto fingir que no la entiendo. También yo he pasado por momentos en los que el dolor parecía levantar un muro infranqueable entre Dios y el mundo. Sin embargo, con el paso de los años he descubierto que esa pregunta es mucho más antigua y mucho más profunda que cualquiera de nuestras respuestas. No nació con los terremotos recientes, ni con las guerras del siglo XX, ni siquiera con las grandes tragedias de la historia contemporánea. Acompaña al ser humano desde que comenzó a preguntarse por el sentido de su propia existencia. Quizá por eso sigue viva. Porque ninguna generación ha conseguido responderla definitivamente.

Hay algo del artículo de Miguel, que, sin embargo, comparto sin reservas. Existe una manera de entender a Dios que, sinceramente, creo que debería desaparecer. Me refiero a esa imagen de un Dios que actúa como una especie de administrador del universo, interviniendo de vez en cuando para proteger a unos y abandonar a otros; un Dios que detendría un terremoto si quisiera, que impediría los accidentes de quienes rezan o que repartiría milagros según los méritos religiosos de cada persona. Confieso que yo tampoco podría creer en un Dios así. No solo porque la realidad lo desmiente una y otra vez, sino porque una idea semejante termina convirtiendo a Dios en una explicación demasiado pequeña para el inmenso misterio de la vida.

Con frecuencia, creyentes y no creyentes discuten precisamente sobre ese Dios. Unos intentan defenderlo; otros intentan demostrar que no existe. Mientras tanto, quizá ninguno advierte que ambos están hablando de la misma imagen, una imagen que probablemente hace mucho tiempo dejó de ser convincente para una fe verdaderamente adulta. La cuestión entonces cambia por completo. Tal vez el verdadero problema no sea si ese Dios existe o no existe. Tal vez el verdadero problema sea que llevamos demasiado tiempo discutiendo sobre un Dios que solo existe en nuestras representaciones, en nuestras palabras y en nuestras limitadas categorías humanas.

Y aquí aparece una reflexión que, con los años, ha ido adquiriendo para mí una importancia decisiva. Nuestra idea de Dios también evoluciona, del mismo modo que evoluciona nuestra conciencia. Un niño necesita respuestas sencillas porque todavía no puede comprender la complejidad de la realidad. Algo parecido ocurre con la vida espiritual. Existe una manera infantil de creer, pero también existe una manera infantil de no creer. Hay una fe que necesita milagros continuos para sostenerse, del mismo modo que hay un ateísmo que piensa haber resuelto definitivamente el misterio porque la ciencia ha explicado un poco mejor el funcionamiento del universo. En ambos casos percibo la misma necesidad de certezas absolutas, la misma dificultad para convivir con las preguntas abiertas y el mismo deseo de eliminar el misterio para sentirnos seguros.

Sin embargo, la vida parece enseñarnos exactamente lo contrario. Conforme pasan los años comprendemos muchas más cosas, pero también descubrimos que el horizonte del misterio se hace cada vez más amplio. Sabemos hoy infinitamente más sobre el universo que nuestros antepasados; conocemos el origen de las estrellas, la evolución de las especies, el funcionamiento del cerebro y la extraordinaria complejidad de la materia. Todo ello constituye una de las aventuras más fascinantes de la inteligencia humana. Pero ninguna de esas conquistas ha conseguido responder a las preguntas últimas que siguen habitando el corazón del hombre. Continuamos preguntándonos por qué existe algo en lugar de nada; por qué la conciencia ha aparecido en un universo que parecía destinado únicamente a la materia; por qué sentimos que la justicia vale más que la injusticia, que el amor vale más que el odio y que la vida de un niño posee un valor que ninguna explicación científica puede medir. La ciencia ilumina admirablemente el funcionamiento del mundo; pero el sentido del mundo continúa siendo una pregunta abierta.

Quizá esa sea la primera invitación que quisiera hacer al lector antes de continuar este diálogo. Tal vez el problema no consista en elegir entre creer o no creer. Tal vez el verdadero desafío sea aprender a mirar la realidad con una conciencia suficientemente humilde como para reconocer que ninguna de nuestras explicaciones —ni religiosas ni ateas— consigue agotar el misterio inmenso de la existencia.

Si algo hemos aprendido durante los últimos siglos es que la ciencia constituye una de las mayores conquistas del espíritu humano. Gracias a ella conocemos mejor el universo, comprendemos el origen de numerosas enfermedades, hemos prolongado la esperanza de vida y somos capaces de prevenir o reducir muchas de las consecuencias de las catástrofes naturales. Negar ese inmenso progreso sería tan absurdo como negar la evidencia. De hecho, cuando un terremoto provoca miles de víctimas, la primera obligación moral no consiste en buscar explicaciones religiosas, sino en construir edificios más seguros, mejorar los sistemas de emergencia, combatir la pobreza y poner el conocimiento científico al servicio de la vida. En ese terreno, la ciencia no tiene rival. Cada hospital construido, cada avance de la medicina, cada mejora tecnológica que salva vidas constituye una victoria de la inteligencia humana y una razón para la esperanza.

Sin embargo, precisamente porque admiro profundamente la ciencia, me parece injusto pedirle respuestas que nunca ha prometido ofrecer. La ciencia puede explicar con extraordinaria precisión por qué se produce un terremoto, cómo se desplazan las placas tectónicas o por qué unas construcciones resisten mejor que otras. Puede decirnos qué ha ocurrido y cómo evitar que vuelva a repetirse con la misma intensidad. Pero hay una pregunta que aparece inevitablemente cuando termina el trabajo de los geólogos, de los ingenieros y de los equipos de rescate; una pregunta que ningún laboratorio puede responder porque pertenece a otro nivel de nuestra experiencia. Es la pregunta por el sentido.

Cuando una madre sostiene entre sus brazos el cuerpo sin vida de su hijo, ya no pregunta cómo se produjo el seísmo. Esa explicación, siendo necesaria, resulta insuficiente para el dolor que está viviendo. Lo que brota de su interior es otra clase de interrogante: «¿Por qué? ¿Qué sentido tiene tanto sufrimiento? ¿Cómo seguir viviendo después de esto?» Y es precisamente en ese momento cuando descubrimos que explicar no es lo mismo que comprender. Podemos conocer con exactitud las causas físicas de una tragedia y, sin embargo, continuar completamente desorientados ante su significado. La explicación satisface a la inteligencia; la comprensión intenta dar una respuesta a la totalidad de la persona, a su razón, a su corazón y a su conciencia.

Quizá uno de los mayores problemas de nuestro tiempo sea precisamente la tendencia a confundir esos dos planos. Hemos llegado a pensar que todo aquello que la ciencia no puede medir carece de valor o simplemente no existe. Sin darnos cuenta, hemos reducido la realidad a aquello que puede ser cuantificado, pesado o sometido a experimentación. Pero la experiencia cotidiana desmiente continuamente esa reducción. Nadie ha visto nunca el amor bajo un microscopio, nadie ha pesado la belleza de una obra de arte ni ha medido con un instrumento la dignidad de una persona. Y, sin embargo, pocas realidades resultan más verdaderas para nosotros. Lo más valioso de la existencia pertenece, precisamente, a ese ámbito donde la ciencia deja paso a la filosofía, a la ética, al arte, a la espiritualidad y, en definitiva, a la conciencia.

Por eso me parece precipitado afirmar que Dios no existe simplemente porque no encontramos evidencias empíricas de su intervención. Esa afirmación dice más de nuestra idea de Dios que de Dios mismo. Si imaginamos a Dios como un objeto del universo, como una fuerza física más o como un ser cuya actividad pudiera registrarse con los mismos procedimientos con los que estudiamos una galaxia o una célula, entonces es evidente que la ciencia no lo encontrará nunca. Pero quizá el error consista precisamente en buscarlo donde nunca dijo estar. Desde hace siglos, las tradiciones espirituales más profundas vienen recordando que Dios no pertenece al mismo orden de realidad que las cosas del mundo. No es un objeto entre otros objetos, ni una causa física que compita con las causas naturales. Hablar de Dios es intentar nombrar, con todas las limitaciones del lenguaje humano, el fundamento último del ser, aquello que sostiene la existencia sin confundirse con ella y que, precisamente por eso, nunca puede convertirse en una pieza más del universo.

Naturalmente, alguien puede no compartir esta forma de entender la realidad. Puede pensar que el universo se basta completamente a sí mismo y que no existe ningún fundamento último más allá de la materia. Esa posición merece el mismo respeto que cualquier otra cuando nace de una búsqueda honesta de la verdad. Lo que ya no resulta tan evidente es afirmar que esa interpretación constituye la única racionalmente posible. En realidad, tanto el creyente como el ateo contemplan el mismo universo, aceptan las mismas leyes físicas y reconocen los mismos descubrimientos científicos. La diferencia aparece cuando intentan interpretar el significado de cuanto contemplan. Uno descubre en la realidad la huella de un misterio que le trasciende; el otro considera que no es necesario recurrir a ninguna realidad más allá del universo. Ninguno puede demostrar definitivamente su posición. Ambos realizan, en último término, una interpretación de la experiencia.

Esta constatación debería hacernos más humildes. Durante demasiado tiempo hemos convertido el diálogo entre creyentes y no creyentes en una especie de combate donde unos pretenden demostrar que Dios existe y otros que Dios no existe. Quizá la verdadera cuestión sea otra. Quizá el desafío más importante consista en aprender a convivir con el misterio sin renunciar por ello al pensamiento crítico, a la investigación científica ni a la búsqueda sincera de la verdad. La conciencia madura no teme las preguntas difíciles. Al contrario, sabe que son precisamente esas preguntas las que nos obligan a crecer. No busca refugiarse en certezas cómodas, sino permanecer abierta a una realidad que siempre termina desbordando nuestras explicaciones.

Y es aquí donde, a mi juicio, el artículo que ha motivado estas páginas deja sin formular una cuestión decisiva. El sufrimiento constituye, sin duda, un desafío enorme para quien cree en Dios. Nadie puede negarlo. Pero también representa un desafío para quien no cree. Porque si el universo no es más que el resultado de procesos físicos ciegos e indiferentes, ¿por qué nos rebelamos con tanta fuerza cuando contemplamos el dolor de un inocente? ¿Por qué sentimos que la muerte de un niño constituye una injusticia absoluta y no simplemente un acontecimiento biológico más? ¿De dónde nace esa convicción profunda de que toda persona posee una dignidad que ninguna circunstancia debería destruir? No planteo estas preguntas como objeciones al ateísmo, sino como una invitación a reconocer que el misterio alcanza a todos por igual. El creyente continúa preguntándose cómo puede existir tanto sufrimiento si Dios es amor; el ateo, por su parte, sigue buscando el fundamento último de esa extraordinaria dignidad que espontáneamente reconocemos en cada ser humano. Ambos caminamos, en realidad, bajo el mismo cielo de incertidumbre.

Quizá sea precisamente esa conciencia compartida de nuestra fragilidad la que haga posible un verdadero diálogo. Ya no se trata de decidir quién posee la verdad completa, sino de reconocer que todos buscamos comprender una realidad infinitamente más grande que nosotros mismos. Cuando aceptamos esa limitación, la conversación deja de ser una confrontación entre vencedores y vencidos para convertirse en una búsqueda común. Y entonces descubrimos que el auténtico adversario no es quien piensa de otro modo, sino cualquier forma de dogmatismo que pretenda clausurar definitivamente las grandes preguntas de la existencia.

Hay, sin embargo, una cuestión que vuelve una y otra vez cada vez que una tragedia conmueve nuestra conciencia. Es una pregunta que no desaparece por mucho que avance la ciencia ni por muchas explicaciones que encontremos sobre el funcionamiento de la naturaleza. Antes o después termina asomándose al corazón de quien contempla el sufrimiento de los inocentes: ¿dónde estaba Dios?

Durante mucho tiempo pensé que esa era la pregunta decisiva. Hoy ya no estoy tan seguro. No porque haya encontrado una respuesta definitiva, sino porque la propia vida me ha enseñado que quizá exista otra pregunta todavía más importante. Mientras nosotros seguimos preguntándonos dónde estaba Dios, ¿nos preguntamos también dónde estaba el ser humano? ¿Dónde estaba nuestra conciencia? ¿Dónde estaban nuestras responsabilidades individuales y colectivas?

Basta observar con serenidad lo que sucede después de cualquier gran catástrofe para comprender que el sufrimiento nunca tiene una única causa. El terremoto pertenece a la naturaleza. Pero el número de víctimas suele depender, en gran medida, de decisiones profundamente humanas. Depende de cómo construimos nuestras ciudades, de cómo repartimos la riqueza, de la calidad de los servicios públicos, de la existencia o no de hospitales seguros, de la corrupción política, de la pobreza o del abandono. La naturaleza provoca el seísmo; con demasiada frecuencia somos nosotros quienes multiplicamos la tragedia.

Quizá por eso me resulta insuficiente dirigir toda nuestra indignación hacia Dios mientras apenas dedicamos unos instantes a examinar nuestra propia responsabilidad. Durante siglos hemos aprendido a mirar al cielo buscando explicaciones. Tal vez haya llegado el momento de mirar también hacia nosotros mismos. No para sentirnos culpables de todo, sino para reconocer que gran parte del sufrimiento humano no nace únicamente de las leyes de la naturaleza, sino también de nuestra indiferencia, de nuestras desigualdades y de la incapacidad que todavía tenemos para construir un mundo más justo.

Esta reflexión cambia profundamente la perspectiva. Poco a poco comprendemos que la gran pregunta ya no consiste solamente en averiguar por qué existe el mal, sino en descubrir qué hacemos nosotros frente al mal cuando aparece. La historia demuestra que las personas no siempre podemos evitar el dolor, pero sí podemos decidir cómo responder ante él. Y esa respuesta depende mucho menos de nuestras creencias religiosas que del grado de desarrollo de nuestra conciencia.

Cada vez estoy más convencido de que la verdadera diferencia entre los seres humanos no reside en creer o no creer, sino en la manera como vivimos nuestra humanidad. He conocido personas profundamente religiosas cuya fe apenas modificaba su forma de relacionarse con los demás, y también he encontrado hombres y mujeres que nunca pronunciaron el nombre de Dios y cuya vida fue una permanente entrega a los otros. Del mismo modo, existen creyentes cuya fe les ha llevado a dedicar toda su existencia al cuidado de los más pobres, de los enfermos o de quienes nadie recuerda. Todo ello me ha enseñado a desconfiar de las etiquetas. La verdadera frontera no pasa entre creyentes y ateos. Pasa entre quienes viven encerrados en sí mismos y quienes han descubierto que su vida solo alcanza plenitud cuando se abre al sufrimiento y a la esperanza de los demás.

Tal vez sea precisamente ahí donde comienza la espiritualidad. No en la aceptación de un conjunto de doctrinas, ni en la repetición de determinados ritos, sino en esa capacidad tan profundamente humana de salir de nosotros mismos para reconocer que el otro también soy yo. La espiritualidad empieza cuando comprendemos que ninguna vida es completamente ajena a la nuestra; cuando el dolor del desconocido deja de parecernos una noticia lejana y empieza a convertirse en una llamada a nuestra responsabilidad. Esa experiencia puede vivirse dentro de una religión o fuera de ella. Puede expresarse mediante la oración, mediante el silencio, mediante el compromiso social o simplemente mediante una compasión que no necesita pronunciar el nombre de Dios para ser auténtica.

Por eso nunca he pensado que la espiritualidad sea patrimonio exclusivo de las religiones. Existen creyentes profundamente espirituales y otros que viven una religiosidad puramente exterior. Del mismo modo, conozco personas que se declaran ateas y poseen una hondura humana, una sensibilidad ética y una capacidad de amar que solo puedo contemplar con admiración. La espiritualidad pertenece a una dimensión mucho más amplia. Es la expresión de una conciencia que ha aprendido a trascender el propio ego, que descubre el valor sagrado de toda existencia y que comprende que vivir consiste, sobre todo, en aprender a cuidar.

Y quizá sea precisamente aquí donde el diálogo entre creyentes y no creyentes encuentra su terreno más fértil. Durante demasiado tiempo hemos discutido acerca de Dios mientras olvidábamos aquello que Dios —o, si se prefiere, la propia conciencia humana— parece reclamar continuamente de nosotros: más justicia, más compasión, más solidaridad y más responsabilidad compartida. Resulta paradójico comprobar que personas con convicciones metafísicas completamente distintas pueden colaborar generosamente para aliviar el sufrimiento de los demás, mientras otras, convencidas de poseer toda la verdad, apenas son capaces de salir de sus propias certezas. Esa constatación debería hacernos mucho más humildes.

Con los años he llegado a pensar que una conciencia verdaderamente madura deja de preguntar únicamente dónde está Dios para comenzar a preguntarse dónde puede hacerse presente el amor en medio del sufrimiento. Tal vez esta forma de expresarlo no satisfaga a quienes esperan una explicación definitiva del mal. A mí tampoco me basta. Pero, al menos, desplaza nuestra mirada desde la especulación hacia el compromiso. Porque mientras discutimos sobre Dios, el mundo continúa necesitando personas que reconstruyan casas, acompañen a los enfermos, eduquen a los niños, defiendan la dignidad de los olvidados y mantengan viva la esperanza allí donde parece haberse extinguido.

Quizá esa sea la enseñanza más profunda que el dolor puede ofrecernos. No convertirnos en jueces de Dios, sino despertarnos de la indiferencia. No alimentar discusiones interminables sobre quién tiene razón, sino recordar que cada tragedia nos interpela personalmente. En ese momento comprendemos que la cuestión decisiva ya no es simplemente si Dios existe o no existe. La verdadera cuestión consiste en averiguar qué clase de seres humanos estamos llegando a ser y qué grado de conciencia somos capaces de desarrollar para que el sufrimiento de los demás nunca nos resulte indiferente.

Porque, al final, una conciencia madura no se define por la cantidad de respuestas que posee, sino por la profundidad de las preguntas que continúa haciéndose y, sobre todo, por la manera concreta en que responde al dolor de la vida. Tal vez esa sea la forma más alta de espiritualidad y también la expresión más auténtica de una fe verdaderamente adulta.

Llegados hasta aquí, quizá alguien espere una respuesta definitiva. Después de tantas preguntas, parecería lógico concluir afirmando con rotundidad que Dios existe o que no existe, que el sufrimiento tiene un sentido oculto o que no lo tiene, que la ciencia acabará resolviendo todos nuestros interrogantes o que la fe posee finalmente las respuestas que la razón no alcanza. Sin embargo, cuanto más tiempo llevo reflexionando sobre estas cuestiones, más convencido estoy de que las grandes preguntas de la existencia no se resuelven de esa manera. No porque la verdad no exista, sino porque nuestra capacidad para comprenderla siempre será limitada. La realidad es infinitamente más amplia que nuestras ideas sobre ella, y el misterio nunca deja de acompañar a la conciencia que busca con honestidad.

Quizá el mayor aprendizaje que he recibido con el paso de los años haya sido precisamente este: la madurez no consiste en acumular respuestas, sino en aprender a convivir con preguntas que nunca terminan de agotarse. Durante mucho tiempo pensé que creer significaba estar seguro. Hoy pienso exactamente lo contrario. La fe adulta comienza cuando dejamos de confundir la confianza con la certeza absoluta, cuando comprendemos que creer no significa poseer a Dios, sino dejarnos interpelar constantemente por el misterio que la palabra «Dios» intenta nombrar sin conseguir abarcarlo del todo.

Algo semejante sucede con el ateísmo cuando alcanza también su madurez. El ateo verdaderamente reflexivo tampoco vive instalado en una arrogancia intelectual que desprecia cualquier experiencia espiritual. Sabe que la inexistencia de Dios tampoco puede demostrarse como se demuestra un teorema matemático. Su posición nace igualmente de una interpretación de la realidad y, precisamente por ello, puede dialogar con quien cree desde el respeto mutuo y desde la conciencia compartida de que ambos contemplan el mismo universo con preguntas diferentes. Cuando creyentes y no creyentes alcanzan esa madurez, desaparece la necesidad de vencerse mutuamente. Lo único que permanece es el deseo común de comprender un poco mejor el misterio de la existencia.

Por eso me preocupa profundamente el empobrecimiento del diálogo que con tanta frecuencia encontramos en nuestro tiempo. Vivimos rodeados de opiniones rotundas, de respuestas inmediatas y de certezas que apenas dejan espacio para la duda. Las redes sociales, con demasiada frecuencia, favorecen ese clima. Todo parece reducirse a elegir un bando, defender una consigna y desacreditar al que piensa de otra manera. Pero la realidad nunca ha sido tan simple. Las cuestiones verdaderamente importantes —el sentido de la vida, el sufrimiento, el amor, la libertad, la conciencia o Dios— no caben en un eslogan ni se resuelven con un comentario ingenioso. Requieren tiempo, silencio, escucha y una profunda disposición para reconocer que siempre podemos aprender de quien mira el mundo desde otra perspectiva.

Quizá por eso considero que la educación tiene hoy una responsabilidad inmensa. Durante demasiado tiempo hemos entendido educar como transmitir conocimientos, desarrollar competencias o preparar para el ejercicio de una profesión. Todo ello es importante y necesario. Pero existe una tarea todavía más decisiva: educar la conciencia. Educar para pensar sin fanatismos, para dialogar sin descalificar, para convivir con la incertidumbre sin caer en el relativismo y para descubrir que las preguntas esenciales de la existencia merecen ser habitadas con humildad antes que clausuradas con respuestas precipitadas. Una conciencia educada no renuncia a la razón; la lleva hasta sus últimas consecuencias. Tampoco renuncia al misterio; aprende a convivir con él sin convertirlo en superstición ni en excusa para dejar de pensar.

En este punto vuelvo, casi sin darme cuenta, al artículo que dio origen a estas páginas. Comprendo mejor que nunca la pregunta que lo inspiró y sigo sintiendo el mismo desgarro cada vez que contemplo el sufrimiento de los inocentes. Esa herida continúa abierta y probablemente nunca deje de estarlo. Pero también he comprendido que el verdadero peligro no consiste en formular esa pregunta, sino en creer que ya hemos encontrado una respuesta definitiva. La historia de la humanidad nos enseña que tanto las certezas religiosas como las certezas ateas pueden convertirse en formas de dogmatismo cuando dejan de escuchar la complejidad de la vida.

Si algo he aprendido después de muchos años de estudio, de enseñanza y también de experiencias personales que han dejado su huella en mi propia existencia, es que el misterio no disminuye conforme aumenta el conocimiento. Ocurre justamente lo contrario. Cada nuevo descubrimiento científico abre horizontes que antes ni siquiera sospechábamos; cada avance filosófico nos permite formular preguntas más profundas; cada experiencia de amor, de dolor o de belleza nos revela dimensiones de la realidad que permanecían ocultas. La conciencia no crece eliminando el misterio. Crece aprendiendo a habitarlo con mayor lucidez, con mayor sensibilidad y con una responsabilidad cada vez más amplia hacia los demás.

Tal vez esa sea la diferencia más profunda entre una conciencia inmadura y una conciencia verdaderamente desarrollada. La primera necesita dividir el mundo entre quienes tienen razón y quienes están equivocados; la segunda comprende que la verdad es demasiado grande para quedar encerrada por completo en nuestras ideas. La primera busca seguridad; la segunda busca comprensión. La primera teme las preguntas; la segunda sabe que son precisamente las preguntas las que mantienen viva la inteligencia y despierta la esperanza.

Por eso, después de todo este recorrido, ya no me interesa tanto preguntar dónde estaba Dios durante el terremoto. Esa pregunta seguirá acompañándonos y nunca dejará de conmoverme. Pero otra ha ido ocupando lentamente su lugar dentro de mí. ¿Dónde estaba nuestra conciencia mientras tantos seres humanos seguían viviendo en condiciones que convertían una catástrofe natural en una tragedia aún mayor? ¿Dónde sigue estando nuestra conciencia cuando millones de personas padecen hambre, cuando la guerra destruye pueblos enteros, cuando el planeta se degrada lentamente o cuando la indiferencia nos acostumbra al sufrimiento ajeno? Tal vez sea ahí donde comienza nuestra verdadera responsabilidad.

No puedo demostrar que Dios exista. Tampoco creo que nadie pueda demostrar de manera definitiva que no existe. Lo que sí puedo afirmar, porque constituye una experiencia que ha ido madurando lentamente en mi vida, es que cada vez que un ser humano decide cuidar de otro, defender su dignidad, aliviar su sufrimiento o sembrar esperanza donde parecía imposible encontrarla, la realidad adquiere una profundidad que me resulta imposible reducir a un simple accidente del universo. Algunos preferirán llamar a esa experiencia solidaridad, humanidad o compasión. Yo continúo llamándola también presencia de Dios, aunque lo haga con la humildad de quien sabe que toda palabra resulta insuficiente para nombrar aquello que la desborda.

Quizá, al final, creer no consista tanto en afirmar determinadas ideas acerca de Dios como en aprender a mirar la realidad con una conciencia capaz de reconocer el inmenso valor de cada vida humana, de comprometerse con el sufrimiento de los demás y de mantener viva la esperanza incluso cuando las respuestas parecen agotarse. Esa esperanza no elimina el dolor ni borra las preguntas. Pero nos impide resignarnos a la indiferencia y nos recuerda que la última palabra de nuestra existencia no debería pertenecer nunca al miedo, al odio o al absurdo, sino al amor, a la compasión y a la responsabilidad compartida.

Quisiera terminar estas páginas sin ofrecer una conclusión cerrada. Prefiero dejar al lector con la misma pregunta con la que yo continúo caminando. Quizá hemos dedicado demasiado tiempo a discutir si Dios existe o no existe y demasiado poco a preguntarnos qué clase de seres humanos estamos llegando a ser. Tal vez la cuestión decisiva no consista en demostrar una creencia o refutarla, sino en descubrir si nuestra conciencia se hace cada día más amplia, más libre, más compasiva y más responsable. Porque, si eso ocurre, estoy convencido de que creyentes, agnósticos y ateos podremos seguir dialogando desde nuestras diferencias, unidos por una convicción mucho más profunda: que el mayor misterio del universo no sea únicamente Dios, sino también la extraordinaria posibilidad de que el ser humano llegue a convertirse, algún día, en la mejor versión de sí mismo.

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

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