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LIBROS QUE MARCAN (17): Cuerpos y almas de Maxence Van der Meersch (3)
El dolor, el amor verdadero y el despertar de una vocación. Una lectura para la Educación de la Conciencia
Existe otro aspecto de Cuerpos y almas que, con el paso de los años, no ha dejado de crecer en mi interior y que hoy considero uno de los mayores valores de esta extraordinaria novela. Me refiero a la forma en que Van der Meersch comprende el amor. No el amor reducido al sentimiento pasajero o a la emoción romántica, sino el amor entendido como una manera de estar en el mundo, como una actitud permanente de acogida, de cuidado, de fidelidad y de responsabilidad hacia la vida de los demás.
Si algo descubrí siendo adolescente gracias a esta obra fue que el amor verdadero no consiste en lo que sentimos, sino en lo que somos capaces de hacer por quienes amamos. Aquella intuición me impresionó profundamente porque rompía con la imagen superficial del amor que tantas veces ofrecen la literatura, el cine o incluso nuestra propia cultura. Van der Meersch muestra que amar significa permanecer cuando llegan el sufrimiento, la enfermedad, el fracaso o la desesperanza; significa compartir el peso de la existencia del otro sin esperar recompensa; significa aceptar que la felicidad auténtica nunca puede construirse sobre el egoísmo, sino sobre la entrega.
Esta idea atraviesa toda la novela con una delicadeza admirable. No aparece formulada como una teoría ni como un discurso moralizante. Se manifiesta, sobre todo, en la forma en que los personajes viven sus relaciones. Los más admirables no son necesariamente los más inteligentes, los más brillantes o los más poderosos. Son aquellos que saben hacerse presentes cuando alguien necesita ser acompañado. La verdadera grandeza aparece casi siempre asociada a gestos sencillos: una palabra de consuelo, una escucha paciente, una presencia silenciosa junto al enfermo, una renuncia generosa o una fidelidad mantenida incluso cuando todo parece perdido.
Entre todos ellos destaca especialmente la figura de Evelyne, cuya influencia sobre Michel constituye uno de los ejes más hermosos de la novela. Ella representa esa fuerza silenciosa que no necesita imponerse para transformar la vida de quienes la rodean. Su propia fragilidad física, lejos de convertirla en un personaje débil, revela una extraordinaria fortaleza interior. Es precisamente porque conoce el sufrimiento por lo que aprende a mirar a los demás con una ternura que nace de la experiencia y no de la ingenuidad. Van der Meersch pone en sus labios una de las expresiones más profundas de toda la obra al referirse a «la fuerza que da el conocimiento de la miseria», una frase que resume admirablemente la paradoja humana según la cual el dolor, cuando no endurece el corazón, puede convertirse en una fuente incomparable de compasión.
Aquella expresión me ha acompañado durante toda mi vida.
Con el paso del tiempo he comprobado que las personas más profundamente humanas suelen ser precisamente aquellas que han atravesado experiencias difíciles sin perder la capacidad de amar. El sufrimiento no mejora automáticamente a nadie. Puede volvernos amargos, desconfiados o resentidos. Pero también puede ensanchar nuestra comprensión del otro, hacernos más humildes y enseñarnos a descubrir dimensiones de la existencia que permanecen ocultas mientras todo marcha bien.
Creo que Van der Meersch comprendió esta verdad con extraordinaria lucidez. En su novela, el dolor nunca aparece glorificado ni presentado como un bien en sí mismo. Sería profundamente injusto interpretar así su pensamiento. El sufrimiento no posee valor porque haga sufrir, sino porque puede despertar en nosotros capacidades de solidaridad, de compasión y de entrega que permanecían dormidas. El verdadero milagro no consiste en el dolor, sino en la transformación interior que algunas personas son capaces de realizar a partir de él.
Esta convicción resulta especialmente necesaria en una época como la nuestra. Vivimos en sociedades que han desarrollado extraordinarios recursos para combatir el sufrimiento físico, pero que con frecuencia parecen incapaces de encontrar sentido al sufrimiento inevitable. Nos hemos acostumbrado a identificar la felicidad con el bienestar permanente, con el éxito, con el consumo o con la satisfacción inmediata de nuestros deseos. Cualquier forma de límite, enfermedad o fracaso tiende a ser percibida como una anomalía que conviene ocultar rápidamente.
Sin embargo, la vida continúa recordándonos que nadie atraviesa la existencia sin experimentar pérdidas, decepciones, enfermedad, envejecimiento o muerte. La cuestión decisiva no consiste entonces en evitar toda forma de sufrimiento —algo imposible—, sino en aprender a vivirlo sin perder nuestra humanidad.
En este punto la novela adquiere una profundidad que trasciende ampliamente el contexto médico en el que se desarrolla. En realidad, Cuerpos y almas habla de la vulnerabilidad como una condición constitutiva del ser humano. Todos somos frágiles. Todos dependemos unos de otros. Todos necesitaremos, antes o después, que alguien nos sostenga cuando nuestras propias fuerzas resulten insuficientes.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más olvidadas por nuestra cultura contemporánea.
Con demasiada frecuencia educamos para competir antes que para cooperar; para destacar antes que para servir; para acumular conocimientos antes que para aprender a comprender; para alcanzar éxito profesional antes que para construir una vida buena. Se habla constantemente de excelencia, de rendimiento, de productividad, de liderazgo o de innovación, pero apenas se habla del cuidado, de la ternura, de la compasión o de la responsabilidad compartida.
Y, sin embargo, ninguna sociedad puede mantenerse únicamente sobre la competencia.
Las personas sobrevivimos gracias a una inmensa red de cuidados invisibles que comienza incluso antes de nacer y nos acompaña hasta el final de la existencia. Somos porque otros nos acogieron, nos alimentaron, nos protegieron, nos enseñaron a hablar, nos consolaron cuando llorábamos y permanecieron junto a nosotros en los momentos más difíciles. La historia de cada ser humano es también la historia de los innumerables actos de amor que hicieron posible su vida.
Eso fue precisamente lo que comencé a comprender gracias a esta novela.
Sin saberlo, Cuerpos y almas me estaba enseñando una antropología completamente distinta de la que suele transmitirse en muchos ámbitos sociales. El ser humano no aparecía definido por su capacidad de dominar, de vencer o de imponerse, sino por su capacidad de cuidar. La verdadera grandeza consistía en hacerse responsable del otro.
Con los años descubriría que esa misma intuición recorre buena parte del pensamiento humanista contemporáneo. Emmanuel Lévinas afirmará que la ética nace en el momento en que el rostro del otro nos interpela y nos hace responsables de su existencia. Erich Fromm sostendrá que amar constituye un arte que exige disciplina, conocimiento y compromiso, mucho más que una simple emoción pasajera. Leonardo Boff hablará del cuidado como el principio capaz de garantizar la supervivencia de la humanidad y del planeta. Edgar Morin insistirá en que comprender la condición humana implica reconocer simultáneamente nuestra autonomía y nuestra profunda interdependencia.
Pero cuando leí Cuerpos y almas todavía no conocía a ninguno de esos autores.
Fue la novela la que preparó silenciosamente el terreno para comprenderlos muchos años después.
Mirando retrospectivamente mi propia trayectoria intelectual, no me resulta difícil advertir esa continuidad. Mi interés por la educación de la conciencia, por la ética del cuidado, por la complejidad, por la transdisciplinariedad o por la necesidad de integrar ciencia y humanismo no surgió de manera repentina. Fue madurando lentamente, alimentado por muchas lecturas y muchas experiencias. Sin embargo, estoy convencido de que una de sus primeras semillas fue precisamente esta obra.
Hoy comprendo que aquello que me conmovió con tanta intensidad cuando tenía quince años no fue únicamente la historia de Michel Doutreval.
Fue descubrir que existe otra manera de vivir.
Una manera de vivir donde la inteligencia no se separa de la bondad; donde el conocimiento no pierde de vista la compasión; donde la profesión se convierte en vocación; donde el éxito deja de medirse por el prestigio para comenzar a medirse por el bien que somos capaces de hacer a los demás.
En el fondo, esa es la verdadera revolución que propone Van der Meersch.
Una revolución silenciosa.
No pretende conquistar el mundo mediante la fuerza ni mediante el poder. Aspira únicamente a transformar el corazón humano.
Y quizá por eso continúa siendo una revolución pendiente.
Porque nuestra época necesita con urgencia profesionales excelentes, sin duda, pero necesita todavía más personas buenas; necesita investigadores rigurosos, pero también ciudadanos compasivos; necesita grandes avances científicos, pero, sobre todo, necesita una conciencia capaz de orientar esos avances hacia el servicio de la vida.
Esa es, a mi juicio, la enseñanza más profunda de Cuerpos y almas.
No basta con aprender a curar.
Es necesario aprender a amar.
Y esa sigue siendo, probablemente, la tarea educativa más importante de nuestro tiempo.

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.