KRISIS

Memoria personal de los 60′ (4): mártires y verdugos



Esta emblemática y famosa canción de Violeta Parra data de 1965. La compuso para rendir homenaje a Julián Grimau, el último muerto de Guerra Civil, al que Franco asesinó el 20 de abril de 1963 cuando tenía únicamente 52 años. Es una de tantas canciones prohibidas de las que tuve conocimiento de manera clandestina, a partir de 1972. Ni que decir tiene, que esta canción como muchas otras de las que me enamoré cuando tenía 19 años, hoy me ayudan para re-crear y re-afirmarme en mis más profundas convicciones éticas. Obviamente, en aquella fecha, cuando yo solamente tenía once años y estaba haciendo 1º de bachillerato, no podía saber absolutamente nada de aquel crimen. Un crimen que desencadenó una gran oleada de protestas en toda Europa y para el que pidió clemencia el cardenal Montini, que sería posteriormente el Papa Pablo VI.

        Los sufrimientos que, aquellos luchadores antifranquistas, en una gran mayoría del Partido Comunista de España, de las recién nacidas Comisiones Obreras y de otros partidos y movimientos situados a la izquierda del PCE, tuvieron que soportar fueron auténticamente de un valor y una generosidad extraordinario. Después de tanto tiempo, he llegado al convencimiento de que realmente nunca sabremos reconocer y agradecer lo bastante lo que aquellos hombres y mujeres hicieron por las Libertades Democráticas. De hecho, el pueblo español en las primeras elecciones democráticas les dio la espalda, tanto al PCE como al resto de fuerzas políticas que se situaron a su izquierda. Por eso creo también, que más que un sacrificio, todo aquel caudal de valentía y lucha por la Justicia y las Libertades Democráticas, fue en realidad una auténtica inmolación.

        Volviendo al presente, creo sinceramente que el tiempo histórico que estamos viviendo carece de esa esperanza de largo alcance que yo sentía y compartía con mis compañeros y amigos en aquellos años y que era el alimento que nutría a los jóvenes que luchaban contra el franquismo. Sí, sin duda era una esperanza utópica, pero también activa y revolucionaria, poética y libertaria, social e individual, vibrante y atrevida, ilusionante y desobediente. Sin embargo hoy, más bien creo que el individualismo y la indolencia, el hedonismo y la apatía, la incertidumbre y la desesperanza, la inseguridad laboral y la precariedad, la desigualdad social y la corrupción, el consumismo y la evasión, han creado una gran nube tóxica que nos impide respirar, soñar y en definitiva vivir más humanamente. Pero si además compruebo como día a día, el Planeta es destruido por el apetito insaciable de acumulación, producción y control de las élites capitalistas y financieras así como por nuestro propio modo de vida basado en un voraz consumo, pues no tengo yo mi ánimo para ser optimista. Por eso y a pesar de mi cada vez más corto horizonte, puedo decir de corazón que nunca antes he sentido una necesidad tan imperiosa de seguir adelante y hacer todo lo posible por ser coherente con aquellos valores humanos que descubrí en mi juventud e incorporé a mi manera de pensar, sentir y vivir. Por eso me identifico plenamente con la canción que compuso mi amigo, hermano y camarada Lorenzo Rastrero Bermejo y que siempre llevo en mi mochila de esperanzas.

        Es verdad, me encuentro un tanto desesperanzado, pero no desorientado, por eso utilizo estas ocurrencias de escribir, a ver si así me libero un poco de la nube tóxica y del extraordinario ruido mediático que diariamente tenemos que soportar, dado que todo son denuncias, críticas, crispaciones, enfados, insultos, acusaciones y estupideces. Es como si el lucrativo sensacionalismo de muchos medios nos paralizara y cayéramos en un deprimente estado emocional llegando a la conclusión de que lo que nos sucede no tiene arreglo posible. ¿No será que hay unos poderes económicos, políticos e ideológicos que están muy interesados en que caigamos en este estado de pesimismo, para que ellos puedan imponernos unilateralmente todo aquello que les sirva para mantener su poder y sus fabulosas ganancias? ¿No será que quieren en el fondo convertirnos en corderos que van felices al matadero?

        Seguramente todo esto sea un sentimiento pasajero producido por ese estado emocional de incertidumbre y temor que me provoca la crisis sanitaria de la pandemia del Covid-19. No obstante, el recuerdo de aquellos años también me viene por el efecto desesperanzador que provoca en mí estado de ánimo, el espectáculo de esos políticos rabiosos, calumniadores y maledicentes que no aceptan ni soportan en modo alguno, estar gobernados por primera vez en la historia de nuestra democracia por una Coalición progresista y de izquierda. Y si a esto le sumo, ese clima social de opinión en las redes y en la propia sociedad, de que necesariamente hay que callarse ante las correrías del huido «Emérito» y estarse quietecito sin reclamar nada que huela a República, pues la verdad es que mi esperanza no está precisamente en el mejor momento.

        Esta es la razón por la cual, algunas veces me refugio en todas las experiencias del pasado por las que aposté, para reafirmarme una vez más en los valores éticos de fondo que las animaban. Pero aun así no estoy para nada satisfecho porque no es esta la sociedad que yo soñaba, ni tampoco la que podría haber sido posible gracias a aquel Pacto Constitucional de 1978. Un Pacto, por cierto, que ha sido pervertido, subvertido y traicionado por aquellos que hacen del lucro personal, del prestigio, la corrupción, el carrerismo político, la mentira y la calumnia su forma de vida.

        Es más, algunas veces creo que todo aquello del Pacto Constitucional, visto lo que tenemos hoy, está lleno de no pocas lagunas e incumplimientos. La principal para mí, fue y sigue siendo el hecho de que la Democracia no se interiorizó, no se convirtió en una actitud personal y colectiva de responsabilidad social y solidaridad. Ni incluso la democracia representativa constitucional representa por igual a todos los ciudadanos: puedes tener un millón de votos y por arte de birlibirloque (circunscripción provincial y Ley D’Hondt) todos son echados a la basura. No obstante, hubo no pocas personas que lo dieron todo por la libertad, la igualdad y la democracia y que incluso hubo mártires significados y anónimos que entregaron su vida al servicio de estos valores. Pero claro, ya se sabe lo que pasa con los mártires. Al final siempre es lo mismo. Podemos ensalzar, admirar, adular y aplaudir a un líder, pero después queremos matarlo, bien porque ha sido convertido en demonio por los grandes medios de comunicación de los poderosos y nos lo creemos, o bien porque terminamos pensando que los valores que testimoniaba son impracticables. Y al final aquellos admiradores o seguidores iniciales terminan por condenarlo o por no hacer nada para evitar que lo maten o que lo olviden. Lo decía Martin Luther King, el carismático líder que inició la pacífica lucha contra el racismo en 1962 y que fue asesinado en 1968 cuando solo tenía 39 años.

        También sucede lo contrario. Podemos seguir la corriente de animadversión, rechazo y desprecio de un determinado líder obedeciendo a las corrientes de opinión de los grandes medios de los poderosos («la máquina del fango«), pero después cuando se muere, nos colocamos en la primera fila de su funeral. Y es que muchas veces, nuestro fariseísmo e hipocresía no tiene límites con tal de obtener el aplauso general y «lavarnos las manos» como hizo Pilatos. Es tal la ambición egoica individual y colectiva que nos mueve por ser bien considerados por los demás y por conseguir nuestros objetivos de poder, ya sean estos económicos, políticos o ideológicos, que somos incapaces de reconocer nuestros errores. Esta es la razón por la que creo que siempre debemos hacer memoria y dejar que los hechos hablen por sí mismos.

«…La esperanza es paradójica. No es ni una espera pasiva ni un violentamiento ajeno a la realidad de circunstancias que no se presentarán. Es, digámoslo así, como el tigre agazapado que sólo saltará cuando haya llegado el momento preciso. Ni el reformismo fatigado ni el aventurerismo falsamente radical son expresiones de esperanza. Tener esperanza significa, en cambio, estar presto en todo momento para lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida.Carece, así, de sentido esperar lo que ya existe o lo que no puede ser. Aquellos cuya esperanza es débil pugnan por la comodidad o por la violencia, mientras que aquellos cuya esperanza es fuerte ven y fomentan todos los signos de la nueva vida y están preparados en todo momento para ayudar al advenimiento de lo que se halla en condiciones de nacer…»

Erich Fromm

ERICH FROMM
La Revolución de la Esperanza

7 comentarios sobre «Memoria personal de los 60′ (4): mártires y verdugos»

  1. Es aire fresco que desintoxica de tanta polución engañosa y venenosa que nos rodea
    Es una de las mejores homilías que he escuchado/ leído
    La música que acompaña es impagable
    Profunda
    Esperanzadora
    Que suerte poder leer y escuchar esto

  2. Estoy seguro, conociéndote, que la negatividad y la desesperanza que ahora sientes es un sentimiento pasajero. Tanto es así que has añadido a tu reflexión un luminoso párrafo del libro «La revolución de la esperanza» de Erich Fromm, donde incluye una preciosa metáfora: «La esperanza es como el tigre agazapado que sólo saltará cuando haya llegado el momento preciso». Y añade: «Tener esperanza significa, en cambio, estar presto en todo momento para lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida». Para mí, no obstante, la esperanza es una actitud que necesita el que no ve. Erich Fromm creo que veía, que era un iluminado, que invitaba a superar la enajenación producida por el mercantilismo y recuperar la vida interior. Ahí, en la vivencia interior, no es necesaria la esperanza y, por tanto, no hay riesgo de desesperanza. «Hacer memoria» es bueno, sí, pero es un riesgo si no va acompañada de «hacer el silencio». En la memoria se plantean muchos «por qué» de los que no alcanzamos sus respuestas en la mayoría de los casos y nos producen desasosiego y, lo que es peor, en muchas ocasiones rencores u odios. En el silencio todo alcanza su sentido, todo y todos tienen su razón de existir. Es por eso por lo que los poderes meten tanto ruido mental, creando a la vez miedos, deseos y divisiones, porque lo que más temen es que hagamos el silencio interior. De sobra son conocidos los versos de Teresa de Ávila, nacidos en este silencio de las últimas moradas.

    Nada te turbe,
    Nada te espante,
    Todo se pasa,
    Dios no se muda,

    La paciencia
    Todo lo alcanza;
    Quien a Dios tiene
    Nada le falta:
    Sólo Dios basta

    No creo que hiciera referencia al Dios de la creencia, al temido Dios de las religiones del poder, sino al Dios de la experiencia, al Dios interior que fluye, libera, perdona, compadece y se hace visible en el silencio.

  3. Indudablemente hemos vuelto a fracasar al creer que todo lo que se hizo en el 78 se iba a hacer con la honorabilidad que la izquierda (al menos la izquierda comunista) quiso plasmar en esa Constitución. Hoy nos damos cuenta que fuimos muy gentiles al creer que todo sería una balsa de aceite.
    Por poner solo un ejemplo, la ley de amnistía, pensábamos que principalmente iba a beneficiar a los presos franquistas.
    Hoy podemos ver cómo es un freno, hasta hoy infranqueable para no permitir juzgar a los crímenes del franquismo y a poder dar continuidad a la ley de memoria democrática.
    Amén de la continuidad de los poderes judiciales, que de la noche a la mañana pasaron de ocupar el poder judicial del aparato franquistas a ocupar los distintos poderes judiciales democráticos tan sólo con cambiarle el nombre.

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