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UNA LLAMADA AL AMOR (9).
Cuatro verdades.




INFELICIDAD Y APEGOS
Meditación 9
«…Arrepentíos, porque el Reino de Dios está cerca…»
(Mt 4,17)
Imagina que tienes un receptor de radio que, por mucho que gires el dial, sólo capta una emisora. Por otra parte, no puedes controlar el volumen: unas veces, el sonido apenas es audible; otras, es tan fuerte que te destroza los tímpanos. Y, además, es imposible apagarla y, aunque a veces suena bajo, de pronto se pone a sonar estruendosamente cuando lo que quieres es descansar y dormir. ¿Quién puede soportar una radio que funciona de semejante modo? Y, sin embargo, cuando tu corazón se comporta de un modo parecido, no sólo lo soportas, sino que lo consideras normal y hasta humano Piensa en las numerosas veces que te has visto zarandeado por tus emociones, que has sufrido accesos de ira, de depresión, de angustia, cuando tu corazón se ha empeñado en conseguir algo que no tenías, o en aferrarte a algo que poseías, o en evitar algo que no deseabas. Estabas enamorado, por ejemplo, y te sentías rechazado o celoso; de pronto, toda tu mente y tu corazón empezaron a centrarse exclusivamente en este hecho, y el banquete de la vida se trocó en cenizas en tu boca. O estabas empeñado en ganar unas elecciones, y el fragor del combate te impedía escuchar el canto de los pájaros: tu ambición ahogaba cualquier sonido que pudiera «distraerte». O te enfrentabas a la posibilidad de haber contraído una grave enfermedad, o a la pérdida de un ser querido, y te resultaba imposible concentrarte en cualquier otra cosa… En suma, en el momento en que te dejas atrapar por un apego, deja de funcionar ese maravilloso aparato que llamamos «el corazón humano». Si deseas reparar tu aparato de radio, tienes que estudiar radioelectrónica. Si deseas reformar tu corazón, tienes que tomarte tiempo para pensar seriamente en cuatro verdades liberadoras. Pero antes elige algún apego que te resulte verdaderamente inquietante, algo a lo que estés aferrado, algo que te inspire temor, algo que ansíes vehementemente… y ten presente ese apego mientras escuchas tales verdades. Primera verdad: debes escoger entre tu apego y la felicidad. No puedes tener ambas cosas. En el momento en que adquieres un apego, tu corazón deja de funcionar como es debido, y se esfuma tu capacidad de llevar una existencia alegre, despreocupada y serena. Comprueba cuan verdadero es esto si lo aplicas al apego que has elegido. Segunda verdad: ¿De dónde te vino ese apego? No naciste con él, sino que brotó de una mentira que tu sociedad y tu cultura te han contado, o de una mentira que te has contado tú a ti mismo, a saber, que sin tal cosa o tal otra, sin esta persona o la de más allá, no puedes ser feliz. Simplemente, abre los ojos y comprueba la falsedad de semejante aserto. Hay centenares de personas que son perfectamente felices sin esa cosa, esa persona o esa circunstancia que tú tanto ansias y sin la cual estás convencido de que no puedes ser feliz. Así pues, elige entre tu apego y tu libertad y felicidad. Tercera verdad: si deseas estar plenamente vivo, debes adquirir y desarrollar el sentido de la perspectiva. La vida es infinitamente más grande que esa nimiedad a la que tu corazón se ha apegado y a la que tú has dado el poder de alterarte de ese modo. Una nimiedad, sí, porque, si vives suficiente, es muy fácil que algún día esa cosa o persona deje de importarte… y hasta puede que ni siquiera te acuerdes de ella, como podrás comprobar por experiencia. Hoy mismo, apenas recuerdas aquellas tremendas tonterías que tanto te inquietaron en el pasado y que ya no te afectan en lo más mínimo. Y llegamos a la cuarta verdad, que te lleva a la inevitable conclusión de que ninguna cosa o persona que no seas tú tiene el poder de hacerte feliz o desdichado. Seas o no consciente de ello, eres tú, y nadie más que tú, quien decide ser feliz o desdichado, según te aferres o dejes de aferrarte al objeto de tu apego en una situación dada. Si reflexionas sobre estas verdades, puede que tomes conciencia de que tu corazón se resiste a ellas o que, por el contrario, busca razones en su contra y se niega a tomarlas en consideración. Será señal de que tus apegos no te han hecho aún sufrir lo bastante como para desear realmente reparar tu «radio espiritual». También es posible que tu corazón no se resista a dichas verdades; en tal caso, alégrate de ello: es señal de que el arrepentimiento, la «remodelación» de tu corazón, ha comenzado, y de que, al fin, el reino de Dios —la vida reconfortantemente despreocupada de los niños— se ha puesto a tu alcance, y estás a punto de tocarlo con los dedos y tomar posesión de él.

Comentario
Hay textos que uno relee a lo largo de los años y descubre, cada vez, una capa distinta. Este pasaje de De Mello sobre las cuatro verdades es uno de esos. La primera vez que lo lees te sacude. La segunda, te interroga. La tercera, empiezas a discutir con él. Y creo que esa discusión es, justamente, lo que él esperaba de quien lo leyera: no admiración sino conversación honesta.
Sobre el texto evangélico introductorio
Estoy convencido de que más, mucho más que arrepentimiento, lo que necesitamos realmente para nuestro desarrollo personal y espiritual, es sencillamente la aceptación. Sí, sí, aceptación porque si, por ejemplo, se te presenta una grave enfermedad, lo peor que puedo hacer es adoptar una actitud de negación o de resignación y autoconmiseración. Nadie, que yo conozca, desea ser compadecido o considerado objeto de lástima por los demás dado que mi dignidad, nuestra dignidad se mezcla y termina con ese sentimiento que nos hace creer y sentir que somos unos desgraciados. La aceptación, no es pues ni conformidad, como tampoco resignación, significa simplemente asumir que las cosas son como son independientemente de que las comprendas o no. Esta es la razón por la que creo que ese mensaje evangélico sobre el arrepentimiento que precede a la reflexión nº 9 de Anthony de Mello, no me gusta en absoluto.
Se supone que arrepentirse de algo significa asumir la culpa de que hicimos algo mal, perjudicial o dañino para alguien o para nosotros mismos, y que, si estuviésemos en una situación similar, lo cual es imposible porque el pasado no se repite jamás, pues intentaríamos hacer las cosas bien. Pero claro, esto es realmente muy difícil, primero porque todo cambia, nuestras circunstancias y nosotros mismos y segundo porque puede suceder que estemos atrapados o bloqueados por rutinas emocionales, pensamientos irracionales y nuevos apegos que nos impiden actuar con conciencia y libertad. Por eso entiendo, que a la edad que tengo, arrepentirme de lo que he, hecho como presuntamente malvado a los ojos de la sociedad, de las costumbres o de la ideología dominante y que a mí me parecía bueno en aquel instante, es algo absolutamente superfluo por no decir estúpido.
No puedo negar, en este sentido, que el arrepentimiento puede tener y de hecho tiene una función terapéutica en el sentido de que es como una especie de mensaje que nos previene de los naturales sentimientos de culpabilidad, que obviamente tienen que tener un límite. Por eso comprendo ahora muy bien que aquello que me enseñaron en el catecismo católico cuando era niño, repitiendo hasta el cansancio “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, es desde mi punto de vista el mayor atentado que se puede hacer en una mente infantil que todavía no tiene la capacidad de discernir y de pensar con su propia cabeza. No hay que olvidar en este sentido, que una gran parte del éxito de las religiones y en especial de la católica que yo viví de niño y de adolescente, consiste precisamente en generar y producir miedo y culpabilidad, al mismo tiempo que se confía en un personaje supraterrenal que para nada interviene en los asuntos humanos.
Por tanto, eso de arrepentirse, pues es algo que tendré que decidir yo a mi manera. Perto vamos a ver ¿Por qué tengo yo que arrepentirme? ¿De qué tiene un niño que arrepentirse? ¿O es que acaso siempre va a estar detrás de nosotros ese dios vengativo, cruel y justiciero del que nos han hablado siempre los sacerdotes como intérpretes exclusivos y únicos de los mensajes bíblicos y evangélicos?
Pero, además, ese mensaje evangélico dice que me tengo que arrepentir porque “El Reino de Dios está cerca”. Pero vamos a ver, ¿De qué Reino de Dios habla el evangelista? de ese que vendrá de los cielos, no se sabe cuándo ni donde, a redimirnos de nuestras debilidades y a traer paz y bienestar solamente a unos supuestamente elegidos que son obedientes fieles y sumisos. La verdad es que este mensaje no hay por donde cogerlo y si se coge por algún sitio es para aumentar permanentemente nuestra culpabilidad individual y disminuir la responsabilidad social, colectiva e individual de un sistema social rebosante y pletórico de injusticias por cualquier sitio que se le mire. Ahora bien, si de lo que se trata de es construir “Un Reino” aquí en la Tierra, es decir, una sociedad justa, fraterna y solidaria , la cuestión del arrepentimiento cambia, no por la culpabilidad que pueda generar, sino por la ineludible y ya urgente necesidad de hacer lo que haga falta para que la justicia social sea una realidad y la vida en toda su extensión este garantizada. Así que, de esperar Reinos de Dios celestiales nada de nada y de arrepentirme no vaya a ser que venga el Reino de Dios y me condene eternamente al infierno, pues que disfruten los creyentes con sus culpabilidades y arrepentimientos, pero conmigo que no cuenten.
Por otro lado, y como nos dijo Leon Tolstoi (1828-1910) en su famoso libro “El Reino de Dios está en vosotros“, el cambio social, jamás podrá conseguirse mediante revoluciones violentas o por la imposición de nuevas formas de gobierno, sino que debe provenir de una transformación interior en cada individuo. Cuando las personas viven de acuerdo con los principios del Reino de Dios —amor, paz, y justicia—, el cambio social será una consecuencia natural de esa transformación. Para Tolstoi el “Reino de Dios” no es un lugar físico ni una realidad externa que se impondrá algún día, sino un estado espiritual que reside en el corazón de cada persona. Para Tolstói, vivir según los preceptos cristianos es acceder al Reino de Dios aquí y ahora, en nuestras acciones cotidianas y relaciones con los demás. En consecuencia, sin la existencia y la práctica continuada de virtudes y valores éticos, es decir sin una profunda transformación interior, jamás conseguiremos una transformación exterior. En este sentido, si efectivamente el Reino de Dios está en nuestro interior, sí me es posible entender el arrepentimiento, no como un acto de autoculpabilización sino como un esfuerzo por cuestionar, reciclar, remodelar y transformar nuestro pensamiento y nuestra conducta.
Sin embargo, aunque este texto evangélico que Anthony de Mello utiliza para introducir su mensaje no me parece de ninguna manera adecuado, creo que al final encuentra sentido y significado en la medida en que propone cuatro estrategias para cambiar nuestro chip mental, que como sabemos es el producto de nuestros condicionamientos y nuestros apegos. Desde esta perspectiva, creo entender que De Mello nos ofrece varias propuestas que deberían convertirse, desde mi punto de vista, en prácticas de saneamiento mental.
La radio averiada; una imagen que abre y otra que estrecha
La metáfora del corazón como radio averiada tiene fuerza. Cualquiera que haya pasado una noche en vela por una conversación que se torció, o que haya repasado mil veces una escena que ya no se puede cambiar, reconoce el zumbido incontrolable del que habla. La imagen funciona porque desnaturaliza algo que aceptamos como inevitable. «Así somos los humanos», decimos resignados. Y De Mello replica: no, no necesariamente.
Pero la metáfora también tiene su trampa. Una radio averiada se arregla o se cambia. El corazón humano no es un aparato. Cuando alguien acaba de perder a su madre y no puede dejar de pensar en ella, no tiene una radio averiada: tiene un duelo. Y el duelo no es un fallo del sistema, es el sistema funcionando exactamente como debe. Si no doliera, sería preocupante.
Aquí aparece mi primera fricción con De Mello: a veces escribe como si todo aferramiento fuera patológico. Y no lo es. Hay aferramientos que son la manera honesta del corazón de decir «esto importa». El padre que no puede dormir porque su hijo está enfermo no tiene un problema espiritual. Tiene un hijo enfermo.
Primera verdad: elegir entre el apego y la felicidad
De Mello dice que no se pueden tener las dos cosas. Aquí hay que afinar mucho.
Es verdad que cuando uno se aferra a que las cosas sean exactamente de un modo, deja de poder estar bien. Eso ocurre en mil escenas pequeñas: el atasco que arruina una mañana porque «no tendría que haber atasco a esta hora», la cena familiar amargada porque «mi cuñado no debería haber dicho eso», la jubilación que se vive como condena porque «yo todavía sirvo para mucho más». La rigidez con la que pedimos al mundo que se ajuste a nuestros guiones, esa sí, nos amarga la vida sistemáticamente.
Pero «elegir entre apego y felicidad» como fórmula universal es problemático. Hay vínculos que no se eligen y de los que no se debe uno desapegar. Una madre que cuida a un hijo con discapacidad severa no debería trabajarse el desapego de su hijo. Un compañero que cuida a su pareja con Alzheimer no debería buscar la libertad del corazón que le permita tomarse las cosas a la ligera. En esos casos, el «apego» no es enfermedad: es fidelidad.
Lo que De Mello probablemente quería decir, y a veces formula con mayor precisión en otros pasajes, es que el problema no son los vínculos sino las exigencias inconfesadas que ponemos sobre ellos. No el amor por el hijo, sino la pretensión de que el hijo nos haga sentirnos buenos padres. No el cuidado de la pareja, sino la rabia secreta porque nuestra vida ya no es la que íbamos a tener. La distinción importa. Sin ella, su mensaje se vuelve frío y un poco inhumano.
Segunda verdad: el apego viene de una mentira
Aquí De Mello acierta y a la vez se queda corto.
Acierta en que muchísimos de nuestros aferramientos vienen de relatos que nos han contado y que nunca examinamos. «Si no me caso antes de los treinta, mi vida estará incompleta». «Si no llego a director, no habré hecho nada de provecho». «Si mis hijos no estudian una carrera, soy un fracaso como padre». Mentiras sociales, sí. Y vale la pena examinarlas.
Pero su solución —«abre los ojos y comprueba la falsedad»— es demasiado rápida. Como si bastara con verla. Cualquiera que haya intentado dejar de fumar, dejar a una pareja que le hace daño, soltar una rabia heredada, sabe que ver la mentira y soltarla no son lo mismo. A veces uno ve la mentira con perfecta claridad durante años y sigue prisionero de ella. La conciencia precede al cambio, sí, pero no lo asegura.
Esto es importante para no convertir el mensaje de De Mello en una nueva forma de culpa: «si todavía sufres es porque no has visto la mentira». No. A veces se ha visto, y aun así se sufre, porque el cuerpo, la historia, los miedos, las heridas viejas, no se desmontan con un clic intelectual. Hace falta tiempo, acompañamiento, a veces terapia, a veces toda una vida.
Tercera verdad: la perspectiva
Esta es la verdad de las cuatro que más limpiamente sostiene su peso. El sentido de la perspectiva sí es liberador, y casi siempre.
Cualquiera que tenga unos años a sus espaldas puede hacer el experimento que propone De Mello: recordar las angustias que tuvo a los veinte. La chica que no le hizo caso, el examen que parecía decisivo, el comentario que le hirió en la oficina. ¿Dónde está ahora aquello? La mayoría son humo. Y si los miramos sin amargura, hasta resultan tiernos.
La perspectiva no resuelve, pero relativiza. Y casi todo lo que nos hace sufrir agudamente está a la espera de ser relativizado por el tiempo o por la imaginación.
Aquí sí me quedo con De Mello sin reservas. Vivir con perspectiva —recordar que somos pequeños, que pasaremos, que nuestros dramas serán polvo— es un antídoto antiguo y eficaz. No frío: liberador.
Cuarta verdad: nadie más que tú puede hacerte feliz o desdichado
Esta es la más delicada. Y la más fácil de manipular.
Hay un sentido en el que es profundamente verdadera: el mismo acontecimiento puede vivirse como tragedia o como aprendizaje, y eso no depende del acontecimiento sino de quien lo recibe. Dos personas pierden el mismo trabajo: una se hunde un año, otra usa el empujón para reinventarse. La diferencia no está en el despido, está dentro.
Pero llevada al extremo —y De Mello a veces la lleva ahí—, esta verdad se vuelve cruel. Si aplicamos sin matiz la fórmula «nadie más que tú decide ser feliz o desdichado» a una mujer maltratada, a un niño abusado, a un trabajador explotado, a un pueblo bajo bombas, lo que producimos es una espiritualidad obscena que culpa a las víctimas de su sufrimiento. «Si sufres es que no has trabajado tu interior». No. A veces sufres porque te están haciendo daño, y lo que toca no es trabajar tu interior sino que pare el daño.
Aquí está, para mí, el punto donde De Mello necesita ser leído junto a otras voces, no solo. Porque su tradición —la espiritualidad del desapego— funciona maravillosamente para enfermedades del primer mundo: el ejecutivo ansioso, el académico atormentado por su prestigio, el jubilado que no acepta envejecer. Funciona peor para realidades de injusticia estructural, donde el problema no está dentro sino fuera, y la solución no es interior sino política.
No es que De Mello no lo supiera. Es que su enfoque, leído sin contrapesos, puede usarse como sedante: «todo está en tu cabeza, no hay nada que cambiar fuera». Y eso, sencillamente, no es verdad.
Entonces, ¿dónde colocar a De Mello?
Yo lo pondría en una repisa concreta: la del trabajo personal sobre los aferramientos pequeños y medianos que efectivamente nos amargan la vida sin razón seria. Para soltar la obsesión por el qué dirán, la rabia con un familiar, el ego herido por una crítica, la avaricia disimulada con la que perseguimos cosas que ni siquiera nos gustan, De Mello es maestro. Despeja, ventila, devuelve aire al pulmón.
Pero para los grandes dolores —los duelos verdaderos, las enfermedades, las injusticias, las heridas de infancia— De Mello solo no basta. Hace falta acompañamiento humano, escucha lenta, a veces terapia profesional, a veces lucha social, a veces simplemente tiempo. Para los grandes dolores, la espiritualidad sin psicología profunda, sin abrazo concreto, sin compromiso transformador, se vuelve ingenua o, peor, dañina.
Lo que me llevo
Me llevo, sobre todo, la imagen de la radio averiada. Es útil. La próxima vez que me sorprenda dándole vueltas a algo durante horas, voy a preguntarme si estoy escuchando una emisora que no controlo. Y a veces voy a poder bajar el volumen.
Me llevo también la pregunta de la segunda verdad, despojada de su prisa: ¿esto que persigo, lo persigo porque de verdad lo quiero, o porque alguien me dijo que sin ello no soy nadie? Pregunta higiénica. Hay que hacérsela cada cierto tiempo, como quien limpia armarios.
Me llevo la tercera verdad sin reservas. El humor sobre uno mismo, la conciencia de la propia pequeñez, son buena medicina.
Y de la cuarta me llevo solo su mitad: que mi modo de recibir lo que me pasa es responsabilidad mía, dentro de los márgenes de mi historia y de mis fuerzas. Pero rechazo la otra mitad: la idea de que todo está dentro y nada fuera. Hay realidades que no son problemas espirituales sino problemas reales, y para esos hace falta otra cosa.
De Mello no es un santo ni un gurú infalible. Es un compañero útil para el viaje, con sus aciertos espléndidos y sus puntos ciegos. Leerlo así, con cariño y con discrepancia, es probablemente el mayor homenaje que se le puede hacer. Porque él mismo, en sus mejores páginas, pedía exactamente eso: que no le creyéramos, que verificáramos.
Si estamos apegados al poder, a las personas, al dinero, a las propiedades materiales, a las creencias o a cualquier otra cosa que nos produzca preocupación, desasosiego, ansiedad, estrés y emociones destructivas es imposible que podamos vivir y sostener momentos y estados de alegría, porque la felicidad, ya si eso, vaya usted a saber cómo cada uno la entiende. En este sentido, sigo pensando que buscar la felicidad es una tarea de estúpidos, sobre todo cuando la buscamos en todo aquello que está fuera de nosotros.
Identificar cuáles son y cuál es el origen de nuestros apegos, puede conducirnos y lo digo por experiencia propia al descubrimiento de que cada ser humano siempre tiene la posibilidad de cambiar y de transformarse interiormente haciendo posible conseguir estados de ánimo cada vez más positivos. Esto no quiere decir, claro está, que las condiciones materiales y existenciales concretas a la larga y a la corta determinan nuestros estados emocionales. Es sin duda muy fácil para mí escribir esto desde una situación de bienestar material privilegiada. Dicho más brevemente: se resuelven las flagrantes injusticias de la desigualdad social, el hambre. la discriminación social y se eliminan los dogmas e ideologías reproductoras de estas, o aquí no hay nada que hacer. Por eso me gusta decir que la toalla no hay que tirarla nunca y que la lucha por la dignidad humana no se termina nunca.
Desarrollar nuestra capacidad para descentrarnos de los acontecimientos adquiriendo una visión de perspectiva y aceptando, claro está, que todo lo que existe, todo lo que nos sucede y todo lo que nos preocupa está siempre en constante cambio y sometido al principio de impermanencia, Por tanto, el apego y sus derivaciones de ansiedad, preocupación, inquietud, angustia y estrés se disolverá cuando nos demos cuenta de que efectivamente todo cambia y nada es eterno.
Afirmar nuestra dignidad reconociéndonos como seres capaces de establecer objetivos y metas, tomar decisiones y realizar acciones conducentes a conseguir estados mentales de alegría, serenidad, sosiego, paciencia y una felicidad que únicamente nace de nuestro interior y del gozo que surge de la coherencia y la unidad entre lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos.
Claro, claro que ese Reino de Dios de justicia, bondad, igualdad, fraternidad y solidaridad está cerca. Ten cerca, que está en nuestro interior y nadie puede sustituirnos en la necesaria tarea de conquistarlo y gozarlo.
Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y si es de tu interés, difunde por favor.
Camas (Sevilla) a 18 de octubre de 2023.
Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.