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Muerte, genocidio y destrucción en las Américas: el genocidio español
A lo largo de todo este mes de mayo estoy entretenido en estudiar en profundidad los Fundamentos Filosóficos de la Conciencia en el siglo XVI europeo, todo con el fin de preparar el volumen 10 de la serie “Educación Transdisciplinar” en la que vengo trabajado desde 2018. Y como es obvio, me he detenido ampliamente en analizar lo que fue la conquista de las Américas y el impacto que esta “conquista” tuvo en el siglo XVI y en los siguientes.
Así y al compás de mis estudios, me he encontrado en la prensa con que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, estaba realizando un viaje institucional a México, país que he tenido la oportunidad de conocer y sobre todo de visitar su impresionante Museo Nacional de Antropología, visita que me produjo un impacto emocional enorme porque comprendí, en vivo y en directo, el valor extraordinario y la trascendencia de las civilizaciones precolombinas, que España se encargó de destruir y someter mediante el más salvaje y criminal de los genocidios coloniales. En consecuencia, te invito expresamente a que lo visites cuando puedas o al menos accedas a su Web.
Obviamente mi reacción ante las descerebradas declaraciones de Ayuso me produjo una profunda indignación, ya que en su conjunto son todo de mentiras, ingratitud, ausencia total de empatía y enorme desconocimiento de nuestra historia, además de una falta de respeto descomunal al pueblo de México.
En su visita, Isabel Díaz Ayuso realizó una defensa explícita de Hernán Cortés y de la conquista española de América, rechazando las críticas históricas sobre el colonialismo y negándose a asumir discursos de “perdón” por la actuación española en el siglo XVI. Ayuso afirmó que la historia entre España y México no debía interpretarse como “cinco siglos de odio”, sino como una historia común basada en el mestizaje, la lengua y la cultura compartida. Entre sus frases más difundidas estuvieron: “No vamos a renegar de todo lo que hizo España” y “Habría que ser muy zotes para odiarnos y compartir los apellidos”. Las declaraciones fueron realizadas en el contexto de actos vinculados a la llamada “Hispanidad” y al musical Malinche de Nacho Cano, quien también defendió públicamente a Cortés y llegó a definirlo como “fundador de México”. Ayuso reivindicó el legado español en América como origen de una gran comunidad cultural y lingüística, insistiendo en que España llevó instituciones, universidades, lengua y civilización al continente americano.
Obviamente, estas declaraciones provocaron una fuerte polémica política y diplomática en México. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, respondió criticando las posiciones que glorifican la conquista y afirmando que quienes reivindican a Cortés “están destinados a la derrota”. También hubo protestas de colectivos indígenas y críticas desde sectores académicos, culturales y políticos mexicanos, que interpretaron las declaraciones como una banalización de la violencia colonial, las masacres indígenas y el proceso de dominación española.
En España, las declaraciones de Ayuso también generaron polémica. Sectores de la derecha extrema y de la extrema derecha defendieron la reivindicación del legado español y del mestizaje hispánico, mientras que desde la izquierda se acusó a Ayuso de promover una visión revisionista y apologética de la conquista. Incluso, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, criticó el viaje afirmando que Ayuso había ido a México “a dar lecciones de historia” y había terminado generando un conflicto innecesario.
Pues bien, a partir de todo esto, mientras yo estaba dedicado al estudio de la filosofía de la conciencia en el siglo XVI, redacté un texto que hace referencia precisamente a la conquista y la colonización de América, que casi con toda seguridad la mayoría de la ciudadanía desconoce. En consecuencia, ofrezco a continuación el texto que formará parte del volumen 10 de mi colección de Educación Transdisciplinar.
Cuando los navíos de Castilla tocan las costas de las Antillas en 1492, lo que comienza no es solamente «el descubrimiento del Nuevo Mundo», fórmula edulcorada que aún hoy domina los manuales escolares europeos, sino aquello que Enrique Dussel 1 Ref.DUSSEL, Enrique. 1492: el encubrimiento del Otro: hacia el origen del mito de la modernidad. Madrid: Nueva Utopía, 1992. ha nombrado con precisión filosófica como «el encubrimiento del otro»: la negación sistemática —teológica, jurídica, antropológica, económica— de la humanidad plena de los pueblos amerindios y, en cascada, de los africanos esclavizados y de los pueblos asiáticos sometidos. La Bula Inter caetera de Alejandro VI (1493) reparte el mundo entre Castilla y Portugal como si los territorios y los pueblos que en ellos habitan no fueran sujetos sino objetos disponibles para la conquista cristiana. El Requerimiento de Palacios Rubios (1513) exige a los indígenas, en un latín que no comprenden, que se sometan voluntariamente al rey de Castilla y a la fe católica bajo pena de guerra justa, esclavización y muerte.
En este panorama aparecen las denominadas “encomiendas”, auténticas instituciones coloniales implantadas por la Corona española en América mediante las cuales se concedía a un encomendero el derecho a recibir tributo y trabajo de un grupo de indígenas, a cambio de protegerlos, evangelizarlos y garantizar su instrucción cristiana. En la práctica, estas “encomiendas” derivaron en formas de explotación laboral y dominación social sobre la población indígena.
A su vez, aparecieron también los llamados “repartimientos” sistemas coloniales de asignación temporal de mano de obra indígena establecidos por las autoridades españolas en América, mediante los cuales comunidades indígenas debían proporcionar trabajadores para labores agrícolas, mineras o de construcción. Aunque jurídicamente se presentaban como trabajo remunerado y regulado, en la práctica fueron en realidad un procedimiento de coerción y explotación brutal.
También en el siglo XVI apareció en la actual Bolivia la conocida como “la mita de Potosí”, todo un sistema colonial de trabajo forzoso impuesto por la Corona española en el siglo XVI para explotar las minas de plata del Cerro Rico de Potosí (actual Bolivia), obligando a miles de indígenas andinos a trabajar en condiciones extremadamente duras y mortales, razón por la que la historiografía la ha denominado frecuentemente “mita asesina”.
A todas estas estrategias de dominación y explotación criminal y salvaje hay que sumar también la trata transatlántica de esclavos africanos, todo un sistema de comercio forzoso desarrollado desde el siglo XVI por potencias europeas como España, Portugal, Inglaterra, Francia y Holanda, mediante el cual millones de africanos fueron capturados, vendidos y transportados en condiciones inhumanas hacia América para ser explotados como mano de obra esclava en minas, plantaciones y otros trabajos coloniales. Una trata que se inicia en el siglo XVI como respuesta a la mortandad catastrófica de la población amerindia, con lo cual se articula todo un sistema económico, jurídico y simbólico de explotación racializada que es el verdadero suelo histórico del capitalismo emergente. Ningún humanismo, ninguna mística, ninguna Reforma del siglo XVI puede ser comprendida éticamente si se desprende de este suelo.
Las cifras del genocidio amerindio son objeto todavía hoy de debate historiográfico, pero las estimaciones más prudentes coinciden en lo esencial: de los entre sesenta y ochenta millones de habitantes que poblaban el continente americano antes de 1492, no quedaban más de cinco o diez millones un siglo después. La conjunción mortífera de epidemias importadas, guerras de conquista, esclavización masiva, hambrunas provocadas por la destrucción de los sistemas agrarios tradicionales y suicidio colectivo ante el horror, produjo lo que David Stannard ha llamado, sin hipérbole, el American holocaust 2 Ref.STANNARD, David E. American Holocaust: The Conquest of the New World. New York: Oxford University Press, 1992.. La denuncia profética de Bartolomé de las Casas, no es una hipérbole barroca: es el primer gran testimonio occidental de un crimen contra la humanidad cuyas dimensiones todavía hoy nos cuesta abarcar 3 Ref.LAS CASAS, Bartolomé de. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Ed. André Saint-Lu. Madrid: Ediciones Cátedra, 2023..
Y mientras todo esto sucede en América, al otro lado del océano, en Europa el mismo siglo XVI asiste al despliegue de los procesos que Karl Marx llamó la acumulación originaria del capital 4 Ref.MARX, Karl. El capital: crítica de la economía política. Libro I: el proceso de producción del capital. Traducción de Pedro Scaron. 8. ed. Madrid: Siglo XXI Editores, 2008. y que Silvia Federici, en su lectura feminista y decolonial de Calibán y la bruja, ha articulado como la triple violencia fundadora del orden moderno 5 Ref.FEDERICI, Silvia. Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traducción de Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza. Madrid: Traficantes de Sueños, 2010..
La primera violencia fundadora del orden moderno iniciado en el XVI, fueron para Federici, los cercamientos de las tierras comunales en Inglaterra —denunciados por Tomás Moro en la Utopía con la imagen sobrecogedora de las «ovejas que devoran hombres»—En Utopía, Tomás Moro (1478-1535) pone en boca del personaje Rafael Hitlodeo una de las metáforas sociales más célebres de la modernidad temprana: “Vuestras ovejas, que suelen ser tan mansas y comer tan poco, han empezado a ser tan voraces y feroces que devoran incluso a los hombres”. La imagen es deliberadamente paradójica y simbólica, porque las ovejas no devoran literalmente personas. Lo que realmente “devora” a los hombres es el nuevo sistema económico que comenzaba a imponerse en la Inglaterra del siglo XVI. Moro denuncia así cómo la expansión de la economía lanera y la creciente rentabilidad del comercio de la lana llevaron a muchos grandes propietarios a expulsar campesinos de las tierras comunales para convertirlas en pastos destinados a las ovejas. Detrás de esas ovejas aparece, por tanto, la codicia de los terratenientes y el nacimiento de un orden económico basado en la acumulación privada y el beneficio. Las ovejas simbolizan un sistema que sacrifica vidas humanas, destruye comunidades campesinas y subordina la sociedad a la lógica del lucro. Así, los campesinos son desprovistos de sus medios de subsistencia y producen, por primera vez en la historia, el proletariado urbano moderno.
Una segunda violencia del orden moderno iniciado en el siglo XVI es para Federici “La caza de brujas“, que entre 1450 y 1750 enviará a la hoguera a decenas de miles de mujeres en Europa. No se trata de un residuo medieval, como largamente se nos enseñó, sino un dispositivo específicamente moderno de disciplinamiento del cuerpo femenino, de expropiación del saber popular reproductivo y de imposición violenta de la división sexual del trabajo.
Por último la tercera violencia social y estructural que se inaugura en el siglo XVI, fue la llamada «revolución de los precios», alimentada por la plata robada en Potosí y el oro arrancado a los pueblos amerindios, transformando así las economías europeas y consolidando una burguesía mercantil y financiera que será el sujeto histórico del orden capitalista venidero. En estos mismos años, las teologías de la prosperidad calvinistas comienzan a santificar como signo de elección divina aquello que la moral cristiana tradicional había considerado vicio: el lucro, la acumulación, la usura disimulada como es el caso de las doctrinas evangelistas que hoy sostienen la presidencia de Donald Trump. La transmutación de valores está en marcha. El siglo XVI no consolida solamente la conciencia crítica y grandes obras del arte y la cultura: consolida también, sin que sus mejores espíritus alcancen a verlo, los altares del nuevo dios Mercado y de su liturgia, el Capitalismo, ante los cuales todavía hoy son sacrificadas vidas humanas, pueblos enteros y biosferas.
A esto debe sumarse, con dolor y con honestidad, que el siglo XVI es también el siglo en que se elabora teológica y jurídicamente la legitimación de la esclavitud africana, que ningún humanista significativo —ni Erasmo, ni Vives, ni Vitoria, ni siquiera el primer Las Casas, que llegó a proponer la importación de esclavos negros como alternativa a la esclavización de los indígenas y se arrepintió amargamente después— supo o quiso impugnar con la radicalidad que la cuestión exigía. No hay que olvidar tampoco, que el siglo XVI, es también el siglo en que la Europa cristiana expulsa a sus minorías —judíos en 1492, moriscos a comienzos del XVII—, en que la Inquisición convierte la sospecha y la delación en mecanismos cotidianos de gobierno, y en que las guerras de religión inauguran, entre 1562 y 1648, casi un siglo de violencia confesional que dejará a Europa demográficamente devastada.
Aníbal Quijano lo formuló con una contundencia que ya no podemos eludir: la modernidad nace colonial-moderna desde su mismo origen. No hay una modernidad luminosa que después, lamentablemente, se prolongue en colonialismo y capitalismo: la modernidad europea es, en su misma estructura constitutiva, inseparable de la colonialidad del poder, del saber y del ser 6 Ref.QUIJANO, Aníbal. “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”. In: LANDER, Edgardo (comp.). La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires: CLACSO, 2000. p. 201-246.. Walter Mignolo ha hablado, en una expresión que da título a uno de sus libros mayores, del «lado oscuro del Renacimiento» 7 Ref.MIGNOLO, Walter D. La idea de América Latina: la herida colonial y la opción decolonial. Barcelona: Gedisa, 2007.. Immanuel Wallerstein, desde otra tradición teórica, ha mostrado cómo el sistema-mundo moderno se constituye en el siglo XVI como sistema-mundo capitalista de centro y periferia 8 Ref.WALLERSTEIN, Immanuel. El moderno sistema mundial. Vol. I: La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI. Traducción de Antonio Resines. Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1979.. Boaventura de Sousa Santos ha denunciado el epistemicidio que acompañó al genocidio físico: la destrucción sistemática de las cosmovisiones, las medicinas, las pedagogías, las espiritualidades de los pueblos originarios, considerados a priori como saberes inferiores o supersticiones 9 Ref.SANTOS, Boaventura de Sousa. Una epistemología del Sur. Madrid: Siglo XXI de España Editores, 2014.. Estas lecturas, lejos de ser añadidos críticos a una historia esencialmente luminosa, son la otra mitad —la mitad ocultada— de la historia, sin la cual la primera mitad resulta sencillamente falsa.
Hay que decir más, y subrayarlo. Las estructuras inauguradas en el siglo XVI no son cosa del pasado remoto. La trata transatlántica de esclavos no terminó hasta finales del XIX. La colonización efectiva de África no culminó hasta principios del XX, con la Conferencia de Berlín (1884-1885) y el reparto científico-militar del continente entre las potencias europeas. El régimen de las plantaciones, los genocidios coloniales —Congo belga, Namibia herero, Argelia, Indonesia— se prolongaron hasta bien entrado el siglo XX. Y la extracción colonial de recursos del Sur global hacia el Norte global continúa hoy bajo nuevas formas: deuda externa, tratados desiguales de comercio, expolio ecológico, expulsión migratoria, fuga de cerebros. El extractivismo neoliberal contemporáneo, la crisis ecológica planetaria que amenaza la habitabilidad misma de la Tierra, el racismo estructural que sigue marcando las sociedades occidentales y latinoamericanas, son consecuencias directas y todavía vigentes del modelo de civilización que el siglo XVI puso en marcha. Cuando hoy hablamos de Antropoceno o, con mayor precisión, de Capitaloceno (Jason Moore), estamos hablando de un proceso que tiene quinientos años y cuyo punto de arranque histórico podemos fechar, con razonable exactitud, en torno a 1492.
En definitiva, no podemos escribir sobre el siglo XVI como si fuéramos solamente los herederos de las grandes figuras como Erasmo de Rotterdam, de Francisco de Vitoria, de Teresa de Jesús y de Giordano Bruno; somos también, querámoslo o no, los herederos de quienes firmaron las Capitulaciones de Santa Fe, de quienes diseñaron las encomiendas, de quienes financiaron la trata, de quienes pusieron a sus dioses a bendecir el saqueo. Y solamente asumiendo lúcidamente esa doble herencia —luminosa y oscura, fecunda y criminal, gloriosa y vergonzosa— podemos hacer un trabajo digno con este siglo.
¿Quiere decir todo esto que España como imperio y estado no hizo nada positivo en las Américas a partir del siglo XVI? En absoluto. España también dejó muchas cosas buenas y positivas, pero de eso se ha encargado siempre, incluyendo las exageraciones, la llamada “historia oficial” que nos contaban en los tiempos del dictador Franco.
Por todo lo expuesto, no tengo ninguna duda, que la actitud, las declaraciones y las provocaciones de Isabel Díaz Ayuso en su vista a México son de una ignorancia y de un desconocimiento total de nuestra historia y no cabe duda de que la ciudadanía que la aplaude, glorifica y la vota forma parte también de ese sujeto ideal del que nos hablaba Hanna Arendt (1906-1975):
“El sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre hecho y ficción ha dejado de existir.”
Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.
Referencia
España realizó en América un salvaje genocidio, que no reconoció Ayuso en su visita a México. Se limitó a reivindicar el legado español en América, aportando la lengua, las universidades y la civilización española.
No reconoció que la encomienda marcó la colonización española en América, en la que los indios fueron sometidos a un servicio forzado.
El dominico Fray Antonio Montesino, en el año 1511, expuso en un sermón la primera gran denuncia pública contra la explotación de los indígenas en América. Acusó a los colonizadores españoles de ejercer la crueldad contra los nativos.
Este fue su sermón que enfureció a los colonizadores y a las autoridades españolas.
“Voz del que clama en el desierto. Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde habéis consumido muertes y estragos nunca oídos? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amadlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe en Jesucristo”.
Aquel sermón no cayó en saco roto. Marcó el comienzo del cristianismo liberador, del reconocimiento de la dignidad de los indios y del respeto a la diversidad cultural y religiosa en América. Fue, asimismo, el germen de la teología de la liberación.