Cuando el insulto y el odio suben a la tribuna (1)

Tmp. máx. lect.: 11 min.

El odio no es nuestro destino

CUANDO EL INSULTO Y EL ODIO SUBEN A LA TRIBUNA (1)
Reflexión sociopolítica ante el insulto y la deshumanización del adversario político

Por Juan Miguel Batalloso Navas

  

«…Lo peor no son únicamente quienes actúan con maldad, intolerancia o abuso, sino el silencio de quienes, sabiendo que algo injusto ocurre, deciden no intervenir, no denunciar y no comprometerse. Porque mientras los malos dañan con sus actos, los buenos que callan permiten con su pasividad que ese daño continúe, crezca y termine por convertirse en costumbre.…»

(Inspirada en Martin Luther King)

Hay imágenes que duelen como una herida abierta. Y hay imágenes que duelen, sobre todo, porque ya no nos sorprenden. Bastan unos minutos del telediario para ver al líder de la ultraderecha española Santiago Abascal en la tribuna del Congreso o en la calle, lanzando insultos, descalificaciones y acusaciones contra el presidente del Gobierno y contra los partidos que lo sostienen. Bastan unos segundos para escuchar palabras que ya no son palabras: son piedras, son cuchillos, son trincheras. Y bastan también unos segundos más para ver cómo, en los escaños del principal partido de la oposición, el PP dirigido por Núñez Feijóo, no hay réplica, no hay reproche, no hay siquiera un gesto de incomodidad. Por el contrario, hay aplauso. Hay sonrisa cómplice. Hay silencio. Y ese silencio —ese silencio que asiente y ese aplauso que celebra— es, quizás, lo más turbador de todo lo que ocurre.

Lo que vemos en la pantalla no es un episodio aislado ni un exabrupto de mal gusto. Es la materialización de un proceso intencional de construcción del odioo que se extiende, se normaliza y se enseña. Un proceso que comenzó desde el mismo instante en que Pedro Sánchez accedió a la presidencia del Gobierno negando permanentemente su legitimidad democrática. Es la prueba de que algo profundo se está quebrando en el tejido democrático de España que tanto costó construir. No obstante, también es la ocasión, al menos para mí, para nombrar lo que pasa, para denunciarlo con firmeza y contundencia sin estridencias, para anunciar que efectivamente hay otra forma de vivir juntos y para abrir las puertas que la esperanza democrática nos pide abrir.

La naturaleza del odio y su propagación

El odio no es simplemente una emoción intensa, ni una reacción visceral pasajera. El odio es una construcción e incluso una forma de pedagogía antisocial. Una construcción que tiene capas psicológicas, culturales, históricas e ideológicas. Comienza, casi siempre, en el dolor: el dolor del que se siente humillado, despreciado, no reconocido, dejado atrás. Se nutre del miedo: el miedo a perder lo que se tiene o lo que se cree merecer, el miedo a un futuro incierto, el miedo al otro que se imagina como amenaza. Se transforma en resentimiento cuando ese dolor y ese miedo encuentran a quien los recoja, los amplifique y le ofrezca un culpable a la medida.

El odio necesita un objeto. Necesita un rostro, un nombre, un colectivo al que señalar. No vive en el vacío. Para sostenerse, requiere una operación previa, sutil y terrible: la de convertir al otro en algo menos que humano. En extranjero, en invasor, en parásito, en enemigo. En traidor a la patria. En culpable de mis miserias. En obstáculo para mi felicidad. Esa es la operación más antigua y más peligrosa de todas: deshumanizar para poder odiar sin culpa, algo que tanto VOX como el PP llevan haciendo aupados por los medios de comunicación afines y la colaboración del poder judicial, ese que se considera independiente pero que en la práctica no lo es. Todo vale con tal de convertir a Pedro Sánchez en un demonio que hay que odiar y eliminar. Y lo mismo sucedió con Pablo Iglesias y Podemos, sin que nadie saliera en su defensa reconociendo su dignidad personal y política. En eso consiste el odio, en negar al otro la dignidad que lo iguala conmigo, para poder despreciarlo, agredirlo o eliminarlo sin remordimiento de conciencia.

El odio, así entendido, no es un estallido emocional: es una arquitectura. Una arquitectura que se construye con palabras, con imágenes, con marcos mentales repetidos hasta que parecen evidentes. En esto consistía precisamente la técnica propagandística creada por el nazi Joseph Goebbels para naturalizar y legitimar las mentiras. Una técnica que no consistía simplemente en inventar falsedades, sino en convertirlas en una presencia cotidiana hasta que dejaran de parecer escandalosas. Su método se apoyaba en la repetición constante de mensajes simples, emocionales y fáciles de recordar, difundidos de manera simultánea por prensa, radio, discursos públicos, carteles y todos los canales disponibles, exactamente lo mismo que hace VOX y Abascal:

  • Presentar la inmigración como “invasión”, un término que siempre usa en las campañas electorales de partido para referirse a procesos migratorios. Esa palabra no describe personas concretas, sino una agresión organizada, y desplaza la percepción pública desde un fenómeno social complejo hacia una imagen bélica y defensiva. El efecto retórico es claro: el migrante deja de ser individuo y pasa a ser masa amenazante.

  • Otro lema recurrente es la “prioridad nacional”, formulado como preferencia para españoles en ayudas, vivienda o servicios. Aunque puede presentarse como criterio soberanista o distributivo, en realidad introduce una jerarquía de derechos basada en origen y normaliza la idea de ciudadanos de primera y segunda categoría. Un lema que ha sido legitimado y asumido en los recientes pactos de PP y VOX.

  • La asociación entre inmigración y delincuencia, inseguridad o colapso social. Cuando un grupo amplio se vincula de forma repetida con crimen, presión sobre servicios públicos o pérdida cultural, se instala la sospecha colectiva sobre millones de personas que nada tienen que ver con conductas delictivas individuales. Ese es un mecanismo clásico de estigmatización política.

  • En relación con el islam, el discurso de VOX mezcla crítica al integrismo religioso con mensajes más amplios sobre “islamización” de la sociedad. Cuando no se diferencia con precisión entre extremismo violento y población musulmana ordinaria, se favorece una percepción civilizacional de choque entre comunidades.

  • En el plano interno, VOX usa con frecuencia marcos como “traidores”, “enemigos de España”, “separatistas”, “vendidos” o élites corruptas para referirse a adversarios políticos. Esa lógica convierte al rival democrático en enemigo moral o nacional, lo que incrementa polarización y justifica una confrontación más agresiva.

  • Además, el uso de insultos personales y lenguaje degradante por parte de dirigentes relevantes eleva el umbral de lo aceptable en la conversación pública. Cuando el liderazgo emplea la descalificación grosera, muchos seguidores interpretan que la agresividad verbal es legítima y normal.

En consecuencia, lo importante no es solo cada frase aislada, sino el ecosistema narrativo que construyen juntas: miedo, agravio, enemigo interno, decadencia nacional y necesidad de mano dura. Ese tipo de narrativa no siempre llama explícitamente al odio, pero sí puede legitimar prejuicios, endurecer actitudes y banalizar la exclusión. Dicho con precisión: el problema no suele ser una consigna sola, sino la repetición sistemática de marcos que convierten a ciertos colectivos en amenaza permanente.. Y es que cuando una idea se escucha una y otra vez, muchas personas dejan de evaluarla críticamente y empiezan a percibirla como algo familiar, y lo familiar suele confundirse con lo verdadero.

A esa repetición, en los tiempos del nazismo, se sumaba la simplificación extrema de la realidad. Problemas complejos se reducían a consignas elementales, culpables concretos y soluciones aparentemente claras. En lugar de explicar crisis económicas, tensiones sociales o fracasos políticos, la propaganda ofrecía un enemigo al que responsabilizar de todo. De ese modo se transformaba la frustración colectiva en odio dirigido y se evitaba cualquier debate serio. La mentira dejaba de presentarse como mentira y pasaba a vestirse de sentido común. Otro paralelismo más de lo que hoy hace VOX y consiente el PP.

Otro elemento decisivo era la apelación emocional. El miedo, el orgullo nacional herido, la humillación, el resentimiento y la promesa de grandeza futura movilizan mucho más que los datos. La propaganda comprendió que una sociedad asustada o enfurecida es más vulnerable a aceptar relatos falsos si esos relatos le ofrecen identidad, seguridad o venganza simbólica. Cuando las emociones dominan, la verificación retrocede.

También resultaba fundamental desacreditar a quienes podían contradecir la narrativa oficial. Periodistas, intelectuales, opositores y cualquier voz independiente eran presentados como enemigos, traidores o corruptos. Así, no solo se difundía la mentira, sino que se debilitaban las fuentes capaces de desmontarla. El objetivo no era únicamente imponer una versión de los hechos, sino erosionar la confianza en cualquier otra versión posible.

La normalización se completaba mediante la gradualidad. Las falsedades más graves y las medidas más extremas no se introducían de golpe, sino paso a paso, de forma que cada avance pareciera asumible comparado con el anterior. Lo intolerable se volvía discutible, lo discutible aceptable y lo aceptable terminaba siendo rutina. Esa es una de las claves más peligrosas de toda propaganda eficaz: no necesita convencer de todo en un día, solo necesita desplazar lentamente los límites de lo admisible.

En esencia, la operación propagandística del nazismo y de VOX en la actualidad no buscaba, ni busca tanto que cada ciudadano crea ciegamente todas las mentiras, sino algo más profundo y duradero: que la verdad pareciera y parezca relativa, que la confusión sustituya al juicio crítico y que la mentira se integre en la normalidad pública. Cuando una sociedad deja de distinguir con claridad entre hechos y ruido, entre información y manipulación, la propaganda ya ha obtenido su victoria más importante.

En consecuencia, el odio convierte la complejidad en simpleza, la pluralidad en bandos, la conversación en grito. Donde hay diversidad, ve enemistad. Donde hay matices, impone trincheras. Donde hay vínculos posibles, levanta muros. Y, sobre todo, sustituye la pregunta —¿qué nos pasa?, ¿qué necesitamos?, ¿cómo cuidarnos?— por la acusación implacable: ellos tienen la culpa.

El odio no se propaga por casualidad. Se propaga porque es rentable. Es rentable política, económica y mediáticamente. La indignación vende más que la calma; el escándalo retiene más atención que la deliberación; la furia genera más clics que la prudencia. Los algoritmos de las redes sociales han descubierto, con una precisión casi científica, que las emociones más activadoras —el miedo, la ira, el desprecio— son las que más circulan. Y lo que más circula es lo que más se ve. Y lo que más se ve es lo que termina configurando lo que pensamos sin que apenas seamos conscientes.

La propagación del odio no es solo digital. Es también televisiva, parlamentaria, mediática, judicial y cotidiana. Se propaga cuando se invita una y otra vez al provocador y se le concede el centro del debate. Se propaga cuando el insulto se confunde con la valentía y la grosería con el coraje. Se propaga cuando los medios de comunicación, en busca de audiencia, convierten en espectáculo lo que debería ser denunciado como ofensa. Se propaga cuando los platós dejan de ser espacios de pensamiento y se transforman en rings de boxeo.

Se propaga también por repetición. Lo que se dice una vez choca; lo que se dice cien veces se asienta; lo que se dice mil veces se convierte en sentido común. La mentira sostenida, la calumnia repetida, la simplificación machacona: todas ellas son técnicas viejas con maquillajes nuevos. El propagandista del siglo XXI no inventa nada que no supieran los del siglo XX; solo dispone de canales más rápidos, audiencias más fragmentadas y algoritmos que amplifican su voz a costes irrisorios.

Y se propaga, finalmente, por contagio emocional. Vivimos en una atmósfera de crispación que se respira sin advertirla. Lo que parecía impronunciable hace una década, hoy se grita en la calle. Lo que era marginal, hoy ocupa escaños. Lo que producía vergüenza, hoy produce aplauso. Y cada paso de la normalización allana el siguiente. La frontera de lo decible se desplaza, día a día, sin que apenas nos demos cuenta. Hasta que un día miramos atrás y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta aquí.

CONTINUARÁ…

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

Me encantaría que hicieras un comentario. Muchas gracias.

Descubre más desde KRISIS

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo