PEDAGOGÍA DE LA CRUELDAD (1) Cuando la barbarie se vuelve cotidiana

Tmp. máx. lect.: 11 min.

PEDAGOGÍA DE LA CRUELDAD (1) Cuando la barbarie se vuelve cotidiana

Por Juan Miguel Batalloso Navas

¿Por qué escribir hoy sobre la crueldad?

Escribo estas páginas con una mezcla de urgencia, desasosiego y una profunda inquietud personal. Urgencia, porque lo que está ocurriendo en el mundo no admite ya la comodidad del aplazamiento ni el refugio de la indiferencia. Desasosiego, porque no estoy seguro de que las palabras basten para despertar conciencias, aliviar el sufrimiento o detener la barbarie. Y también frustración, decepción y, a veces, una dolorosa desesperanza ante la lentitud con la que reaccionamos, ante el silencio de quienes podrían alzar la voz y ante la facilidad con la que nos acostumbramos al dolor ajeno. Sin embargo, sigo escribiendo, porque incluso cuando las palabras parecen débiles e insuficientes, renunciar a ellas sería aceptar que la injusticia tiene la última palabra.

En medio de esta incertidumbre, recuerdo a Blas de Otero (1916-1979) y su poema «El principio», donde, después de haberlo perdido casi todo, nos deja ese verso que ha atravesado generaciones y fronteras: «Me queda la palabra». Tal vez ahí resida también mi última esperanza: en seguir nombrando el dolor, denunciando la injusticia y defendiendo la dignidad humana, incluso cuando la decepción y la desesperanza parecen imponerse. Porque mientras nos quede la palabra, todavía podremos resistir al silencio, interpelar a las conciencias y mantener abierta la posibilidad de un mundo más justo.

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

No, no se trata de un consuelo triunfal ni de una esperanza ingenua, sino de algo mucho más profundo y verdadero: de esa pequeña reserva de dignidad que permanece cuando casi todo lo demás se desmorona. Yo también viví aquellos años de dictadura, aquellos tiempos en los que el miedo, el silencio y la censura formaban parte de nuestra vida cotidiana. Por eso, cuando leo a Blas de Otero y recuerdo que escribía bajo aquel mismo régimen, con la censura vigilando sus palabras y la libertad convertida en una aspiración, siento que sus versos me hablan desde una experiencia que también forma parte de mi propia memoria. Y, sin embargo, su voz encontró la manera de atravesar aquel silencio y llegar hasta nosotros. Quizá por eso sus palabras siguen conmoviendo: porque nos recuerdan que, incluso en los momentos más oscuros de la historia, siempre puede quedar algo que nadie consigue arrebatarnos. La palabra, la memoria, la conciencia y la voluntad de no rendirse. Hoy, cuando vuelvo la mirada sobre nuestro tiempo y contemplo tanta injusticia, tanta decepción y tanto sufrimiento, encuentro en aquel legado una esperanza humilde, pero obstinada: la certeza de que mientras seamos capaces de recordar, de nombrar el dolor y de alzar la voz por quienes no pueden hacerlo, la oscuridad nunca habrá conseguido vencer del todo.

Permitidme, por tanto, comenzar por una confesión. Durante muchos años creí, con una fe que hoy me parece conmovedora y algo ingenua, que la educación avanzaba. Que cada generación heredaba un mundo algo menos duro que el anterior. Que los derechos, una vez conquistados, ya no se perdían. Los años me han enseñado que no hay nada más frágil que lo conquistado, y que la barbarie no es un estado del que salimos de una vez por todas, sino una posibilidad permanente que solo la educación y la conciencia mantienen a raya.

No escribo, por tanto, desde la autoridad de quien tiene respuestas, sino desde la inquietud de quien ya no puede callar. He pasado muchos años entrando en aulas, leyendo, escuchando a maestras y maestros, acompañando procesos, para no percibir que algo se ha roto en el suelo común sobre el que caminábamos. No es solo que el mundo sea duro: los mundos siempre lo fueron. Es que se ha vuelto aceptable decir en voz alta lo que antes se decía avergonzado, y se ha vuelto ingenuo decir en voz alta lo que antes nos parecía evidente.

Un diagnóstico de la hora

Vivimos tiempos crueles. No lo digo como figura retórica ni como lamento de quien envejece y encuentra el presente peor que su juventud. Lo digo en un sentido preciso: vivimos un tiempo en el que el odio ha dejado de ser una emoción vergonzante para convertirse en la manifestación habitual y hasta celebrada de nuestras reacciones emocionales.

Observa a tu alrededor. Observa el tono de las conversaciones públicas, la temperatura de las redes, el lenguaje de quienes nos gobiernan y de quienes aspiran a gobernarnos. El insulto se ha vuelto argumento. El desprecio, señal de lucidez. La burla del que sufre, prueba de que uno no es ingenuo. Quien matiza es tibio; quien duda, cobarde; quien se compadece, blando. Hemos construido una cultura emocional en la que la dureza cotiza al alza y la ternura se ha vuelto sospechosa.

Sobre ese terreno prende todo lo demás. Se propagan bulos con una velocidad que ninguna verdad puede alcanzar, porque la mentira no necesita verificarse y la verdad sí. Se difunde una desinformación que no busca tanto engañarnos sobre un hecho concreto como agotarnos, hacernos creer que ya nada es comprobable, que todo es relato, que da igual. Y ese agotamiento no es un efecto colateral: es el objetivo. Una ciudadanía exhausta y descreída no exige cuentas a nadie.

Sospecho, además, que el bulo cumple una función más honda de la que solemos reconocerle. No circula solo porque alguien lo fabrique con intención, sino porque encuentra en nosotros un terreno preparado. El bulo nos ofrece algo que la verdad casi nunca puede darnos: una explicación sencilla de un mundo complicado, un culpable con rostro, un enemigo al que atribuir nuestro malestar. Miente sobre los hechos, pero acierta sobre nuestras emociones. Y mientras la educación siga confiando en que basta con aportar datos correctos, seguirá perdiendo esta batalla, porque nadie renuncia a un relato que lo alivia por una verdad que lo complica.

Al mismo tiempo, se ha impuesto un individualismo atroz. Atroz es la palabra exacta, y la elijo con cuidado. Un individualismo que no solo exalta al sujeto aislado, sino que niega el hecho más elemental de nuestra existencia: que somos seres interdependientes y ecodependientes. Interdependientes, porque nadie se ha hecho a sí mismo: cada uno de nosotros ha sido gestado, parido, alimentado, sostenido, cuidado, educado y consolado por otros, y seguirá necesitando de otros hasta el último día. Ecodependientes, porque respiramos un aire que no fabricamos, bebemos un agua que no producimos y comemos de una tierra que no creamos. La autosuficiencia es una fantasía, y además una fantasía peligrosa: quien se cree autosuficiente no se siente deudor de nadie, y quien no se siente deudor no se siente responsable.

Me detengo un momento en esto, porque no es un adorno filosófico. Todo lo que somos nos ha llegado de otros: la lengua en la que pienso, los alimentos que me sostienen, los saberes que manejo, incluso las manos anónimas que construyeron la casa en la que duermo. Una sola jornada de nuestra vida moviliza el trabajo de miles de personas que jamás veremos. Negar esa trama para proclamarse dueño exclusivo de los propios méritos no es solo un error intelectual: es una ingratitud, y de las ingratitudes nace con facilidad el desprecio. Quien olvida cuánto ha recibido acaba convencido de que quienes nada tienen es porque nada merecen.

Ahí está, a mi juicio, el nudo de nuestro tiempo. Porque en nombre de la libertad se está ejerciendo hoy la crueldad. Libertad para insultar. Libertad para humillar al diferente. Libertad para negar el auxilio. Libertad para levantar muros, para vaciar el mar de rescatadores, para convertir la frontera en una trampa mortal. Se ha producido un secuestro semántico de una de las palabras más nobles de nuestra tradición, y ese secuestro no es inocente: quien logra que la crueldad se llame libertad ha ganado ya la mitad de la batalla.

Así se organiza el odio al diferente. El desprecio hacia el pobre, que ya no se percibe como víctima de una estructura sino como responsable de su propio fracaso. La xenofobia que convierte al migrante en invasor, en cifra, en amenaza, en cualquier cosa menos en el ser humano que se juega la vida en una patera. El racismo que gradúa el valor de las existencias según el color de la piel o el lugar de nacimiento, y que decide qué muertos merecen un minuto de silencio y cuáles no llegan siquiera a ser contados. Y también el machismo que, desde la desigualdad cotidiana hasta sus formas más extremas, sigue pretendiendo someter, controlar y silenciar a las mujeres; una violencia de género que no aparece de repente, sino que hunde sus raíces en una cultura que durante demasiado tiempo ha tolerado la dominación, la humillación y la posesión como si fueran asuntos privados. Son distintas expresiones de una misma lógica: convertir al otro en alguien que vale menos, cuya dignidad puede ser discutida, negada o incluso arrebatada. Y cuando una sociedad comienza a aceptar que hay vidas que importan menos que otras, el odio ya no necesita gritar: puede instalarse silenciosamente en nuestras costumbres, en nuestros discursos y hasta en nuestra indiferencia. Por eso, la responsabilidad ética no consiste únicamente en reconocer la injusticia cuando la tenemos delante, sino en negarnos a convivir con ella como si fuera inevitable. Nos corresponde defender la dignidad de cada ser humano, alzar la voz frente a toda forma de discriminación y transformar nuestra indignación en compromiso. Porque no hay verdadera humanidad mientras permitamos que alguien sea humillado, excluido o asesinado por ser quien es. Y porque el silencio ante la injusticia, cuando tenemos la posibilidad de actuar, termina convirtiéndose también en una forma de complicidad.

Y en el extremo de ese camino, la legitimación del genocidio. Es lo que venimos presenciando en Gaza con el pueblo palestino: no solo la destrucción de vidas a una escala que abruma, sino algo que quizá sea todavía más grave para el futuro de la conciencia humana, y es que esa destrucción haya podido ser explicada, justificada, relativizada y finalmente asimilada como parte del paisaje. Hemos visto a niños morir en directo durante meses, en nuestras pantallas, entre dos mensajes y un anuncio. Y hemos seguido. Esa capacidad de seguir es, precisamente, lo que estas páginas quieren interrogar.

Y quiero decirlo con todo el cuidado que el asunto exige, porque aquí es donde más tentador resulta simplificar. Nombrar el horror de Gaza no exige negar ningún otro horror, ni el que lo precedió ni el que se comete en otras latitudes. Al contrario: solo puede hacerse desde el principio que sostiene todo lo demás, y es que ninguna vida vale menos que otra. Lo que denuncio no es la existencia de un conflicto, sino la maquinaria mental que nos permite contemplar la aniquilación de una población y encontrarle acomodo, catalogarla, discutirla como quien discute una liga deportiva y pasar página. Esa maquinaria no se improvisa. Se construye durante años, y se construye educando.

Una pregunta que queda abierta

Tal vez la pregunta más incómoda no sea únicamente quién ejerce la crueldad, sino qué hacemos nosotros para que pueda hacerse soportable. ¿Qué palabras repetimos? ¿Qué sufrimientos relativizamos? ¿A quién dejamos fuera de nuestro círculo de compasión? La pedagogía de la crueldad comienza allí donde aprendemos a mirar sin ver y a escuchar sin dejarnos afectar. Y, por eso mismo, también allí debe comenzar la tarea de desarmarla.

No sé si estas palabras bastarán. Sé, sin embargo, que el silencio no bastaría. Mientras podamos nombrar el dolor, recordar a quienes lo sufren y defender su dignidad, todavía quedará abierta la posibilidad de otra respuesta humana.

Cuando la barbarie se vuelve cotidiana

CONTINUARÁ…

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

2 thoughts on “PEDAGOGÍA DE LA CRUELDAD (1) Cuando la barbarie se vuelve cotidiana

  1. Magnífico, profundo y lucido análisis de Juan Miguel con su habitual y extraordinario dominio del lenguaje, acerca de los nuevos tiempos que nos ha tocado vivir a nuestros años. Lo anuncia en tres palabras ( urgencia, desasosiego e inquietud ) que compartimos y nos entristece. Enhorabuena amigo Juan Miguel. Un abrazo. Jeronimo

Me encantaría que hicieras un comentario. Muchas gracias.

Descubre más desde KRISIS

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo