PEDAGOGÍA DE LA CRUELDAD (2) Educar contra la barbarie

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PEDAGOGÍA DE LA CRUELDAD (2) Educar contra la barbarie

Por Juan Miguel Batalloso Navas

Sería fácil, y también falso, dividir el mundo entre crueles y compasivos, entre ellos y nosotros. Fácil, porque así podría situarme a mí y situarte a ti del lado bueno. Falso, porque la crueldad no es una propiedad exclusiva de ciertos monstruos, sino una posibilidad inscrita en la condición humana. En la tuya. En la mía.

Edgar Morin (1921-2026) lo expresó con una fórmula que llevo años rumiando: no somos únicamente homo sapiens, sino sapiens-demens. Somos seres en los que la razón y el delirio, la sabiduría y la locura, el cálculo y la pasión, la ternura y la ferocidad no se suceden por turnos, sino que conviven, se entrelazan y se alimentan mutuamente. No somos seres racionales que ocasionalmente enloquecen. Somos, a la vez y siempre, sabios y dementes.

Esta idea me parece decisiva por dos razones. La primera es que desarma cualquier ingenuidad. Quien crea que basta con enseñar bien, informar mejor o razonar más para que la crueldad desaparezca no ha comprendido del todo de qué materia estamos hechos. El siglo XX lo demostró con una crudeza insuperable: los campos de exterminio fueron proyectados por personas instruidas, gestionados con eficiencia técnica y ejecutados por seres humanos capaces de regresar después a sus casas. La razón instrumental, cuando carece de conciencia, no es un antídoto contra la barbarie; puede convertirse en su herramienta más perfecta.

Pero esta misma idea desarma también la desesperanza. Si somos sapiens-demens, entonces la contradicción que nos hace capaces de lo peor nos hace capaces de lo mejor. La historia de la crueldad es inseparable de la historia de la compasión. Junto a cada verdugo hubo alguien que escondió a un perseguido, compartió su pan, se negó a disparar o arriesgó la vida por un desconocido. Esa gente no era de otra especie. Era de la nuestra.

Reconocerlo tiene una consecuencia práctica que me importa especialmente. Si la crueldad fuese cosa de monstruos, la tarea consistiría en identificarlos y apartarlos, y podríamos dormir tranquilos una vez hecha la separación. Pero si la crueldad es una posibilidad nuestra, la vigilancia no puede dirigirse solo hacia fuera. Debe dirigirse también hacia dentro: hacia el placer secreto que a veces nos produce la humillación del adversario, hacia la facilidad con que justificamos el dolor de quienes no nos caen simpáticos y hacia la comodidad con que archivamos todo aquello que nos incomoda. Ninguna pedagogía contra la crueldad será honesta si no empieza por ahí.

Y si ambas posibilidades habitan en nosotros, todo depende de cuál de ellas sea cultivada. Cultivar es, exactamente, el oficio de la educación.

Conviene añadir algo más: esa contradicción no se resuelve nunca. No existe un punto de llegada en el que el demens quede definitivamente domesticado por el sapiens. La convivencia pacífica no es un estado que se alcanza de una vez por todas, sino un equilibrio que debe sostenerse a diario, como se sostienen la salud, la democracia o el amor. Por eso las conquistas civilizatorias son reversibles y ninguna generación puede vivir de las rentas de la anterior. Lo que una generación no cultiva, la siguiente puede perderlo.

La crueldad, además, rara vez se presenta con su verdadero nombre. Casi siempre llega vestida de necesidad, defensa propia, justicia, orden o realismo. Nadie suele levantarse por la mañana dispuesto a ser cruel; se levanta convencido de que debe protegerse, poner límites o hacer lo que hay que hacer. Por eso la pregunta decisiva no es simplemente si somos buenas o malas personas, sino qué relatos nos permiten hacer daño sin sentir que lo hacemos. Desmontar esos relatos, uno por uno, es una parte esencial de la tarea educativa.

Por qué escribo esta serie

De ahí nace el propósito de estos artículos. Quiero decirlo sin rodeos: no escribo para describir la crueldad, sino para combatirla. No aspiro a una neutralidad imposible ante el sufrimiento de los inocentes. Cuando una persona es humillada, perseguida, expulsada o asesinada, mirar hacia otro lado no constituye una posición neutral; significa dejar que la injusticia avance sin resistencia.

Este trabajo tiene dos movimientos inseparables, que Paulo Freire (1921-1997) nos enseñó a no divorciar nunca. El primero es la denuncia: nombrar la crueldad, rastrear sus raíces, desvelar cómo se aprende, dónde se enseña y a quién beneficia. El segundo es el anuncio: mostrar que otra educación es posible, una educación que forme para la convivencia pacífica y democrática. No una utopía sentimental, sino una tarea concreta, exigente y practicable.

Escribo, además, desde un lugar concreto y me parece honrado declararlo. Escribo desde Europa, desde un país del Sur de ese Norte próspero, desde una biografía de maestro de escuela y de estudioso de la educación, desde una tradición que ha alimentado por igual la Ilustración y la conquista, los derechos humanos y los campos de exterminio. No hablo desde una atalaya moral. Hablo desde dentro de una civilización que ha teorizado sobre la dignidad humana y que, demasiadas veces, también la ha pisoteado y la sigue pisoteando. Esa incomodidad no me descalifica para hablar, pero me obliga a hacerlo sin repartir lecciones desde arriba.

Denuncia y anuncio van juntos. La denuncia sin anuncio produce una lucidez amarga: esa forma elegante de la parálisis en la que algunos intelectuales terminan instalándose. El anuncio sin denuncia produce discursos bienintencionados y voluntaristas que flotan sobre la realidad sin tocarla, listos para ser enmarcados en un mural escolar y olvidados después. Hace falta la lucidez de quien mira sin apartar los ojos y la esperanza de quien sigue creyendo que lo existente no es lo único posible.

Cuatro razones y una convicción

Si tuviera que justificar esta empresa, lo haría desde cuatro lugares que, en realidad, forman uno solo.

Hay una razón educativa. Si la crueldad se aprende, entonces puede desaprenderse. Sería una irresponsabilidad histórica que quienes nos dedicamos a educar siguiéramos discutiendo únicamente metodologías, competencias y rúbricas mientras el mundo enseña a odiar con una eficacia que nuestras escuelas ni siquiera imaginan. Educamos siempre, queramos o no, también cuando callamos. El currículo oculto de una escuela que premia al más rápido y humilla al más lento enseña mucho más sobre el valor de las personas que cualquier unidad didáctica dedicada formalmente a la paz.

Hay una razón ética. No se puede saber lo que sabemos y permanecer indiferentes. La indiferencia ante el mal conocido puede convertirse en una forma de complicidad, y ninguna coartada profesional, académica o institucional nos exime de nuestra responsabilidad.

Hay una razón compasiva, y la reivindico sin el menor pudor. Compadecer no significa apiadarse desde arriba, sino padecer-con: dejar que el dolor del otro nos alcance, nos incomode y nos transforme. En una cultura que ha hecho de la impasibilidad un signo de madurez, conservar la capacidad de conmoverse es también un acto de resistencia.

Y hay una razón humanitaria, la más elemental de todas: hay gente muriendo. Ahora mismo, mientras tú lees esto y mientras yo lo escribo. Cualquier reflexión que olvide ese hecho desnudo corre el riesgo de convertirse en una literatura autosatisfecha, incapaz de responder ante la vida real.

Una palabra final, que es una petición

Los artículos que iré publicando aquí no pretenden ofrecer un sistema cerrado ni una doctrina definitiva. Pretenden acompañar un proceso: mirar de frente lo que preferiríamos no ver, comprender cómo hemos llegado hasta aquí y buscar juntos por dónde salir. Nacen de una convicción que he ido afirmando con los años: la educación no es un instrumento neutral al servicio de cualquier proyecto, sino una toma de posición ante la vida.

Por eso te pido algo. No leas estas páginas como quien consume información sobre un mundo que le queda lejos. No te queda lejos. La crueldad no empieza en los genocidios. Empieza en el patio de un colegio donde nadie defiende a quien sufre, en la sobremesa donde se celebra una broma racista o machista, en el gesto de bajar el volumen cuando las noticias incomodan o en la facilidad con que aceptamos que determinadas personas merecen menos. Y también termina ahí: en cada aula donde alguien aprende a mirar, en cada casa donde se educa en la ternura y en cada persona que se niega a acostumbrarse.

Sé que este empeño puede parecer desproporcionado, incluso ridículo. ¿Qué puede un puñado de artículos frente a los ejércitos, los algoritmos y el dinero? Muy poco, evidentemente. Pero he aprendido que ninguna transformación histórica comenzó siendo razonable. Muchas conquistas que hoy consideramos irrenunciables —la abolición de la esclavitud, el sufragio femenino, la escuela pública o la conquista de las Libertades Democráticas en nuestro país— fueron, en su momento, quimeras defendidas por minorías persistentes. Si algo he aprendido de una vida dedicada a la educación es que la terquedad de quienes no se resignan constituye una fuerza histórica real.

No sé si estas palabras servirán de algo. Sé que el silencio no serviría de nada. Y sé que, en algún lugar, mientras escribo, hay una maestra que mañana entrará en un aula, mirará a los ojos a treinta criaturas y tendrá en sus manos, aunque quizá no lo sepa, una parte del futuro de la humanidad.

Para ella, sobre todo, están escritas estas páginas.

CONTINUARÁ…

Juan Miguel Batalloso Navas, es Maestro de Educación Primaria y Orientador Escolar jubilado, además de doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Sevilla, -España–.
Ha ejercido la profesión docente durante 30 años, desarrollando funciones como maestro de escuela, director escolar, orientador de Secundaria y formador de profesores.
Ha impartido numerosos cursos de Formación del Profesorado, así como Conferencias en España, Brasil, México, Perú, Chile y Portugal. También ha publicado diversos libros y artículos sobre temas educativos.
Localmente, participa y trabaja en la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” En la actualidad, casi todo su tiempo libre lo dedica a la lectura, escritura y administración del sitio KRISIS. Su curriculum completo lo puedes ver AQUÍ.

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